[DIEGO DÍAZ]
Dos prestigiosos sociólogos, el francés Pierre Bourdieu y el norteamericano Richard Sennett, sorprenden en sus últimos libros con un tono ligeramente autobiográfico muy poco habitual para lo que se espera de un estudio de ciencias sociales. En el caso de Sennett, el autor de El declive del hombre público o La corrosión del carácter, se trata de contrastar sus ideas radicales de juventud con un presente que ha ido por derroteros muy distintos de los que él y sus compañeros de la llamada «nueva izquierda» norteamericana pensaban que iría la sociedad. En cuanto a Bourdieu, trata de hacer en éste, que fue su último libro antes de morir (de hecho, se publicó en Francia dos años después de su muerte), una especie de recapitulación de su vida intelectual sin caer por ello en el género autobiográfico, por el que por cierto no tenía demasiada simpatía: «No tengo la intención de someterme al género -cuyo carácter a la vez convencional y engañoso ya he destacado en reiteradas ocasiones- de la autobiografía. Sólo quisiera recopilar y proporcionar algunos elementos para un autoanálisis».
De la «nueva izquierda» al «nuevo laborismo»
La cultura del nuevo capitalismo, que es la recopilación de un ciclo de conferencias ofrecidas por Richard Sennett en la Universidad de Yale, comienza con la evocación por su autor del manifiesto de Port Huron, documento fundacional de la «nueva izquierda» en 1962, que «era tan severa con el socialismo de Estado como con las corporaciones multinacionales; ambos regímenes parecían prisiones burocráticas. En parte la historia satisfizo los deseos de los redactores de la Declaración de Port Huron. Los regímenes socialistas de planes quinquenales y control económico centralizado desaparecieron. Otro tanto ocurrió con la empresa capitalista que proveía de empleos para toda la vida y suministraba los mismos productos año tras año. Y lo mismo sucedió con las instituciones del Estado del Bienestar. Sin embargo, la historia satisfizo de manera retorcida los deseos de la Nueva Izquierda. Los insurgentes de mi generación creían que desmantelando las instituciones lograrían producir comunidad, esto es, relaciones de confianza y de solidaridad, cara a cara (É). El desmantelamiento de las instituciones no ha producido más comunidad». La pregunta que Sennett trata de responderse en este ensayo es «Y ahora, ¿qué?», qué puede vincular a los individuos entre sí y salvarlos de la anomia total en una sociedad ultracapitalista donde el Estado tiende a desentenderse de ellos y la competitividad es el modelo que se propugna para las relaciones interpersonales.
Mutaciones capitalistas
En busca de esa cultura del nuevo capitalismo (aunque yo sería más partidario de decir «nueva cultura del capitalismo») Sennett analiza cómo la aplicación de modelos burocráticos a la empresa a finales del siglo XIX permitió al capitalismo salvarse de su propia inestabilidad. Estos modelos de organización interna, importados, por cierto, de los ejércitos, corrigieron la anarquía en que se manejaba el tejido empresarial hasta las últimas décadas del XIX. Lo que Sennett denomina «capitalismo primitivo» permitía situaciones como la de Londres en 1850, con un 40% de desempleo y una tasa de fracaso de nuevas empresas del 70%, en términos políticos «una incitación a la revolución». La racionalización del tiempo de trabajo y la posibilidad de ascender dentro de la empresa, unidas a la creación de los llamados estados del Bienestar, posibilitaron el paso de ese «capitalismo primitivo» a lo que Sennett llama el «capitalismo social». Un sistema efectivamente burocrático, lleno de rígidas normas y gobernado por gigantescas instituciones como denunciaban los izquierdistas norteamericanos de los sesenta. Sin embargo, y aquí Sennett adopta un tono autocrítico con su pasado radical, ¿es mejor la selva neoliberal en la que viven hoy inmersos los individuos? ¿No era preferible aquella rigidez del capitalismo keynesiano a este modelo, más flexible, sí, pero donde los trabajadores se sienten inseguros ante un mercado laboral dominado por la inestabilidad y un Estado cada vez menos preocupado por la protección de sus ciudadanos?
Accionistas y chamanes
En el desmantelamiento de las burocracias del «capitalismo social» que siguió a los acuerdos de Bretton Woods y la gran crisis capitalista de 1973 una pieza básica han sido los consultores. Esta figura externa encargada de reordenar el funcionamiento de las empresas para conseguir beneficios a muy corto plazo emerge con el nuevo poder de los accionistas a partir de los años setenta. Si las burocracias empresariales estaban acostumbradas a lidiar en las reuniones de accionistas con «viejas damas extravagantemente vestidas y activistas vegetarianos», mucho más difícil les va a resultar calmar los ánimos de unos inversores implacables y mucho más exigentes que desean resultados inmediatos y que convertidos en jueces activos aúpan o hacen caer en función de los resultados obtenidos a las direcciones de las empresas. Sin embargo, el consultor, «gurú» y «chamán» del nuevo capitalismo, produce a menudo desarreglos mayores de los que venía a corregir y sobre los que luego no tiene que rendir cuentas con posterioridad (no digamos ya cuando sus consejos no se aplican a una empresa, sino a los servicios públicos o a toda una nación, como ocurrió en muchos de los antiguos países del bloque socialista).
«¿Qué ganan los máximos directivos con la utilización de consultores?», se pregunta Sennett. La respuesta es «(un) mensaje de voluntad y determinación empresarial (É) que a menudo aumenta el precio de las acciones», aunque también ve en este uso generalizado de los consultores un modo de «desplazar a otros su responsabilidad de decisiones dolorosas». Y es que Sennett detecta grandes fisuras y un debilitamiento general del capital social en las empresas de la economía globalizada, el empleo temporal, la competitividad a ultranza y las directivas en permanente cambio. Como ejemplo expone dos anécdotas extraídas de su experiencia personal como sociólogo del trabajo. Durante una visita a una vieja fábrica organizada a la manera tradicional se produce un incendio, la confianza y el conocimiento mutuo entre trabajadores que llevaban muchos años trabajando juntos permitió sofocarlo en poco tiempo, mientras que cuando volvió a ser testigo de un incendio, esta vez de una empresa tecnológica del Silicon Valley con una plantilla joven y en constante remodelación, lo que se produjo fue un caos en el que primó ante todo el «sálvese quien pueda». Más allá de que Richard Sennett pueda ser algo gafe, la anécdota resulta significativa de las consecuencias no deseadas que han tenido los cambios en la organización del trabajo.
Ciudadanos, consumidores, telespectadores
En la última parte del libro Sennett compara nuestras actitudes como consumidores y como ciudadanos. Si cada vez los productos se parecen más en sus componentes básicos, la «plataforma», es necesario distinguirlos a través de lo que el llama un «dorado», algo que fundamentalmente consiguen la publicidad y el «marketing». Pequeños detalles insignificantes que permitan diferenciar unos productos de otros en el consumo, y a unos candidatos de otros en la política (sobre todo en países muy bipartidistas como Gran Bretaña y EE UU). Para Sennett la diferencia entre un Volkswagen y un Skoda tiene más que ver con aspectos secundarios que con lo principal. Igualmente un candidato del Partido Demócrata y del Partido Republicano compartirían motor y chasis y se diferenciarían en la tapicería del interior. También señala el autor que nuestra indiferencia y pasividad como consumidores tendría su traducción política «(É) la comodidad del usuario embrolla la democracia. Efectivamente, la democracia requiere que los ciudadanos estén dispuestos a hacer un esfuerzo para descubrir cómo funciona el mundo que los rodea. Por ejemplo, pocos partidarios norteamericanos de la reciente guerra de Irak deseaban adquirir conocimientos sobre Irak (la mayoría no podía ni siquiera localizar ese país en un mapa)».
Sennett, que ha sido colaborador de los gobiernos laboristas, se inclina por una nueva cultura del capitalismo que combine flexibilidad con bienestar. El reparto del empleo, la renta básica, la remuneración del trabajo familiar y un Estado que siga siendo empleador de buena parte de los trabajadores son sus propuestas. Un discurso socialdemócrata de toda la vida, que, sin embargo, no creo que muchos lideres socialdemócratas estén por llevar a la práctica (empezando, por ejemplo, por Segolene Royal, la candidata del PSF, sospechosa de compartir «motor y chasis neoliberal» con Nicolas Sarkozy).
Con un enfoque tal vez excesivamente «micro» y demasiado centrado en los países occidentales, pero escrito con ese estilo cuidado, directo y ameno de muchos científicos sociales anglosajones, La cultura del nuevo capitalismo es un interesante acercamiento a algo en principio tan árido como la sociología del trabajo hecho por uno de sus más destacados cultivadores.
Esto no es la autobiografía de Bourdieu
A pesar de la lapidaria advertencia del pensador francés al comienzo del libro: «Esto no es una autobiografía», lo cierto es que Autoanálisis de un sociólogo bien podría pasar por una autobiografía intelectual. Aunque Bourdieu pretende sólo reflexionar sobre su aprendizaje intelectual, la formación de su pensamiento teórico y las polémicas intelectuales en que se ha visto envuelto, resulta inevitable que la evocación de sus años de niñez y juventud, de sus filias y fobias, se cuelen por las rendijas de un libro que en absoluto se detiene a hablar de amoríos o de cotilleos.
El libro gustará sobre todo a los fanáticos de Bourdieu, ya que cuenta con bastantes detalles la génesis de su pensamiento, así como describe minuciosamente el ambiente intelectual parisino de su juventud. Para los que somos neófitos en la materia resulta a veces desbordante tal caudal de nombres y referencias, siendo mucho más agradables los pasajes referidos a su niñez o a sus investigaciones en Argelia.
Bourdieu, Sartre y todos los demás
Para la cultura francesa la segunda mitad del siglo XX bien podría considerarse una suerte de «edad de oro» donde los nombres de Sartre, Camus, Barthes, Lévi-Strauss, Deleuze, Derrida, Althusser, Foucault o el propio Bourdieu sobresalen dentro de una lista mucho más extensa en la que figuran algunos de los pensadores más influyentes de las últimas décadas. Bourdieu, un tipo bastante inclasificable y que siempre fue por el libro, habla en el libro de su relaciones con algunos de estos «popes» de la cultura francesa. Su admiración, respeto y cercanía política e intelectual a Foucault (ambos de izquierdas pero no marxistas, participaron juntos en el movimiento de solidaridad desplegado en los ochenta con los obreros polacos) contrastan con un juicio mucho más crítico sobre Sartre, el gran icono intelectual francés de la época «(É) lo que menos me gustaba de Sartre era todo lo que le ha convertido no sólo en el intelectual total, sino en el intelectual ideal, en la figura ejemplar del intelectual, y, muy particularmente, su contribución sin parangón a la mitología del intelectual libre, que le ha hecho merecedor del agradecimiento eterno de todos los intelectuales». Para Bourdieu, Sartre representaba a ese «niño prodigio» sabelotodo capaz de acometer en la misma semana la tarea de «(É) fundar filosóficamente la ciencia de la sociedad o de la historia, o la de decidir sin el menor titubeo cuál era la verdad última de los regímenes políticos o cuál sería el porvenir de la humanidad».
Bourdieu les reprochaba a Sartre y a otros como él el ponerlo todo en tela de juicio menos su propia condición de intelectuales profesionales. En esto Bourdieu me recuerda a otro intelectual surgido de las clases populares como Manuel Vázquez Montalbán, también siempre escéptico con respeto a la presunta independencia del intelectual frente al poder político y económico.
Una personalidad a contracorriente
Una de las cosas que más llaman la atención en la vida y el pensamiento de Pierre Bourdieu es su constante nadar a contracorriente. La trayectoria del pensador parece siempre la de una constante soledad acompañada, una condición que quizá pudo darle ese distanciamiento necesario para el análisis sociológico. Procedente de la Francia rural, su condición de hijo de un modesto funcionario de Correos le convertía en objeto de las bromas de sus compañeros de escuela, en su mayoría hijos de campesinos; más tarde, en el ambiente hostil y cuartelario del internado en el que estudia, será un estudiante solitario e indisciplinado. Cumple el servicio militar en Argelia, donde su simpatía hacia la causa anticolonial le enfrenta a sus compañeros, totalmente imbuidos del nacionalismo francés más imperialista. Ya en el mundo intelectual sus discrepancias con la sociología norteamericana, tan en boga en su época, así como con unos sociólogos marxistas con los que podía compartir preocupaciones políticas y sociales pero no ese desprecio dogmático hacia toda la «sociología burguesa», le convertirán en un bicho raro.
Con una enorme honestidad intelectual, rigor y un admirable amor al trabajo «bien hecho», a contracorriente de modas intelectuales (poco «rojo» para los revolucionarios años sesenta, pero demasiado «rojo» para los neoliberales de los noventa) y estrellatos personales (Bourdieu siempre defendió la creación de equipos de investigadores que realizasen trabajo colectivo), «coherencia» es una de las palabras que pueden definir la vida y obra del autor de obras como La dominación masculina, El respeto, La distinción o Cortafuegos. Lo mejor que puede decirse de esta obra póstuma es que despierta el interés por leer más obras de este «clásico moderno» de la sociología.
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