LAUDELINO VÁZQUEZ
Como soy persona preocupada por la salud del lector, pueden, si así lo estiman oportuno, saltarse las líneas que siguen y retomar la lectura después del punto y aparte, que no van dedicadas a ustedes: cretinos, estultos, beotos, sandios, insensatos, memos, simples, fatuos, anonos, necios, majaderos, garambainas, marmolillos, mastuerzos, pasmones, soplagaitas, pazguatos, pánfilos, panolis, zamacucos, bambarrias, bodoques, tocinos, mamacallos, capullos, maracas, sansirolés, cernícalos, gurripatos, pollinos, monotes, melones, ceporros, majaderos, estólidos, tardos, obtusos, mendrugos, pipiolos, telenques, motolitos, melitotos, balsaminas, guanacos, papos, tuntunecos, lelos, infantiles, esquizos, zorencos, agrillados. Si no me han hecho caso y se han parado a leer, pues nada, pero si siguieron el consejo, les aclaro que se han saltado cincuenta sinónimos de la palabra imbécil. Y el caso es que todavía me parecen pocas. Que si hubiera -las habrá, pero no tengo paciencia para buscarlas- otras cincuenta acepciones, me gustaría dedicárselas a los gaznápiros -una que no estaba en la lista- que quemaron el teatro Los Llerones en Langreo. Porque incluso en el vandalismo hay grados, y en este caso, han conseguido superarlos todos, excepto uno, el de la suerte que impidió que el fuego se propagara, y, sobre todo, que a estas horas tuviéramos que hablar de desgracias personales.
Que estos descerebrados se amparan en que das candela y cómo ibas a saber hasta dónde puede llegar la cosa, pero una vez que un fuego se inicia, todos sabemos que sus consecuencias son impredecibles. Y la verdad, creo que nos hemos cansado las ganas de hacer daño de estos capullos, y lo único que nos gustaría es mandarles una postal a un lugar dónde los recluyeran mientras se reconstruye el teatro, un lugar en el que tuvieran que trabajar hasta pagar los 300.000 euros, y una postal con esas cincuenta formas o más de llamarle/s imbécil/es, que estoy seguro, unos cuantos de ustedes firmarían con gusto.