Benia (Onís), Ramón DÍAZ
Una cueva situada en el concejo de Onís guarda todas las claves del origen del comportamiento humano, uno de los grandes misterios que la ciencia intenta desvelar desde hace siglos. La cavidad ha dado ya frutos espectaculares: desde que comenzaron las excavaciones, en 2001, se han recuperado más de 26.900 piezas arqueológicas. Un sondeo indicó que hay, cuando menos, 40.000. También se ha confirmado que neandertales primero y cromañones después se establecieron en Sopeña durante, al menos, 80.000 años, uno de los períodos de habitación más elevados que se conocen en el mundo. Pero la ocupación podría incluso remontarse a una época más antigua, ya que todavía están por analizar niveles anteriores. La cueva de Sopeña es, según señaló la máxima responsable de las excavaciones, la prehistoriadora Ana Pinto Llona, un libro que aún conserva todas las páginas del momento en el que aparece el comportamiento humano moderno. Un santuario único en el mundo que puede desvelar los secretos del primer hombre y la primera mujer modernos.
La cueva de Onís se une así a las de Arangas, Los Canes y Tíu Llines, en Cabrales, en las que, como desveló la semana pasada este periódico, otro equipo de científicos intenta explicar el origen de la agricultura.
Hace unos 35.000 años, el hombre primitivo, que hasta entonces presentaba comportamientos similares a los de otros homínidos, empieza a desarrollar comportamientos simbólicos. Se generalizan entonces, por ejemplo, el arte rupestre o los ornamentos personales. Fue un enorme salto adelante para la especie. Se registró también en la misma época una gran explosión demográfica y el ser humano empezó a conquistar la Tierra.
¿Cuál fue la causa de este cambio en el comportamiento del hombre primitivo? Ana Pinto Llona, asturiana de Proaza e investigadora del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), tiene una teoría: en el origen del comportamiento humano moderno está la división del trabajo según el sexo. Esto es; hubo un momento, posiblemente hace 35.000 años, en el que el hombre se especializó como cazador, mientras que la mujer empezó a dedicarse a labores como la preparación de los alimentos. La investigadora mantiene que la distinción de sexos ya es en sí misma un concepto simbólico. Además, al dividir el trabajo por sexos se diversificó la estrategia para obtener alimentos (el hombre conseguía caza y la mujer frutos y tubérculos). Todo ello facilitó una mayor supervivencia de mujeres y niños. También un retraso de la menopausia y, en consecuencia, un aumento del número de hijos.
Los hallazgos de los niveles superiores de la cueva de Sopeña muestran bien a las claras que existía división del trabajo por sexos hace más de veinte milenios. El elevado número de hallazgos podría reflejar la expansión demográfica de la especie. Resta ahora comparar los métodos de procesado de alimentos en los niveles superiores e inferiores para obtener claves que permitan identificar el modo, la manera y el momento en que ocurrieron esos cambios, que resultaron determinantes para el devenir del ser humano.
En Sopeña se han recuperado puntas de flecha, agujas de coser, colgantes de las más diversas formas y tamaños, piedras para cocinar, herramientas de todo tipo, e incluso materia vegetal prehistórica; así como restos de rinocerontes, ciervos gigantes, caballos, rebecos, corzos, leones, panteras, lobos...