Oviedo
El primer libro que Joseph Ratzinger firma como Benedicto XVI lleva vendidos más de 1,5 millones de ejemplares, y el Vaticano ingresa un 15 por ciento por las ventas. «No necesito decir expresamente que este libro», advierte el Pontífice en el prólogo, «no es en modo alguno un acto magisterial, sino únicamente expresión de mi búsqueda personal del rostro del Señor». Ratzinger busca reivindicar al Cristo de los Evangelios como fuente de verdad histórica.
A lo largo de los diez capítulos de que se compone «Jesús de Nazaret», Benedicto XVI va desgranando diferentes escenas del Nuevo Testamento a través de las cuales traza su retrato de Jesús, y dedica todo un capítulo a hablar de los apóstoles, centrándose en la diversidad del conjunto de los doce. «En el grupo caben subversivos y colaboracionistas», apunta Ratzinger, y también las mujeres, aunque, como señala el Pontífice, «la diferencia entre los doce y las mujeres que iban con Jesús es evidente: su cometido es otro».
Conforme avanza la lectura de este primer volumen -el segundo cubrirá la infancia, Pasión y Resurrección de Jesús, y a él ha dedicado el Papa buena parte de sus vacaciones-, Ratzinger demuestra su profundo conocimiento de la Biblia y un afán por el detalle que puede comprobarse en su referencia a las bodas de Caná de Galilea, en las que, como curiosidad, señala que Jesús transformó el agua en 520 litros de vino.
Pero aunque el retrato de Jesús que Ratzinger da a conocer está basado en lo que se dice en los Evangelios, está cuajado de opiniones y referencias del Papa sobre diferentes problemas de la sociedad actual. En el capítulo dedicado a la oración del Padrenuestro, rezo mayor de la liturgia, el Papa señala cuán actual resulta el «líbranos del mal»: «También hoy aparecen, por un lado, los poderes del mercado, del tráfico de armas, de drogas y de personas, que son un lastre para el mundo y arrastran a la humanidad hacia ataduras de las que no nos podemos librar».
Ratzinger alude también a la pobreza, al escribir que «la Iglesia en su conjunto debe ser consciente de que ha de seguir siendo reconocible como la comunidad de los pobres de Dios». También a las diferencias entre el Primer y el Tercer Mundo: «Vemos cómo los pueblos explotados y saqueados de África nos conciernen (...), vemos que también nuestro estilo de vida, la historia en la que estamos implicados, los ha explotado y los explota (...).»
El Pontífice realiza, además, una dura crítica a las formas de vida actuales en relación al compromiso y la distribución de la riqueza: «En lugar de darles a Dios (...), les hemos llevado el cinismo de un mundo sin Dios en el que sólo importan el poder y las ganancias; hemos destruido los criterios morales, con lo que la corrupción y la falta de escrúpulos en el poder se han convertido en algo natural (...). Ciertamente, tenemos que dar ayuda material y revisar nuestras propias formas de vida, pero damos siempre demasiado poco si sólo damos lo material».