ESTEBAN GRECIET
El bable, que conviene sea conservado, no tendría sentido como idioma oficial. Sería una llingua, pero no una lengua. Esto no lo digo yo, sino el profesor Teodoro López-Cuesta, bisnieto del ilustre escritor, músico y poeta asturianista de su nombre, en las declaraciones que publicaba este diario el último domingo.
La llingua, fala, fabla o bable nunca fue problema, que yo sepa, ni estuvo en riesgo de desaparición. El conflicto surge con su politización en los años setenta del siglo XX y los consiguientes intentos de normalización y cooficialidad con el español castellano. Por eso los sedicentes asturianistas rechazan la palabra bable, cuyo tratamiento literal es de dialecto -una variedad del idioma-, patrocinando, en cambio, su entendimiento como asturiano o lengua asturiana.
La pregunta es si con estos empeños resulta favorecida la conservación de este elemento de peculiaridad cultural como instrumento de comunicación, al menos en ciertos ámbitos y ocasiones, o se le perjudica. Mi opinión, con todos los respetos, es la segunda. Trataré de explicarme.
No podemos desconocer los innegables aspectos afectivos y sentimentales que confluyen en el caso, del todo legítimos, que el forzado enfoque reglamentista viene a complicar con la no menos evidente irrupción de intereses académicos, políticos y económicos. Eso, para empezar, que ya es bastante.
Sabido es que no hay un solo bable. Simplificando mucho, tenemos el occidental, el gallego-asturiano, el central, el astur-leonés, el oriental, el vaqueiro y una serie de particularidades comarcales, incluso con acentos singulares. Normalizar este conglomerado no pasa de ser un proceso artificial que encorseta la respetable variedad y la comprensible espontaneidad.
Quienes verdaderamente hicieron algo fértil por la llingua no fueron precisamente los que introdujeron un áspero conflicto inexistente, sino los estudiosos de fuste, como Menéndez Pidal, Constantino Cabal o Emilio Alarcos, y aquéllos que dieron cancha a creadores, investigadores, literatos, poetas, monologuistas, cantantes o dramaturgos contribuyendo a la difusión de sus obras en actos públicos, en publicaciones, en libros, en discos; caso de gentes beneméritas y desinteresadas, como los inolvidables José León Delestal y Lorenzo Novo Mier, ya fallecidos, con su asociación Amigos del Bable, que algunos apoyamos en prensa desde el primer momento.
Y si se me permite, puesto que algún aventurado lector me achaca con toda injusticia una especie de animadversión a la fala melguera, no soy de los que menos han contribuido a su conservación y expansión. Más que mis escritos -cuentos y versos en asturiano y el pregón en 1988 de las fiestas de San Pedro en La Felguera, enteramente en bable y en verso-, me satisface recordar que he iniciado y mantenido en los dos periódicos diarios en los que tuve responsabilidades en Asturias sendas secciones que tuvieron mucha relación con lo que nos ocupa: «Las Asturias de siempre» y también «Invitación al bable», abierta a las colaboraciones de autores y espontáneos.
De manera que de «arremeter contra la llingua», como dice un ardoroso comunicante, nada de nada; de disglosia (?) y de chanza, como acusa otro, mucho menos. ¿Qué tiene de malo que el bable, como el castellano, sirva como instrumento del humor? ¿No lo fue para García Oliveros, Eladio Verde, Pachín de Melás o Teodoro Cuesta? Lo del inglés no lo dije yo, sino el profesor Sosa Wagner. ¿Y de dónde sacará mi último replicante que la oficialidad «ye un mandáu de la Constitución»?
Las señas de identidad no se imponen, se cultivan. Así ha sido siempre y así se ha mantenido la llingua bable durante siglos en la familia, en la convivencia, en la cercanía de lo más amistoso y coloquial, en la cultura propia y en la vida diaria. No se nos tome como detractores a quienes sólo tratamos de defenderla. No la desvirtuemos con corsés que no le corresponden y que le perjudican. No caigamos en crear un nuevo problema artificial como el de las nacientes «galescolas».
Dicho sea con el mayor de los respetos para mis comunicantes, que me han hecho el mejor favor que se nos puede hacer a los articulistas: leerme.
Como todo esto da para más, puede que continuemos otro día.