MANUEL PUENTE RODRÍGUEZ
PRESIDENTE DE ORTOPROTÉSICOS SIN FRONTERAS
Lucía HELGUERA
-¿En qué momento de su carrera se planteó organizar esta ONG?
-Fue una casualidad. Fui con un grupo de amigos de una cofradía de Sevilla que tiene bolsas sociales a hacer el diseño de unos dispensarios. Nos sobró tiempo y el traumatólogo de allí me llevó a un hospital militar, donde había ciento setenta y tres prótesis de pierna apoyadas contra una pared que habían sido fabricadas por unos canarios.
-¿Y cómo fue después?
-Pues se fue corriendo la voz y vinieron organizaciones nacionales e internacionales como la Cruz Roja o Médicos Sin Fronteras. Y poco a poco nos fuimos comprometiendo.
-¿Son sólo profesionales los que forman la ONG?
-Excepto dos secretarias que se encargan de toda la logística y una cocinera, el resto es personal sanitario. La cocinera la llevábamos adrede al Sahara porque hay que aprovechar la electricidad, ya que allí los equipos funcionan a base de gasóleo. Al llevar la cocinera no teníamos que parar una hora para comer y, además, la comida era a base de platos españoles y así se evitaban desajustes fisiológicos.
-¿Y qué edades tienen esos profesionales?
-Siempre hemos llevado a catorce estudiantes y jóvenes ortopédicos. Posiblemente el mayor ortopédico que hubiese en esa expedición fuese yo. Si no es imposible hacer el trabajo, es muy agotador.
-¿Alguna se han planteado el voluntariado?
-Nosotros hemos huido del turismo social. Se trata de una ONG muy profesionalizada y la gente que viene sabe que en el plano técnico tiene algo que aportar.
-¿Cómo es la jornada de trabajo en el desierto?
-Trabajamos de seis de la mañana a doce de la noche, sin parar. Tenemos dos todoterrenos con los que cada día repartimos a nuestros ortopédicos y médicos entre las siete poblaciones que atendemos. Ellos empiezan sus consultas y a las nueve de la noche los volvemos a recoger. Es decir, la tarea se divide en tomar medidas y fabricar prótesis.
-¿Cada cuánto tiempo realizan estas salidas al desierto?
-Cada cuatro meses vamos diez días una media de veintiséis profesionales que a veces rotan y a veces son los mismos. Lo que se suele hacer es componer un equipo teniendo en cuenta el objetivo del viaje. Se determina el perfil de los pacientes y se decide quién puede resolver mejor cada problema. Hasta ahora hemos venido funcionando así y, como ha resultado eficaz, seguiremos así.
-¿Cuál es la filosofía de su ONG?
-Nuestra filosofía es que no queremos ser imprescindibles. Queremos que no sólo la gente que va al desierto sea eficaz fabricando, sino enseñando a los tres saharauis que tienen al lado a hacer lo que ellos hacen. Ahora mismo hay un saharaui trabajando en Jaén, aprendiendo en la ortopedia de un colaborador.
-¿Qué dificultades habéis encontrado a la hora de enseñar a los saharauis?
-Normalmente pedimos que alguno sepa español, porque si tuviésemos que buscar un intérprete, la historia sería interminable. Hasta ahora todos los saharauis que nos hemos traído sabían español, bien porque habían venido a alguna parte de España anteriormente o porque han estado vinculados a España por otras razones. Dos de ellos, además, son técnicos ortopédicos que estudiaron en la antigua Yugoslavia. Entonces ya sabían un poquito, aunque lleven veinte años sin ejercer.
-¿Cuáles son los casos que se suelen encontrar en el Sahara?
-Allí lo que hay son amputados, personas a las que les faltan las piernas o los brazos, porque todavía hay minas de la guerra; deformidades de la columna, porque todavía hay polio. También hay artritis y artrosis por los cambios de temperatura y por el clima.
-¿Aplican las mismas tecnologías que en España?
-Sí, las mismas. Lo único que cambia es el medio en el que nos movemos. Por eso las prótesis tienen que ser más resistentes, porque el desierto se las «come».
-¿Qué destacaría de esta experiencia?
-El entusiasmo que se pone en el proyecto, que hace que se rinda más. Y la eficacia de la inmediatez. Es decir, al amputado español, le ponen la prótesis y se supone que está contento, pero tú no lo sabes. El saharaui se queda viviendo contigo diez días como muestra de agradecimiento.