Oviedo, Patricia MARTÍNEZ
Si Luis Buñuel se definió como «ateo gracias a Dios», Gustavo Bueno no renuncia a la paradoja lingüística en su último libro, «La fe del ateo», presentado el miércoles en el Club Prensa Asturiana de LA NUEVA ESPAÑA. «Partiendo de que criticar es clasificar, lo que he pretendido en el libro es clasificar la ambigüedad, despejar la confusión que existe en torno al ateísmo», expuso Bueno.
Mientras que el Diccionario de la Real Academia Española define ateo como un adjetivo aplicable a personas, al «que niega la existencia de Dios», Bueno encuentra ateos de todas las clases e incluso confesiones: «No es lo mismo ser un ateo esencial que existencial, igual que no es lo mismo ser un ateo católico, politeísta, nazi o comunista». El filósofo recurrió a la etimología, a la palabra primigenia, para recordar que «el ateísmo no se sabe lo que es, el alfa privativa hace que las palabras negativas sean amorfas».
Tomás García, secretario de la Asociación Nódulo Materialista y presentador del acto, aseguró que «la filosofía de Gustavo Bueno no se parece en nada al ateísmo vergonzante que necesita del anticlericalismo para cubrir su ignorancia», y añadió que «el libro tiene potencia para clasificar y, en su caso, reducir a todos los libros que sobre este tema hay en nuestro entorno».
El libro de Bueno toma su nombre de una expresión acuñada por el ontologista Xavier Zubiri, cuya doctrina asegura «ver a Dios en todas las cosas. Si todo el mundo ve a Dios, ¿cómo es posible el ateo? Porque el ateísmo es la fe del ateo», explicó el filósofo materialista acerca de la teoría de Zubiri. Con unos cimientos tan relativistas para un tema a veces tan absoluto como el de la fe y la religión, Bueno distinguió entre la fe teológica y la natural, y consideró esta última como «anterior a la teológica; el hombre de Sidrón no tenía fe en Dios, pero sí fe natural, si no se habría hundido la humanidad».
Además de exponer la religión como una consecuencia de la filosofía aristotélica, Bueno quiso dejar claras las tesis principales de su libro: «La diferencia esencial entre cristianos, judíos y católicos. Aunque la distancia radical está entre el Cristianismo y el Islam».
La segunda consecuencia extraída de esta obra «platónica» es que «la religión, en principio, no tiene que ver con Dios, ya que hay religiones que no tienen Dios, o que tienen muchos. La idea de Dios es una idea filosófica». Diversificando aún más los posibles caminos para intentar alcanzar la verdad, el autor de «La fe del ateo» afirmó: «La idea de Dios no cabe en ninguna cabeza humana. Es una idea tan fácil de decir pero tan difícil de pensar como un dodecaedro regular».
Teniendo en cuenta el confeso ateísmo del autor, esta distinción entre religión e idea de Dios resulta fundamental a la hora de digerir la conclusión que el propio Bueno extrajo: «En cierto modo, mi libro es una defensa de la religión, trato de ver cómo la religión no es producto de la fantasía ni un componente retardatario, sino que forma parte de la cultura humana».
Una vez aclarado este punto para los asistentes que aún dudasen sobre la dirección a la que apuntaban los dardos de Bueno y como si el filósofo hubiese reservado para la sobremesa el plato fuerte, comenzó la defensa de la religión católica, de la Conferencia Episcopal y el consiguiente ataque al Gobierno socialista: «La Iglesia sigue siendo un espacio de libertad negado por el reducto socialfascista». Después de fundamentar la idea de ciudadanía en San Agustín y su «Ciudad de Dios», Bueno comparó el ataque del filósofo cristiano al Imperio romano con el enfrentamiento que en la actualidad mantienen la Conferencia Episcopal y el Gobierno socialista. A juicio del filósofo, «el Gobierno socialista intenta, con la asignatura Educación para la Ciudadanía, imponer contenidos y valores en un acto de dogmatismo y sectarismo absoluto».