JOSÉ LUIS MAGRO ESTEBAN
¿Pero cuáles son las verdades, doña Rosa, que por decirlas no crispan? ¿Qué verdad no encoleriza al poder y a sus conexiones mediáticas cuando se opone a sus intereses partidistas? La crispación es el arma que el tirano pone en manos de la masa para masacrar la libertad. La libertad de expresión es siempre crispación para estos demagogos, y aquellos que la defienden con la palabra y con sus obras, objetivos a machacar.
¡Quia, doña Rosa!, usted crispa, irrita, altera, enoja, enfurece, desquicia y encrespa a algunos de sus antiguos colegas de partido y a gentes de la izquierda, por eso mismo que usted dice que no debería nunca encrespar: la verdad. Y si esto no es así, ¿me puede decir por qué ninguna televisión autonómica ni radio alguna local retransmitió su interesantísima charla-mitin del hotel España?
Por todo ello juzgo conveniente exponer sucintamente las verdades que siempre defendió, pero que ahora llevan el sello del sacrificio y de la abnegación, al haber arrojado por la borda todas la prebendas que la sumisión a los órganos del partido le garantizaban.
Ahí van, pues, de forma sucinta expuestas, sus verdades. Los años de la indignidad sólo se superarán si todos los demócratas, además de unirnos para llorar a los muertos masacrados por los terroristas, nos juntamos para defender nuestros derechos de ciudadanos libres, por encima de cualesquiera otras consideraciones partidistas.
Recuperar la democracia implica cambiar aquellas leyes que facultan trastocar el sentido del voto de los ciudadanos hasta tal extremo que permite a los partidos ganar en los despachos lo que no consiguieron en las urnas. Se puede cambiar el modelo constitucional del Estado pero sometiendo tal reforma a un plebiscito nacional, nunca aceptando hechos consumados como es el que ZP ha realizado en connivencia con los nacionalistas.
Todo presidente de Gobierno que para seguir en el poder pacte temas que afectan al ser mismo del Estado con partidos que ni lo aceptan como tal Estado ni son leales a la Constitución comete una felonía con la nación y una traición a su propios votantes. Por eso sólo pactaré, caso de obtener representantes en la Cortes, con aquellos partidos que se atengan estrictamente a estos principios.
Listas abiertas y una ley que democratice la vida interna de los partidos. Que todos los militantes gocen en el partido de los mismos derechos que tienen como ciudadanos. La permanencia en los cargos debe ser limitada en el tiempo para permitir que los ocupen personas que vengan de la vida civil, para que después puedan incorporarse a la misma sin mayores problemas. Pero para volver antes se ha debido estar. Dado que el ejercicio de la política se ha convertido para muchos de nuestros políticos en su única forma de vida y de supervivencia, mucho me temo, doña Rosa, que su loable propósito no llegue a la meta deseada.
Concluiré sembrando a boleo entre mis lectores los mismos interrogantes que ella nos lanzó a bocajarro: ¿por qué no puede haber un modelo educativo común? ¿Por qué el funcionario de carrera, con igual titulación y méritos, no debe cobrar lo mismo en todas las autonomías? ¿O es que sus derechos no se fundamentan en su dignidad de ciudadano y sí en la categoría de la casta nacionalista a la que pertenezca? ¿Por qué no tiene las mismas facilidades un funcionario asturiano de trabajar en Cataluña o en Galicia que un catalán o gallego en Asturias? Estamos llamando pacíficos a los que son auténticos quebrantahuesos de nuestra libertad individual y colectiva y de nuestros derechos como ciudadanos.
A modo de conclusión citaré un texto de Ortega hablando de la razón en política: «Será todo lo absurdo o deplorable que se quiera, pero tal es la pura e inexorable verdad: en política o se tiene toda la razón o no se tiene ninguna. Y lo curioso es que ese todo de la razón política no es como el geométrico, que implica la posesión de todas sus partes. En política se puede tener razón en esto y en lo otro y en lo de más allá, y, sin embargo, tenerla "toda". O viceversa, tener muchas razones y no tener ninguna». «Sobre la razón suficiente». Luz, 27 de abril de 1932.
Usted, doña Rosa, acapara toda la «razón» orteguiana. Sus antiguos compañeros portan unas alforjas repletas de muchas razones sin tener realmente ninguna, al haber dejado inerme al Estado frente a al exacerbado individualismo de los partidos que le apoyan. Para subsanar este error hay que hacer conscientes a los ciudadanos y sobre todo a la juventud de que el Gobierno Zapatero, aun siendo evidente que tiene una, varias, muchas o muchísimas razones, carece de la única que importa en política: esa que Ortega llama «toda» empleando la frase tan castiza: «Fulano tiene toda la razón». Está dejando indefenso al Estado. Ésta es «toda» la razón. Aunque haya acertado en asuntos aislados, sus aciertos se convertirán en errores necesarios, al haber desmoronado el entramado social que permitía su bordado. Pero como lo racionalmente previsible lo confunden intencionadamente muchos de nuestros políticos y periodistas con disquisiciones metafísicas y éstas con deambular por las nubes, mucho me temo que tras las elecciones el tiempo de la rectificación se nos acabe y dé paso al del enfrentamiento despiadado. Señor Zapatero, señor Rajoy, los pactos de Estado se hacen entre el partido del Gobierno y el partido que es la alternativa, junto con aquellos minoritarios que están en la misma línea constitucional. Tanto el PP como UPD han dejado claro este punto en su programa. El PSOE debería hacerlo aunque sólo fuese por coherencia con sus siglas, con su historia y con el sentir de muchos de sus votantes.
El profesor de Filosofía José Luis Magro Esteban analiza en este artículo unas declaraciones de Rosa Díez en las que aseguraba: «Yo no crispo por decir la verdad».