JAVIER MORÁN
Un catálogo, uno más, sobre arquitectura del siglo XX en España contempla como relevantes cuarenta edificios gijoneses. Exactamente 39 existentes y uno recientemente desaparecido, del arquitecto Manuel del Busto, en la confluencia de las calles de la Merced y de Casimiro Velasco. Tal vez el criterio de los autores de dicho catálogo era incluir todo lo proyectado por Del Busto, pero se les adelantó la piqueta.
Lo mismo que le ha sucedido al catálogo de edificios protegidos que actualmente tramita el Ayuntamiento, y que no podrá evitar destrucciones o alteraciones notables de la arquitectura local. La gasolinera de la avenida de Portugal, de los arquitectos Marín, es un ejemplo de lo primero; y el ambulatorio de Puerta de la Villa, de lo segundo.
Y evidentemente, la Universidad Laboral también está recogida en el repertorio aquí aludido, cuyos autores le dedican en su trabajo un párrafo del apartado «Transformaciones». Allí hablan de la recuperación del conjunto de Moya para usos culturales y tal, entre otros, y sentencian finalmente que la Laboral se ha transformado «en un auténtico campo de experimentación de reutilización arquitectónica, sin que su lectura y valores principales se diluyan en el proceso». Lo primero -«campo de experimentación»- es patente, aunque en materia de construcción los experimentos siempre quedan para la posteridad, ya que el hormigón se fragua y el acero se suelda. Por ejemplo, el exterior de la caja escénica del teatro será para siempre un «experimento» imborrable. En cambio, devolver el patio corintio a su esencia parece más factible, pero no sabemos si viviremos para contemplarlo.
No obstante, entre la citada caja escénica, más la fachada del Centro de Arte, más el plató de la TPA, más las alteraciones que introduzca el hotel, más los estacionamientos circundantes en proyecto, más otras agresiones más, lo de que no se ha diluido el edificio original nos parece una afirmación netamente discutible.