JORGE GONZÁLEZ
Hemos suspendido en comprensión lectora, parece un irrelevante parámetro más. Hemos aprobado en ciencias y quizás en matemáticas... Pero ¿qué interpretación podemos hacer de este informe, al margen de los políticamente correctos? Todos los eruditos de la Academia nos han sosegado, moderado, diciéndonos que no es para tanto, que seguimos avanzando, poco a poco, que es un resultado estadístico y, ya se sabe, la estadística falsea la realidad en cuanto no tiene en consideración unos y otros aspectos sociales. ¡Dicen ellos!
Estos mismos intérpretes de una realidad que desconocen, instaurados en sus esferas universitarias de cristal, analizan el mundo real desde arriba, pretenden hacer teoría abstracta de un mundo ideal en el que, muy cómodos ellos, se sienten a gusto sus economías bien garantizadas por el escaso trabajo de unas pocas horas de clase y muchas más de especulación y conspiración...
Pero ¿qué nos dice PISA 2006? Nos dice que nuestras jóvenes generaciones cada vez más tienen menos comprensión lectora. Parece insignificante. Un parámetro más. Pero no lo es. Es el fundamento básico para toda democracia que se precie.
Tampoco es que no tengan comprensión, sí que la tienen, y mucha, son nuestros hijos, pero de otro modo. Son capaces de discernir la actualidad de «Gran hermano» al milímetro, de analizar el «Tomate» ése de aquí con aguda forma y contenido, de conocer la actualidad de la Liga, de la Premier, del Calcio, etcétera, a la perfección. ¿Por qué fallan en comprensión lectora, entones? ¿Quizá porque sus medidas lectoras no están en los textos que los sesudos intelectuales de PISA pusieron en sus test?
Nuestras jóvenes generaciones no son más tontas que las de antes, ni mucho menos. Tienen otros parámetros para gobernar su mundo, unos parámetros que en muy poco, y salvo lo que unos pocos valientes se atreven a decir, están bastante distantes de la cultura expresamente establecida en las leyes de educación. ¿Educación? ¿Qué educación?
Esta educación que para conseguir el mejor tributo político obliga a los profesores de Secundaria a titular a todos aquellos alumnos que tengan dos áreas suspensas (áreas, no asignaturas, ¡que no es lo mismo!). Esta educación que cada vez que aparece un informe PISA retoca los currículos de Lengua y Matemáticas, y se hacen planes y programas al respecto. Es una locura, creo yo, pensar que la comprensión lectora se logra sólo con el aprendizaje del sujeto, verbo y predicado, o con las sumas, restas y ecuaciones de segundo grado.
La comprensión lectora no es un problema sólo de la asignatura de Lengua, también lo es de la lectura de textos científicos, históricos y filosóficos. Pero eso no se consigue poniendo cada vez más y más horas de Lengua (hasta el punto de que los propios profesores de Lengua reconocen que ya no saben qué contenidos van a impartir). En este estado de la cuestión, ¿sabéis cómo puede ser la enseñanza de la Filosofía? Nula. Los chavales alucinan cuando les planteas problemas filosóficos, te miran como si fueras un extraterrestre que está hablando de otro mundo (bueno, a lo mejor tienen razón), y también sus padres, o quizá peor.
Que no nos vendan la moto de que ha bajado la comprensión lectora echándoles toda la culpa a los alumnos y al profesorado. El problema original (por no decir pecado, uno no es religioso, de momento) es que la legislación educativa ha ido cada vez más rebajando los mínimos hasta extremos tan intolerables que ya no podemos callarnos, sino gritar bien alto que aquí algo sucede, y esto no es «pecata minuta». ¡No se puede seguir igualando por abajo!
Es cierto que una educación obligatoria en un Estado de derecho es de ley, pero no a toda costa. No a costa de las familias desestructuradas o, aun peor, de las que hacen dejación de funciones, cada vez más, por cierto: que si el trabajo, el agobio, la desidia, el cansancio, etcétera. Hacen que sus hijos vivan prácticamente al margen de ellas desde los pocos años, que se pasen horas y horas al borde del televisor, de la teleconsola o del ordenador (¡y encima el Gobierno subvencionándolos!), ¡son tan buenos, dan tan poca guerra!, dicen. ¿Qué podemos, entonces, hacer los profesionales de la Secundaria? ¿Sustituir a la familia? Eso es imposible, la familia no se puede sustituir ni por la enseñanza, ni por el Estado de derecho, ni por nada. Y si así lo creé este Estado, peor para él.
Las familias son el componente fundamental de la educación de sus hijos, ¡que para eso los tienen! Los profesores estamos para formar, instruir y enseñar. Pero eso debe hacerse sobre un sustrato mínimo de educación y legislación. Sin ellas son imposibles la enseñanza y la comprensión lectora. Espero que me entendáis.
Jorge González es profesor de Filosofía de Enseñanza Secundaria y ex presidente de la Sociedad Asturiana de Filosofía.