ALEJANDRO M. GALLO
La filosofía y la novela negra, aunque siguen caminos distintos, poseen varios puntos de encuentro. Basta citar en sus orígenes Estudio en escarlata de sir Arthur Conan Doyle, en la que nos muestra cómo la investigación criminal no deja de ser otra ciencia y, por tanto, ha de utilizar métodos científicos para acercarse a la verdad. O podríamos citar el ensayo de Jaques Marie Lacan sobre la Carta robada y la posible aplicación de un incipiente psicoanálisis por Edgar Allan Poe en boca de su criatura el detective Dupin.
Desde 1844, con la publicación de la Carta robada, hasta nuestros días los lugares de confluencia han sido múltiples. Creemos que el más habitual es el que se refiere al método de investigación de la ciencia. Deducción, inducción, análisis, síntesis, dialéctica, anomalía, paradigma, teoría refutada, base empírica... son elementos de la filosofía de la ciencia que pululan por las novelas negras. Bien es cierto que en la actualidad hay un desprecio hacia los mismos por parte de ciertos escritores que no hacen más que mostrarnos su falta de interés por la metodología de la investigación y sustituyen todo lo anterior por la «intuición». Cuando un escritor esgrime que su detective es muy intuitivo, no está mostrándonos nada más que su ignorancia hacia los elementos de la investigación que los clásicos cuidaban.
Además de lo anterior se produce otro fenómeno: introducir al filósofo en la trama. Hace un año, en estas mismas páginas, hablábamos de Michael Gregorio y su Crítica de la razón criminal (Salamandra, 2006). En cuya novela introduce a Emmanuel Kant y su metodología enfrentada al oscurantismo de la época anterior a la Ilustración.
Hoy hablaremos de dos novelas con características semejantes: La interpretación del asesinato, de Jed Rubenfeld, y Muerte de un escritor, de Michael Collins. En la primera, Jed introduce a Sigmund Freud a comienzos del siglo XX por las calles de Nueva York en el instante en el que acudió a recoger el doctorado honoris causa y en el que las diferencias con su alumno Jung se iban haciendo más evidentes. Por su parte, Collins nos lleva hasta las universidades en la actualidad y el pensamiento (a una de las miles de interpretaciones que hay) de Friedrich Nietzsche.
Rubenfeld nos muestra una ciudad en la que los carros arrastrados por caballos se convierten en los vehículos de aprovisionamiento de ella y en la que se yerguen sin parar los rascacielos y en pocos años el más alto se convierte en uno del montón. La ostentación de ciertos hoteles y de la burguesía inculta de la época; los prejuicios existentes en la puritana Norteamérica hacia el psicoanálisis y cómo Jung es capaz de pulir los elementos más espinosos para adquirir el beneplácito de la sociedad norteamericana. Lo peor es la trama, que se va desinflando al avanzar en sus más de 500 páginas, y el exceso de explicaciones sobre la teoría de Edipo o la aplicación del psicoanálisis en la obra de Shakespeare. Así, la novela, que comienza sugerente, se convierte en un libro supuestamente didáctico en el que sobran más de 200 páginas.
Collins, por su parte, aunque venga precedido de miles de elogios de la prensa de su país, no ha hecho más que ahondar en dos tópicos: el escritor que narra con detalle un crimen que posteriormente se convierte en real y la introducción de los elementos de Nietzsche, como la muerte de Dios y el superhombre, tan conocidos y tan mal utilizados. Lo mejor, el suspense que genera en las primeras páginas. Lo peor, la sensación de que la novela la hemos leído un millón de veces, escrita mejor por otros autores.
Rubenfeld y Collins han seguido la estela de la fusión de la filosofía y la novela negra, como hicieran algunos de los clásicos, pero no han podido ni han sido capaces de igualarlos. Sí es verdad que han escrito unas novelas sugerentes, pero les falta garra y se pierden en abstracciones.