En Italia, durante los treinta años de los Borgia, hubo guerra, terror, asesinato y derramamiento de sangre, pero surgió Miguel Angel, Leonardo da Vinci y el Renacimiento. En cambio, en Suiza reinó el amor fraterno; tuvieron 500 años de democracia y paz. Y eso, ¿qué produjo? El reloj de cuco». El monólogo de Orson Welles en «El tercer hombre» (Carol Reed, 1949) podría servir de resumen a la nueva película de Ridley Scott. «American gangster» narra los años de ascenso al poder de Frank Lucas (Denzel Washington), un sicario de la «black mafia» del Harlem de principios de los setenta. Lucas ideó el método perfecto para introducir heroína en el país: utilizar el sistema de transportes de las tropas estadounidenses destinadas en la guerra de Vietnam. Esta droga pura y barata inyectada a borbotones en las venas de Estados Unidos impulsó la creación de un departamento especial a cargo del detective Richie Roberts (Russell Crowe) para «limpiar las calles», Nixon dixit.
El conflicto sociocultural que sacudía USA a finales de los sesenta (recordemos; Vietnam, final del hippismo, Watergate, fin de la segregaciónÉ), provocó la aparición de personajes como Frank Lucas, acompañado por un cosmos «funk» y sangriento. Aquí reside la fuerza de «American gangster»; en fotografiar una sociedad contradictoria (el «black power» hace suyas las estructuras mafiosas «irreplicables»), agitada (Muhammad Ali se abraza con traficantes y éstos confirman su reinado saliendo en la blanquísima «Time») y, por tanto, creativa. Anthony Hamilton, los «Staple Singers» o Lowell Fulson se mueven tan bien entre las hipodérmicas, el sexo, los asesinatos y las palizas que parece, volvemos a Welles, que no habrían existido sin ellas. A la vez, emboscado en su traje de emperador discreto, Frank Lucas se muestra como juez y parte del mundo negro del siglo XX, ése que comenzó con su madre en Nueva Orleans y termina con «Public Enemy» en Nueva York.
Pero mientras que la historia de Lucas funciona a pesar de los dejes típicos de Scott, su némesis en «American gangster» no pasa de lo habitual. Armada con un texto cotidiano (una referencia es «Los intocables de Elliott Ness»), la trama del correcto Russell Crowe se atranca en el dibujo dicromático de un policía encerrado entre su honestidad profesional y su incapacidad personal. Al igual que sus minutos finales, que combinan lo excepcional con lo fácil, «American gangster» queda descompensada. Casi tanto como comparar el efectismo de «Good lovin'» de los «Rascals» adornando a Russell Crowe, con la apabullante «Across the 110th street» de Bobby Womack refulgiendo sobre Denzel Washington.