Elena FERNÁNDEZ-PELLO
«Los del 98 y los poetas que hoy son todo se lo deben a Rubén Darío». Heradio González Cano reivindicaba con palabras vehementes la vigencia literaria de Rubén Darío. Lo hacía ayer, tras recibir del Alcalde una placa idéntica a la que se ha colocado en la calle que lleva el nombre del escritor, máximo exponente del modernismo literario. Con sus gestiones, González Cano ha conseguido que el Ayuntamiento le dedique una calle en las proximidades del Parque del Oeste y ayer, durante un sencillo acto celebrado en la antigua plaza del pescado, en Trascorrales, intercambió palabras de gratitud y reconocimiento con el concejal de Protocolo, Iván de Santiago.
La iniciativa de dar a una calle el nombre de Rubén Darío partió de González Cano, que también promovió la concesión de calles o plazas en su memoria en otras localidades asturianas, como San Juan de la Arena y Soto del Barco. En ese empeño, el nicaragüense, abogado y poeta, no estuvo solo. Gustavo Bueno, Eduardo Gota Losada, el ya fallecido Luis Riera, Carlos Bousoño, José Antonio Coppen, José Suárez Arias-Cachero, Ignacio Gracia Noriega, José María Laso y otras muchas personalidades respaldaron su propuesta cuando la presentó al Ayuntamiento en 2005.
González Cano reservó una parte de su discurso a recordar a algunos amigos fallecidos en estos últimos años que se implicaron en su misma empresa. «De tantos ausentes en esta ocasión», dijo, «hay tres que vale la pena recordar: Emilio Alarcos, un bohemio callado; Luis Riera, que me contaba que él admiraba de niño al poeta, y mi fraterno amigo Ángel González que me había prometido que hoy estaría aquí». Para éste último, Heradio González Cano pidió un aplauso que los asistentes al acto ofrecieron inmediatamente y con entusiasmo.
Siguió llamando la atención sobre el día elegido para la celebración de ese acto, que coincidió con el 92.º aniversario de la muerte de Rubén Darío, al que definió como «un faro de luz tan brillante, no sólo en poesía y en literatura, en periodismo; un hombre de crítica y que entendía de música».
Iván de Santiago tomó la palabra para recordar las visitas del poeta nicaragüense a Asturias, en 1908, «para observar, aprender y escribir». De Oviedo, comentó el concejal, «la galerna del Cantábrico era lo que más le admiraba hasta que conoció la Catedral, que le admiraba tanto como la galerna».
González Cano, orgulloso y honrado por el reconocimiento a su compatriota, también se refirió a la vinculación de Rubén Darío con Asturias, tierra que éste visitó en tres ocasiones. Además de sus estancias en San Juan de la Arena, Rubén Darío dejó constancia de su paso por Oviedo en algunos escritos, como recordó González Cano citando las palabras que le dedicó a la Catedral, con su «torre esbelta y labrada, la plazoleta antigua y estrecha».
El abogado se lamentó por la ausencia del nuevo embajador de Nicaragua, al que, según explicó, informó en su momento del homenaje a Rubén Darío y del que no obtuvo respuesta alguna.
Por la plaza de Trascorrales, para arropar a González Cano en el homenaje a su compatriota, se dejaron ver entre otros muchos el ex alcalde Antonio Masip; el presidente de la Sociedad Filarmónica, Jaime Álvarez Buylla; el vicerrector de la Universidad de Oviedo Ignacio Villaverde; el presidente del Centro Asturiano, Alfredo Canteli; el concejal de ASCIZ, Roberto Sánchez Ramos; el canónigo José Franco Baizán, el escritor Pepe Monteserín y el artista y letrado Juan Méjica.
Tras los discursos, González Cano animó a los asistentes a disfrutar del vino español que se ofreció a continuación, el homenaje «que más agradaría al poeta».