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Los xenios na botella y la Pardo Bazán

 
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María San Gil, a la derecha, durante el intento de agresión sufrido en Santiago de Compostela. efe
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XUAN XOSÉ SÁNCHEZ VICENTE Desde hace unos cinco años, la violencia y la intolerancia vienen sufriendo un progresivo incremento en la España que no está sometida directamente a la virulencia de ETA y sus afines. Recientemente la han padecido María San Gil, en Santiago; Rosa Díez, en Madrid; Dolors Nadal, en Barcelona; Güemes y Granados, en Madrid. Pero viene ello de muy atrás: en 2003 y 2004, candidatos del PP fueron vejados y acosados en Cataluña de forma reiterada. La víspera del 14 de marzo de 2004 fueron cercadas muchas sedes del PP en toda España.

El elemento común a todas estas agresiones -que, digámoslo con claridad, tienen la forma de comportamientos fascistas- es que los realizan gentes de izquierdas, a veces doblados de nacionalistas. En ocasiones incluso son cargos públicos de PSOE e IU o sindicalistas de su entorno los que participan en las algaradas. El otro punto común es que es la derecha la víctima casi sistemática de esas agresiones. Tal vez lo es alguna persona que ya no está en el PSOE, como Rosa Díez.

La gente normal del PSOE e IU -que son, sin duda, una parte considerable- debería preguntarse dos cosas. La primera, por qué todos estos fascistas o parafascistas se consideran pertenecientes al mismo campo emocional y político que ocupan esos dos partidos; más todavía: por qué se saben comprendidos, tolerados y amparados por ellos, aunque pareciera, a veces, que lo son a regañadientes. La segunda es la de cuáles son las razones de que sean los grupos a los que pertenecen esas gentes los que pactan habitualmente con el PSOE e IU y la de por qué muchas personas de estas dos formaciones políticas consideran que aquellos grupos e individuos violentos e intolerantes sí constituyen el ámbito de lo democrático, cualidad que niegan al PP y los suyos. Hay ahí, sin duda, un grave problema de salud política y de ética colectiva.

Por otro lado, hay una tendencia continuada en las estrategias de PSOE e IU a manipular las emociones de los suyos situando al PP y sus votantes en la extrema derecha y el franquismo, a fin de convertirlos en execrables y justificar así, de alguna forma, su exclusión. El fomento de esa emocionalidad tiene, sin duda, réditos electorales, pero crea un clima de tensión y confrontación que corre el riesgo de incrementarse. Como dice mi buen amigo Xesús Cañedo, «muchos creen que se puede quitar el corcho de la botella que guarda los genios y mantenerlos dentro indefinidamente; pero los genios son muy suyos y acaban saliendo cuando ellos quieren». Una prueba de ello es probablemente el abucheo que tuvo que sufrir este martes la vicepresidenta del Gobierno, en la Universidad de Valencia, por un grupo de independentistas.

Algunos temen que esa tendencia de intolerancia, violencia y segregación se eleve hasta niveles dramáticos. Es bastante improbable. Pero no hace falta llegar a esos extremos para preocuparse: la situación actual de coerción de la libertad de expresión para algunos es lo suficientemente inaceptable como para que la demos por buena o nos resignemos a ella.

Queda, finalmente, una cuestión que algunos se plantean: más allá de la creación de un clima y de un discurso, ¿tienen esos partidos -en cuanto organizaciones- alguna responsabilidad o intervención directa en la excitación de esas concretas agresiones? Emilia Pardo Bazán, una mujer excepcional por muchas razones, cerraba así el prólogo a su libro «La cocina antigua española»:

«En las recetas que siguen encontrarán las señoras muchas donde entran la cebolla y el ajo. Si quieren trabajar con sus propias delicadas manos en hacer un guiso, procuren que la cebolla y el ajo los manipule la cocinera. Es su oficio y nada tiene de deshonroso el manejar esos bulbos de penetrante aroma; pero sería muy cruel que las señoras conservasen, entre una sortija de rubíes y la manga calada de una blusa, un traidor y avillanado rastro cebollero».

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