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El hombre del Naranjo de Bulnes

 
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De vivir, Alfonso Martínez ya tendría 100 años cumplidos. Había nacido en Cabrales el 23 de enero de 1908, de manera que durante muchos años tuvo más edad que la que aparentaba, por lo que, para calcular edades, no conviene medir por las apariencias. Tampoco se puede afirmar que hacer ejercicio y vida al aire libre es muy sano en general y muy bueno para la buena marcha de la cosa respiratoria, porque Alfonso Martínez, que pasó la vida escalando montañas, padecía asma. En fin, los que hacen deporte creyendo que hacerlo los va a preservar de todo mal probablemente utilizan el ejercicio físico como pretexto para estar fuera de casa o porque no encuentran cosa mejor que hacer.

Alfonso Martínez hizo mucho ejercicio al aire libre, pero no por ello tenía un concepto deportivo de la vida, ni mucho menos. Era en cuerpo y alma un hombre de la montaña, como aquellos cainejos que describe Alejandro Pidal en su artículo necrológico de cierto aventurero que posteriormente fue degradado por la golfería urbanícola, que vivían aferrados a la montaña como si fueran rebecos y que pastoreaban, segaban o cazaban sobre una pared vertical: y morían verticalmente, como los buenos toreros, si por algún fallo del cálculo intuitivo se despeñaban. Alfonso nació con montañas debajo de sus pies y sobre su cabeza: todo su horizonte, desde que abrió los ojos, fueron montañas. De aquel mar de montañas que fueron el escenario de sus primeros años y de la mayor parte de su vida, una sobresalía sobre las demás: el Naranjo de Bulnes. Dos «hombres de la montaña», dos «sherpas» de los Picos de Europa, han grabado sus nombres para siempre sobre los muros terribles del gran coloso: Gregorio Pérez Demaria, nacido en Caín en 1858, fue el primero en vencerlo, acompañando a don Pedro Pidal, y Alfonso Martínez, quien más veces lo escaló. Mientras Pidal y el Cainejo ascendían aquella inmensa mole caliza por primera vez, el guía tuvo un fugaz momento de desaliento: «¿Quién me habrá mandado venir aquí?», recuerda don Pedro que le oyó exclamar. Si el guía flaquea, todo está perdido, pero el Cainejo supo sobreponerse a aquel momento de desconcierto y espanto. Alfonso Martínez, la otra leyenda del Naranjo de Bulnes, jamás pudo permitirse flaquezas ni desorientaciones: fue el hombre que más veces escaló el Naranjo de Bulnes (más de doscientas veces), y jamás tuvo un accidente, por pequeño que fuera: ni él ni sus acompañantes. En una ocasión guió a dos montañeros romanos que seguramente ascendían el Naranjo para comprobar la grandeza de la creación, la grandeza del mundo en que el átomo puede dividirse y se pueden conquistar las montañas más altas. Como muestra de agradecimiento, le regalaron una bula papal con la bendición de Pío XII.

El Naranjo de Bulnes no es la montaña más alta de los tres macizos de los Picos de Europa, sino que Torrecerredo la aventaja por unos metros. Pero es la más característica, la más singular, la que mejor destaca entre el mar de montañas, como Carlomagno sobresalía entre sus cortesanos, según leemos en la «Chanson de Roland», la que cualquier profano distingue al primer golpe de vista y, en fin, como solía decir Alfonso Martínez, «es la montaña más guapa». Esta montaña de leyenda, que algún periodista o montañero calificó, con inadecuada e injusta prosopopeya, como «la montaña asesina» (la montaña no mata a nadie, sino que está ahí: se matan los que intentan subir a ella insuficientemente preparados o en condiciones meteorológicas adversas), podría ser llamada más adecuadamente que «asesina» la «montaña de los Martínez». El hombre que más veces la escaló era hijo del que la escaló por segunda vez en solitario, después del geólogo Schulze. Víctor Martínez fue el cuarto hombre que, desde la creación, puso el pie sobre la cumbre del poderoso Naranjo. Antes que él, tan sólo Pidal, el Cainejo y Schulze habían contemplado el impresionante escenario que se divisa desde esa altura.
Víctor Martínez era otro hombre de las profundidades de los Picos de Europa, como el Cainejo, pero, a diferencia de éste, ya tenía otra mentalidad. El Cainejo sabía que en la cumbre del Naranjo no había nada (ni siquiera la osamenta de un leopardo que nadie supiera qué fue a hacer allí), y de no haber sido por don Pedro Pidal, jamás se le hubiera ocurrido subir a aquella altura. En cambio, Víctor esperaba encontrar algo cuando se lanzó a la aventura en solitario y encontró un trozo de cuerda de pita que había comprado don Pedro Pidal en Londres. Así comenzó la alianza de los Martínez con la gran montaña. Un día, Víctor condujo a su hijo Alfonso a lo alto para enseñarle el camino, y Alfonso, poco más que un niño, le dijo una vez arriba:
-Ya estuve aquí.

Muchos años más tarde, Alfonso me contó, todavía asombrado: «Y no me pegó, ni me dijo nada». Ambos se quedaron durante un rato mirando los horizontes cerrados por montañas, y luego descendieron.

Entonces empieza también la leyenda de Alfonso Martínez, el hombre del Naranjo de Bulnes, el hombre de la montaña que más veces subió a la montaña más hermosa de todas, amorosamente, sin clavarle un solo hierro.

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