MARIBEL LUGILDE
Corren tiempos de agro-business. El término es de cuño reciente, pero trata de definir una dinámica muy familiar, la de hacer de la necesidad, propia o ajena, un negocio rentable. En este caso, la necesidad es la de encontrar una alternativa a los combustibles fósiles, esencialmente al petróleo; la vía que cobra más fuerza son los biocombustibles, de origen vegetal, y el negocio consiste en explotar más y mejor el hallazgo aun a riesgo de causar un impacto económico, social y medioambiental difícil de reparar. Todo ello, en nombre de la sostenibilidad y la prosperidad para todos. Es la denuncia que pudo escucharse ayer tarde en la Jornada sobre biocarburantes que se celebró en la sede de la Empresa Municipal de Aguas de Gijón, organizada por el Consejo de Cooperación y Solidaridad Internacional y presentada por el concejal gijonés de Cooperación, Jesús Montes Estrada. Françoise Houtart, sacerdote, sociólogo, escritor, profesor emérito de la Universidad Católica de Lovaina, presidente de la Liga Internacional para la Liberación de los Pueblos y uno de los iniciadores del Forum Social Mundial, fue desgranando pausada pero contundentemente las diferentes claves de la cuestión. El punto de partida, según el punto de vista de Houtart, son unos combustibles fósiles que ya tienen fecha de caducidad y que frenan un sistema económico que ha sido precisamente el causante de ese agotamiento (una de las muchas pescadillas que se muerden la cola en esta historia). De paso, ese desarrollo de vértigo le ha hecho un boquete a la capa de ozono y el planeta empieza a sufrir un cambio climático. Quienes han podido poner freno a la situación (la del petróleo y la del cambio climático) han ido pasando, según Houtart, de la negación del problema al reconocimiento con la boca chica, para, finalmente, empezar a tomar cartas en el asunto, aunque con dificultad. Una de las alternativas que se proponen es la de los biocombustibles. Parece una apuesta seria y creíble. No lo es, afirma rotundo este sacerdote miembro destacado de la Teología de la Liberación. El objetivo es doble, asegura Houtart: sacudirse la dependencia de los países productores de petróleo, fuente de inestabilidad, y hacer negocio sin reparar en impactos sobre todo en los más débiles, que son los que acabarán pagando el pato. Porque, sólo por acudir a un ejemplo del propio Houtart, Holanda necesitaría dos veces y media el volumen de la superficie de la que dispone para producir biocombustible suficiente para su propio consumo. Y ésa es la razón por la que países como México vivieron recientemente una crisis por la subida en un 65% del precio del maíz, base alimenticia de la inmensa mayoría de su población. En la búsqueda de lugares donde producir esta materia prima se desplaza y desequilibra la frágil economía de los rezagados. Para colmo de males, asegura François Houtart, el biocombustible no es una solución tan sostenible como la pintan. A no ser, asegura rotundo, que se dé un cambio de modelo económico, social, de desarrollo, de consumo... en fin, eso que nos suena tan mal a los que comimos y dormimos caliente todo el año. El aplomo de Houtart tuvo ayer su contrapunto en la vehemencia de Héctor Mondragón, economista y activista colombiano, asesor de Convergencia Indígena, Negra y Campesina en su país, que vaticinó que «Colombia, junto con otros países, sufrirá en los próximos diez años otra economía de bonanza como la del oro, la plata o el caucho; sabemos bien lo que significa para nuestros pueblos, prosperidad para unos a costa de nuestra sangre».
Habrá que empezar a entonar la conocida canción: there are no business like agro business.