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Clave de sol

Bailando el Chiki Chiki

 
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ESTEBAN GRECIET A mí, qué quieren que les diga, me ha parecido muy bien nuestra embajada artística en el Festival de Eurovisión, con una actuación ajustada al momento y un resultado por encima de lo que cabía esperar. Se explica, por ello, con cierta indulgencia, que el ilustre protagonista haya declarado después: «Hemos triunfado bastante», que viene a ser algo así como triunfar algo pero no del todo, un triunfo pequeñito, una suerte de semivictoria moral. Al fin y al cabo, no otra cosa que la simpática ingenuidad de un voluntarismo que conviene tomar a beneficio de inventario.

Pero insisto en que considero un verdadero acierto, por su autenticidad, la elección de Chiquilicuatre, o como se escriba, llevada a cabo además por medio de una votación aproximadamente democrática, según sabemos de Buenafuente.

Sé que críticos y expertos, junto a puristas de la tradición, han censurado agriamente la decisión a favor de este personaje hasta ahora desconocido por estos pagos, y, más que nada, su interpretación en el Festival. Pero, aunque comprendo sus argumentos, yo tengo mis alegatos para insistir en que se ha hecho lo que había que hacer. Son estos:

Uno: don Rodolfo. Se acusa al pobre artista de exhibir una estética marginal, de postizo tupé y torpe aliño indumentario, que es, para mi gusto, el que conviene al caso. Y si entráramos a considerar los elementos auxiliares, valorando, por ejemplo, la función y las exiguas dimensiones del instrumento -la guitarra, quiero decir-, no será aventurado suponer que en el caso que nos ocupa estamos ante un artilugio presuntamente superfluo que no da la talla, pero que sirve a la caracterización del personaje para subrayar sus escasas disposiciones estéticas y aun musicales. Como si dijera: ya que no puedo aspirar a la excelencia, déjenme destacar por la extravagancia.

Dos: las bailarinas. Se ha escrito que las chicas del conjunto pretendían realizar una especie de «performance» a la brava, con evoluciones arbitrarias y desplazamientos caóticos, simulando caídas y torpezas diversas, objetivo a mi ver cumplido con absoluto acierto.

Tres: el Chiki Chiki. Comentaristas prestigiosos, y aun los que no lo son, han lamentado la mala calidad de la letra y la zafiedad de algunos de sus contenidos, según el gusto de los observadores, unida a lo desconcertante de ciertas alusiones, como la incógnita razón de llevar las bragas en la mano. Prodúcese así una suerte de entropía primigenia oscurecedora de un mensaje que cada cual puede descifrar a su modo y manera. Y se resta mérito igualmente a la partitura, si es que la hubiere, y a la monotonía del ritmo.

Cuatro: la afición. Si el vetusto y antaño prestigioso presentador televisivo José Luis Uribarri se felicitaba de que el Chiki Chiki abandonara el tipismo españolista de sol, toros, pasodoble y pandereta, la expectación popular, por su parte, registró la mayor audiencia de televisión en seis años y hubo casi un millón de descargas de móviles, aparte de exclusivas publicitarias, juguetes, videojuegos y otros sustanciosos negocios al hilo de la ocasional popularidad del personaje y su Chiki Chiki.

Ahora díganme ustedes a mí si todo lo anterior no compone el vivo retrato de lo que el Gobierno zapateril se ha propuesto hacer de este país: artificio, trivialidad, incomunicación, tosquedad, desconcierto, extravagancia, improvisación... No pudo haber mejor representante. Por eso digo yo que la elección del Chiquilicuatre ha sido un acierto pleno. Que es lo que se trataba de demostrar.

No me extrañaría que si en Belgrado alguien preguntara quién es y de dónde ha venido «este tipo tan cutre, con tanto postizo como poca gracia», le hubieran respondido que era el más auténtico representante de la nueva España (sin comillas, «of course»).

¿De dónde iba a ser?

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