TINO PERTIERRA
Bienvenida a la era de la pérdida de la inocencia, nadie desayuna con diamantes y nadie vive romances inolvidables.
Carrie en el primer capítulo de Sexo en Nueva York.
Más que un salto a la pantalla grande, la adaptación de Sexo en Nueva York al cine es un asalto en toda regla que saquea el original televisivo en un ejercicio de traición insólito si tenemos en cuenta que el equipo creador es el mismo. Del espíritu de la serie de HBO (que encanta o irrita con su hedonismo de lujo y lascivia en el que el tamaño sí importa y los hombres se dividen en memos y canallas) poco queda, salvo los chascarrillos tragicómicos de botox y sushi de Kim Cattrall, sin duda lo mejor en ambas pantallas. El resto deja a un lado el picante para embadurnarse de azúcar hasta extremos empalagosos, alcanzando en el desenlace unos niveles de cursilería tan desproporcionados que se diría que los creadores han optado por la autoparodia más descarada. Pero no es así: sabedores de que el público fiel y entregado de la serie no es tan numeroso como para llenar las salas de cine, los responsables de Sexo... han optado por seguir la estela de la comedieta romántica al uso y convierten su criatura en un larguísimo capítulo final (casi dos horas y media, qué abuso) o en un empalme (con perdón) de tres episodios que giran alrededor de una trama sonrojante en la que el chico planta a la chica y... Qué pereza contar un argumento previsible y monótono hasta la suciedad, hecho de remiendos y en los que las historias paralelas de las amigas van del tedio (Kristin Davis y su embarazo + chiste escatológico) al lugar común (Cynthia Nixon y su marido infiel), con el único alivio de una divertida Kim Cattrall que se debate entre su novio cachazas y su vecino cachas.
Y, para rellenar los vacíos, mucha moda. Muchísima moda. Vestidos de novia en reportajes de papel cuché, zapatos de quinientos y pico dólares, selección de vestuario, desfiles interminables. Mucha marca, mucho lujo de catálogo, mucho montaje de videoclip y mucho sopor. La superficialidad de los personajes clama al cielo con su obsesión por la alta costura y las piedras preciosas. La fascinación por las etiquetas se extiende incluso a los personajes secundarios, como sucede con una ayudante personal -que alquila bolsos de lujo por internet y se vuelve loca por unos zapatos- que contrata Carrie y con la que el guión se aproxima al racismo de forma temeraria. Que los personajes masculinos sean meros muñecos de pim pam pum con acciones y reacciones estereotipadas es lo de menos, la serie tampoco se preocupa mucho por hacerlos creíbles. Lo que realmente sorprende y desagrada en Sexo en Nueva York es que los personajes abandonen las posiciones que los han hecho familiares y entrañables para muchas seguidoras que sienten algo parecido a la complicidad con sus comportamientos o que se identifican con su desparpajo a la hora de hablar de sexo y compartir estupor ante el misterio masculino. Desparpajo muy licuado en el cine para que pueda ir el mayor número posible de espectadoras de cualquier edad. Aquí lo único que importa es hablar del amor de cuento de hadas (llaveros incluidos), vestirse de blanco como sea, esposar al presunto príncipe azul y lograr que se arrodille para declararse como Dior manda en armarios con pasillo y todo.
Vale, hay alguna línea de diálogo que recuerda el ingenio salado y salido de la serie, y algún momento dramático que aguanta el tipo, y las actrices resuelven sus papeletas con la solvencia que se espera de gente con recursos que domina su personaje, pero la sensación final es de haber contemplado un interminable, latoso y burdo catálogo de falsificaciones.