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los guantes del tercer portero

El maestro de Petersburgo

 
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CHUS FERNÁNDEZ Hablemos hoy de los rusos, con quienes el jueves nos encontraremos a escasos metros de la última frontera. Sigamos sus pasos en la nieve, pero no apartemos en ningún momento la vista de nuestras huellas. Hablemos de su delantero centro, Pavlyuchenko un nueve antiguo, el sicario perezoso; de su capitán, Semak, de quien Onopko, cuando le pidieron que fuera describiendo uno por uno a los integrantes de su selección, dijo: Es muy buena persona, muy trabajador; de su lateral izquierdo, Zhirkov, capaz de estar en su propia área y en el área rival al mismo tiempo; de Kolodin, el arponero loco, quien no podrá enfrentarse a nosotros por estar sancionado, un tipo que al igual que Yannakis, el formidable base griego, se muestra más certero cuanto mayor es la distancia desde la que tira. Hablemos de su portero, Akinfeev, ese niño terrible que está siempre enfadado y es el que más feliz parece de todos. Hablemos de Arshavin, el cazador ausente, el número 10. Alabemos la forma en que se volvía un eje para sus compañeros. Su modo de conducir. Su manera de asistir y finalizar. Su apatía violenta. Su rabiosa precisión. Desaparecía Arshavin. Con la vista baja deambulaba. A lo suyo. Fuese lo que fuese lo suyo. Y de pronto volvía a aparecer, misteriosamente enloquecido. Le he visto jugar. Me siento afortunado. Y en mi entusiasmo está mi gratitud.

En «2001: Una odisea del espacio», la inagotable película de Kubrick, Hal 9000, la máquina de inteligencia artificial encargada de todos los sistemas de la nave espacial, decía: «Estoy poniendo en uso todas mis capacidades, lo cual es lo mínimo a lo que puede aspirar una unidad consciente». Así jugaron los rusos contra los muchachos de Van Basten. Empleando simultáneamente todos sus recursos. Replegándose o desplegándose en un único movimiento. Ajenos al equipo contrario. Hemos venido a hacer esto, parecían decirse, porque esto es lo que debemos y sabemos hacer. Y si lo hacemos bien, poco nos importa lo que vosotros hagáis. Un monólogo sublime. Un dulce vendaval. Arrojándose como un enjambre furioso sobre los creadores holandeses cuando estos tenían el balón. Desdoblándose como pájaros que se escapan de sus jaulas en cuanto recuperaban la pelota. Una extraña bandada blanca cuyos miembros intercambiaban sus posiciones a toda velocidad. Encarando, asociándose en los últimos metros donde tan rápidos se vuelven los defensas y tan lentos los delanteros, cambiando de ritmo en el área pequeña donde apenas hay margen para la frenada. Una obra de arte, decía Nabokov, es, desde luego, siempre original, por lo cual, su naturaleza misma hace que se presente como una sorpresa más o menos alarmante. Alarmante fue el espectáculo llevado a cabo por Arshavin y los demás diablos rusos. Su fútbol es una amenaza. Una hermosa e inesperada amenaza. Tengamos cuidado. No son ellos los favoritos. Pero, visto su juego, tampoco lo somos nosotros.

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