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Lenguas de uso y lenguas de lujo

 
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Ala vista de la polémica que vuelve a generarse con motivo de la «oficialidá» del bable (y el caso del bable o del panocho valen, a escala muy reducida, para el catalán, el gallego y el vascuence), conviene recordar que hay dos tipos de lenguas: la común, en la que nos entendemos todos, y la lengua más o menos «autóctona» que en algunos lugares se intenta resucitar o sencillamente inventar por motivos que exceden la mera comunicación: la nostalgia, en el mejor de los casos, aunque el artificio de las «lenguas autóctonas» encubre, sin que sea un secreto para nadie, intereses de definido carácter político, en un sentido separatistas, o, en los casos más leves, de justificación del carísimo e innecesario apaño del «Estado de las autonomías según mandato constitucional», que decía González. No entraremos en que tal «Estado de las autonomías» fomenta la insolidaridad en la apoteosis de la solidaridad que es la de España zapateril (de la misma manera que el ministerio de Igualdad se dedica a establecer de manera oficial las desigualdades entre la mujer y el hombre: sin ir más lejos, las bibliotecas para mujeres que excluyen los libros escritos por hombres) sino en un escándalo aún mayor: que ta tinglado sea incapaz de autofinanciarse y siempre se acabe pidiendo dinero a Madrid. Con las «lenguas autóctonas» o lenguas de lujo, sucede aproximadamente lo mismo. No las habla nadie, pero se pretende que se hablen por la vía de la «oficialidá»: esto es, que el Estado además de pagar las autonomías, cree los hablantes de cada una de las lenguas que justifican, en el aspecto ideológico (muy ideológico) y pseudocultural y pseudohistórico, a las mencionados autonomías.

«Lengua de lujo» es aquella que se aprende sin necesidad, de la misma manera que tener dos viviendas o tres coches no responde a una verdadera necesidad, sino que es un lujo. ¿Para qué queremos hablar bable, si todo lo que se puede expresar en esa lengua se expresa muchísimo mejor en español? No sólo se expresa mejor en español, sino que el bable inventado es un remiendo del español común: a quienes desconocen tal peculiaridad les suena a medieval o a español mal hablado. Porque una lengua que dejó de hablarse, si es que se habló alguna vez, y que tuvo un cultivo literario tardío ( a partir del siglo XVIII) y escaso, no puede ponerse a describir luces de neón, aeropuertos y las bellezas de Venecia por arte de birlibirloque, sino tomando grandes préstamos, tanto sintácticos como léxicos, a la lengua común que impregna todas las relaciones sociales, culturales, afectivas, etcétera, incluso del medio en el que se pretende imponer a golpe de decreto la «lengua de lujo». Y esto no sólo sucede con el modesto bable, lengua que apenas sobrevivió en los «chigres» hasta que los intereses políticos quisieron elevarla a la Universidad y al Parlamento, sino también con lenguas en apariencia más prestigiosas como el catalán o el gallego (nada diremos del vascuence, cuyo cultivo literario es de menor entidad incluso que el bable). Díganme ustedes qué escritor catalán o gallego les suena entre el siglo XVI y el XIX. Si en esos siglos a nadie en su sano juicio se le ocurría escribir en catalán o gallego, no se debe a que se les hubiera impuesto la lengua española a la fuerza, sino a que en el siglo XVI, toda Europa la hablaba y la entendía, «por la necesidad que tienen della, ansí para las cosas públicas como para la contratación», según escribió Arias Montano. Si la hablaban en Italia, en Flandes, en Inglaterra, en Alemania y en Francia, ¿iban a prescindir de ella en Cataluña o Galicia? Igual sucedió con las otras dos lenguas imperiales: a ningún pueblo se le impuso el latín, pero el pueblo que lo desconocía era un pueblo bárbaro y, en la actualidad, que yo sepa, la VI Flota no impone el inglés en las costas mediterráneas, pero no conozco a «progre» en ejercicio, aunque sea gran defensor de «culturas y etnias oprimidas» que no envíe a sus vástagos a hacer algún «máster» a los aborrecidos pero imprescindibles Estados Unidos. Cuando el catalán y el gallego resucitan en el siglo XIX entre juegos florales y anhelos nacionalistas, la impregnación del español es tan completa que «normalizadores» del tipo de Pompeyo Fabra tuvieron que recurrir siempre a las voces más alejadas del español para que se notara la diferencia del catalán.

La «lengua de lujo» es la lengua que no se necesita. Pero es una falacia afirmar que es un «bien cultural» que puede perderse. Su gramática, su léxico, su fonética, etcétera, están ahí, intactos, haya hablantes o no los haya, de la misma manera que hay quinqués y petróleo, y tinta y plumas de ganso, a disposición de quienes desea utilizarlos. Sería tan magnífico que la gente se iluminara con quinqués o escribiera con plumas de ganso como que hable bable o catalán; y nada se opone a ello, además, ni el bable ni el quinqué. Otro caso es que se pretenda recurrir a la legislación para que se generalicen los quinqués en desuso a las lenguas sin hablantes, Porque eso, además de absurdo, es retrógrado. Las lenguas, incluidas las muertas o las inventadas artificialmente, siempre estarán a disposición de quienes deseen estudiarlas e incluso hablarlas. Otro caso es, como el presente de la actual babelización de España, que se pretenda, insisto, en que sea el Estado a fuerza de estatutos, decretos y sobre todo subvenciones el que tenga la obligación de proporcionar los hablantes.

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