Gijón, Eloy MÉNDEZ
David Bustamante es el mismo de siempre. Aunque ya no llora sobre los escenarios, como cuando superaba cada eliminatoria de la primera y exitosa edición de «Operación Triunfo», hace llorar a los y, sobre todo, las que le gritan desde el otro lado de las vallas. Junto a la playa de Poniente, el triunfito cántabro demostró ayer que sabe enamorar a los suyos a base de melodías que tienen al amor como única inspiración de sus letras. Era sábado de semana grande en Gijón y la actuación gratuita, así que el éxito estaba casi asegurado. Pero como reza el dicho futbolístico: el partido hay que salir a jugarlo. Y «Busta» saltó al campo, goleó y se llevó los tres puntos ante la afición gijonesa. Incluso, a más de una la dejó como el nombre de su último disco: «Al filo de la irrealidad», vendido como rosquillas en toda España y parte de Sudamérica.
Pasadas las once de la noche, el marido de la actriz asturiana Paula Echevarría, salió al escenario con chupa de cuero y pantalón vaquero. El éxtasis se apoderó del personal después de que unas luces estratégicamente colocadas simularan unas llamaradas entre las que apareció el cantante. A diferencia del nombre de uno de sus singles, Bustamante no fue «Cobarde» y cogió el toro por los cuernos desde el principio. Repasó la gran mayoría de sus éxitos, versionados hasta la saciedad por toda orquesta de feria que se precie. Después, pasó a las canciones que le han empujado a los números uno de todas las radio fórmula del país. «Al filo de la irrealidad» (que da nombre al CD), «Cómo llora mi alma», «Princesa mía» o «La locura del amor», entre otras. Cuando no llegaba a los agudos, recurría al viejo truco de dejar cantar al público mientras se ponía la mano detrás de la oreja. Si la canción era menos conocida, hacía un esfuerzo y se la comía él solito. Porque, en realidad, su presencia valía y sobraba para caldear el ambiente.
Un ambiente formado por gentes de toda clase y condición, jóvenes y no tanto, matrimonios maduros, grupos de adolescentes y abuelas con nietos que apenas sabían hablar, pero que cantaban a las mil maravillas. «Cuánto aprendió en la academia», le dijo en mitad de «Gitana», el primer tema que sonó, una chica a su novio. «De eso ya no se acuerda de ná», contestó él.
Y ahí está, a juzgar por lo visto ayer, la clave del éxito de Bustamante. Por una parte, mantener la fidelidad de todos aquellos que llamaron y mandaron SMS para que, con 22 años, llegara a la final de «OT». Pero también en haberse sabido ganar a un nuevo público adicto a canciones marchosas que no plantean grandes cuestiones existenciales, pero que animan una calurosa noche de verano en plenas fiestas patronales.