ÁLVARO CUERVO
La capacidad de innovación de la empresa depende del capital humano que tenga, es decir, de su capacidad para crear y aplicar nuevos conocimientos científicos y tecnológicos y de la existencia de un entorno que estimula la generación de dichos conocimientos: innovación abierta.
El primer incentivo para innovar es la presión del mercado; es decir, la competencia es mucho más importante que las subvenciones. Los móviles del innovador son más precisos que los del investigador (realización, servicio, emulación?); busca crear valor y sabe que toda innovación proporciona una ventaja competitiva temporal, por lo que hay que seguir innovando. Lo relevante para la empresa, pues, es la innovación, no la I+D. Una innovación es un producto o servicio introducido con éxito en el mercado, una nueva forma de presentar y de desarrollar un negocio, un nuevo modelo de negocio. Por ello, la «i» minúscula de la I+D+i (innovación) es la clave del desarrollo, el bienestar y el dinamismo, en suma, de la sociedad. Innovación implica pensamiento nuevo (fresco) que crea valor para la empresa.
La economía capitalista se puede concebir como una soberbia máquina cuyo output es el crecimiento económico. Joseph Schumpeter, el profeta de la innovación («Teoría del desenvolvimiento económico», 1911, 1978), ya señaló cómo la innovación es la fuerza del progreso económico y del cambio y que sus agentes son los empresarios. Ellos, en suma, crean el futuro, y lo hacen por necesidad, dado que para que la empresa sobreviva necesita innovar.
Ahora bien, ¿cómo innovar? Erróneamente, tenemos el estereotipo de la innovación como algo que hacen hombres de bata blanca en laboratorios. Muchas empresas siguen invirtiendo dinero en ellos, pese a que está comprobado que esto no asegura mejores resultados en términos de crecimiento, rentabilidad y creación de valor. No obstante, se sigue identificando innovación con gasto público en I+D y personal empleado en grandes laboratorios.
El estudio del paso de la I+D a la innovación ha permitido constatar varios hechos interesantes. Primero, no existe relación directa entre I+D e innovación; segundo, los indicadores de la I+D, tales como publicaciones científicas (España es el 3 por ciento de la ciencia mundial) o patentes (0,7 por ciento del total mundial) no dejan de ser medios que se convierten en fines; tercero, el desarrollo de la I+D no es un problema de oferta (más subvenciones y fondos públicos) sino de demanda; y, finalmente, el espacio tiene importancia: recursos y capacidades, capital humano y tecnologías están en un territorio y no sólo en la empresa.
Por todo ello se puede afirmar que el aumento previsto de los fondos públicos destinados a I+D, que nos dicen alcanzará el 2 por ciento del PIB en 2010 desde el 1,20 por ciento de 2006, no va mejorar sustancialmente la innovación en la empresa y en la sociedad si no se producen cambios en los agentes del proceso y en los incentivos.
En 2005 en Asturias, el gasto de I+D per cápita ascendió a 128 euros frente a 231 de media en España. Se destinaron en total 122.5 millones, a I+D, lo que supuso el 0,7 por ciento del PIB (1,13 por ciento en España). Si comparamos este dato con los costes de ajuste de alguna empresa pública y las inversiones en infraestructuras físicas veremos que es una magnitud insignificante, y aún decimos que nos preocupa el futuro.
A ello se añade, y eso es precisamente nuestra mayor debilidad, que el gasto de las empresas sólo supone el 33,2 por ciento del total, por debajo de la media española, 46,3 por ciento, y muy inferior al porcentaje que dedican los países dinámicos, cercano al 70 por ciento. En los procesos de I+D es más importante quién gasta que cuánto se gasta, por las consecuencias que tiene en términos de innovación y de creación empresarial.
Entre la dotación de fondos públicos para la I+D y el desarrollo de innovaciones existen dos elementos que pueden hacer estéril el proceso. Primero, no es neutral quién reparte los fondos públicos y con qué criterios. Segundo, para que la I+D se convierta en innovación es necesario la existencia de empresarios; si la investigación no se transforma en productos, servicios o cambios en el sistema productivo y social y no revierte a la sociedad es un esfuerzo bastante inútil. En Asturias, los ocupados en sectores de alta y media tecnología son el 5 por ciento del total, el 7,4 por ciento a nivel nacional.
Hay varias razones que limitan el paso de I + D a la innovación. En primer lugar se utiliza un falso modelo de desarrollo científico, según el cual la investigación básica produce un flujo de teorías y resultados que se redefinen a través de la investigación aplicada, para, tras contrastar su desarrollo con la tecnología, ser finalmente comercializados como innovaciones. Antes bien, el proceso es el inverso. La innovación tiende a dirigir la investigación básica y no al revés. Esto rompe con la distinción entre investigación básica, aplicada y desarrollo tecnológico, y afecta a los límites de la Universidad y a sus relaciones con el exterior.
Segundo, para que un aumento de la inversión pública en I+D se traduzca en conocimiento, patentes y mecanismos creadores de dinamismo y riqueza, es preciso contar con un sistema eficiente de reparto de fondos. En tercer lugar, los emprendedores son los que convierten la I+D y la creación científica en innovaciones, cambios, nuevos productos y servicios, mejoras en la productividad y, en suma, bienestar. Empresas que aprovechen el conocimiento, innovación y capacidad de emprender están indisolublemente unidos. Si analizáramos las empresas de base tecnológica, las spins-off derivadas de la investigación pública nos encontraríamos con unos resultados más bien escasos.
El mercado de ideas exige instituciones académicas vivas, instituciones de financiación del riesgo, talento directivo y un cluster de colaboración interempresarial, es decir, Universidad, mercado de ideas, capital humano y financiero. Por poner sólo un ejemplo, los centros de biotecnología de Cambridge (Reino Unido), Boston y Múnich alcanzan distintos niveles de resultados no como consecuencia de su nivel de investigación sino de la rigidez del mercado laboral, el localismo, la falta de capital riesgo y la ausencia de cultura de starts-up.
Tampoco podemos descartar la importancia de la falta de empresas con cultura innovadora o representativa de las nuevas tecnologías, que podrían facilitar el desarrollo del espíritu empresarial. Todas las empresas hablan de innovación y creatividad, pero el problema es cómo desarrollar estas actividades, cómo impulsar grupos de creatividad y células de innovación integradas por personas de formación multidisciplinar para transformar los avances científicos y tecnológicos en una actividad productiva.
A modo de epílogo me gustaría insistir en que no nos salven, que no nos digan qué debemos hacer; necesitamos menos normas y más mercado, centrar la atención en las instituciones y en las empresas. No hay que pensar que existe una única solución, como ahora, en que todo se fundamenta en la I+D o, más precisamente, en la asignación de fondos públicos para ella. No olvidemos que los agentes centrales del proceso son los empresarios y que es necesario contar con unas instituciones eficientes y una sociedad que acepte las consecuencias de la libertad de entrada y salida en los mercados y de la flexibilidad organizativa. De no ser así, tarde o temprano tendremos una nueva desilusión.
I+D es el futuro
«Si comparamos el gasto en I+D per cápita en Asturias con los costes de ajuste de alguna empresa pública y las inversiones en infraestructuras físicas veremos que es una magnitud insignificante, y aún decimos que en Asturias nos preocupa el futuro».
Nuestra debilidad «Nuestra mayor debilidad es que el gasto de las empresas en I+D sólo supone el 33,2 por ciento del total, por debajo de la media española, del 46,3 por ciento, muy inferior al porcentaje de dedican los países dinámicos y que es cercano al 70 por ciento».
Instituciones vivas
«El mercado de ideas exige instituciones académicas vivas, instituciones de financiación de riesgo, talento directivo y un cluster de colaboración interempresarial, es decir Universidad, mercado de ideas, capital humano y financiero».