GUILLERMO RENDUELES
La gestión contemporánea de las tragedias sigue un guión tan rígido como cuando se representaba en Atenas. La historia vuelve a repetirse en cada drama y este agosto en Barajas los familiares de las víctimas debían elegir entre el consuelo religioso o psicológico. No tengo ninguna duda de las virtudes lenitivas del discurso religioso para el creyente, pero dudo en cambio de la salubridad de las técnicas psicológicas para el no creyente.
La oración religiosa desde sus formas infantiles es una estrategia de protegerse contra la desgracia mediante rituales que influyan en el Todopoderoso. Sus formas maduras resumidas en el «Hágase tu voluntad» constituyen el consuelo absoluto contra las calamidades: transforma cualquier suceso traumático en bueno al quedar integrado en el plan divino. Un cuento sobre el Perro de Pasteur ejemplifica el sentido de ese consuelo: un perro ve transformada su buena vida en un tormento por la acción de un amo que le inyecta la rabia y le desangra hasta la muerte. Naturalmente el perro que maldice su suerte y a su verdugo no comprende que con su tormento el sabio está creando un remedio contra la rabia. Desligarse de la egolatría para abrirse a la propia insignificancia frente al todo y aceptar lo que nos es dado es la única forma de adquirir serenidad frente a la muerte. Quien posee esa confianza resulta una persona envidiable.
Enfrentar la desgracia desde el materialismo exige un coraje distinto para apretar los dientes frente el absurdo. La mala suerte de morir en un accidente es una especie de premio de lotería al revés. Somos seres impotentes frente al azar que carece de significado y la tragedia debe asumirse en el contexto de «ese cuento lleno de furia y ruido contado por un idiota que llamamos vida». También me parece admirable esa fortaleza estoica para vivir la desgracia sin ilusiones y estoy convencido de que sentir en ese trance a los otros solidarios hace menos espantosa la desgracia.
Menos me lo parece la falta de coraje que nutre la ilusión psicológica que permite vivir distraídos frente al horror -eso que les pasa a los otros- sin anudar relaciones solidarias y que cuando la desgracia llega se conforman con ese consuelo profesionalizado y esa empatía mercenaria representada según un manual psicológico (debriefing en el argot psi) que a manera de neoplañideras suministra el Estado .
En un excelente artículo sobre la prevención del estrés postraumático señala Baca Baldomero la necesidad de dudar del tópico que supone virtudes salutíferas al envío de psicólogos cada vez que ocurre una catástrofe. En 2006 Sijbrandij constata que no hay pruebas de que el «debriefing» sea terapéutico y sí algunos datos que pueden hacer sospechar efectos iatrogénicos. Este autor afirma que el debriefing puede acentuar más que eliminar la respuesta ansiosa al estandarizar la expresión del duelo. Un suceso de hace un par de veranos me sugirió la misma idea: las familias de unos pescadores ahogados en la Costa da Morte huyeron del Ayuntamiento y los psicólogos enviados por la autoridad para rezar y beber orujo en un lugar donde tradicionalmente el mar devolvía los cadáveres.
Un espléndido libro llamado «Desde dentro», editado por Amador Savater, narra la experiencia de la Red Ciudadana que tras el 11-M trabajó en rescatar el dolor de las víctimas tanto del intimismo como del profesionalismo para devolverlo a la memoria colectiva y así probar a enfrentar la muerte desde lo común. En un texto articulado como un palimpsesto los distintos autores de Red Ciudadana se cuentan y nos cuentan cómo enfrentan la desolación e indefensión que todos sentimos ante la calamidad colectiva que trajo el atentado. Cómo al sentir el dolor de las víctimas, algunas buenas gentes empezaron a padecer con los familiares, emergiendo vínculos informales donde el sinsentido se transformó en solidaridad ante la muerte de los otros. Algo despertó en la subjetividad colectiva que aportó una especie de transfusión afectiva a los supervivientes que les protegió de la indefensión frente al mal.
La aproximación espontánea que creó la Red resaltó lo ambiguo e inoperante de la acogida profesional que al igual que en Barajas se ofreció a las víctimas. Una visión tecnológica del drama y unas intervenciones ritualizadas generaban actuaciones de psicólogo que en algunos casos se sentían como invasión del duelo por un extraño que ordenaba llorar, tomar tila y no sentirse culpable. En algunos autorrelatos de las víctimas, el consuelo y el saber hacer de la Red Ciudadana que brota del sentimiento real contrastaban con la vivencia de lo burocrático de la ayuda profesional ofrecida a posteriori por los centros de salud mental.
Tragedias como las de Barajas pueden permitir rescatar, como tras el atentado del 11-M, el arte de consolar atribuido a la antigua comunidad. Una algodicea que, lejos de encontrar el sentido de la muerte en la teodicea o el plan divino, se obligue a hacer circular el dolor por los diálogos amistosos, para desde esa condolencia recrear una comunidad que la muerte amenaza destruir. En alguna reunión de la Red tras el 11-M varios miembros se preguntaban cómo seguir levantándose cada mañana o cómo cruzar una calle para alejarse de casa, tras sentir que una bomba cancela todo el imaginario de futuro en un segundo. Ellos mismos se responden juntándose: al poner en común el dolor, la memoria colectiva de los vivos recoge la cita que los muertos dejaron y al hacer que sus voces reverberen o que sus proyectos continúen logran que los vivos no se rindan al abatimiento.