Javier NEIRA
Acabáramos. Con la datación de la fuente recién descubierta en la calle de la Rúa se confirma que hay un Oviedo muy anterior al endémicamente supuesto y hasta consagrado por la Universidad, por los mandarines académicos y hasta por los curiosos o culturos, según la sabia denominación popular.
Salvo que estemos ante un hongo de crecimiento mágico no cabe duda de que se trata de mucho más que un eslabón perdido entre el tiempo de la monarquía asturiana y la primera presencia de Roma en estas tierras.
Por eso mismo, como desde hace tiempo sostienen algunos francotiradores, mejor que hablar de arte prerrománico sería decir arte post romano o tardo romano o romano sin más cuando se quiere denominar a los templos y edificaciones culminadas en torno al siglo IX.
La datación de la fuente de la Rúa en el siglo IV se ha realizado mediante el método del carbono 14. Como la tecnocracia manda se considera que es la última palabra. Preferible sería, sin embargo, considerar otras perspectivas, mejorando lo presente, claro.
Frente al análisis químico-técnico es mucho más fecundo -incluso fiable y por supuesto barato- el análisis histórico-cultural. ¿Cómo se puede realizar en este caso?
Muy sencillo. Partiendo de unos conocimientos elementales basta con dirigirse sin prejuicios al templo de Santullano -está abierto al culto así que no hay que sufrir a ningún guía- sentarse en uno de los bancos y estar media hora mirando, viendo, analizando y reflexionado. Con ese sencillo y breve ejercicio se logrará concluir sin duda que se trata de una basílica paleocristiana, del tiempo muy probablemente de la fuente que se acaba de datar.
Pero hay más. Una mera consideración de los espacios en juego da mucho que pensar y ofrece pistas razonables contra las tesis oficiales. La Foncalada, más aún Santullano y no digamos los monumentos del Naranco son completamente ajenos al recinto amurallado del Oviedo de los siglos VIII y IX.
Por mucho que determinadas consideraciones románticas hayan querido ver en la Foncalada un trasunto de «Las lavanderas» de Gauguin; en el entorno de Santullano, un hortus conclusus y en el Naranco un coqueto belvedere es evidente que hay una línea orográfica -que es asimismo una línea del agua- entre las fuentes del Naranco, por encima aún de los monumentos, la Foncalada y la vega de Santullano. Una línea en cuanto a edificaciones muy anterior al Oviedo de Alfonso II porque la filiación romana de Lillo -de Liño- es obvia, porque Santa María del Naranco está construida sobre elementos romanos, porque la Foncalada si es morfológicamente igual a la fuente de la Rúa es contemporánea y no corresponde a Alfonso III sino que es medio milenio anterior y porque, lo dicho, Santullano es abrumadoramente una basílica paleocristiana. La fuente de la Rúa abundaría en ese mapa del agua, rematadamente romano. Y es que no hay noticia de que nadie se haya bañado nunca entre el siglo V y el XV mientras que los romanos no sabían vivir sin la presencia permanente del agua.
¿Por qué entonces ese hueco informativo de cuatro siglos?
Conviene recordar que el noroeste peninsular fue el solar del hereje Prisciliano, la primera persona ajusticiada a instancias de la Iglesia -por cierto, en Treveris, la ciudad en la que nació Marx- en el año 385, más o menos por el tiempo de la fuente de la Rúa.
Según algunas hipótesis en el sepulcro central de la catedral compostelana no está enterrado el apóstol sino Prisciliano. Es más, el hallazgo supuesto del cuerpo de Santiago sería además de una operación de prestigio político de Alfonso II un intento de acabar de una vez con los restos de la herejía que secretamente seguía latiendo y tenía fijada su mirada en ese finis terre. En ese contexto de luchas de creencias y búsquedas de legitimidades, las edificaciones, sea para realzarlas, modificarlas y hasta corregirlas en virtud de las ortodoxias cambiantes, habrían jugado un papel tan destacado como embrollado.
Oviedo romano. Una hipótesis que es ya definitivamente comprobable frente a sus enemigos, sean los académicos -¿cuántas tesis doctorales acaban de verse arruinadas con la datación de la fuente de la Rúa?- o los celtistas y su complejo de Asterix según el cual aquí los romanos nunca pintaron nada. Todo ha conspirado contra la realidad romana de Oviedo y su entorno.
El penúltimo ejemplo es bien reciente. En la segunda mitad de los años noventa se halló una fortaleza romana en el vecino Llagú. Pero fue rechazada por los académicos -no encajaba con sus lecciones universitarias- por los celtistas que sólo ven castros donde hay centros romanos, por las multinacionales de las canteras y hasta con cierto antioviedismo según el cual la única ciudad romano-asturiana es Gijón, fundada ocho siglos antes que Oviedo.
La fortaleza de Llagú no resistió tanta presión, al poco de ser descubierta quedó arruinada.