JAVIER NEIRA
Me comentaba ayer Gustavo Bueno que se diría que estamos asistiendo a la segunda vuelta del emperador Augusto a Asturias: llega y de golpe todos los rudos celtas se convierten en finos romanos.
La competición más disparatada acaba de desatarse -que conste que los de la fuente de la Rúa son inocentes: si pecan de algo es de prudentes- y mira que era evidente. Como recordaba Bueno, ya en los años sesenta, estando con Alarcos, Schlunk les explicó que por encima de San Miguel de Lillo había restos romanos.
La nueva moda retro tiene una variante especialmente cómica. Y es que el Gobierno astur socialista, rematadamente laico, como sus mayores de Madrid, promueve un contrasimposio -si Gabino optó por Oviedo XII Siglos, Areces, por Asturias 2008- centrado ¡en las cruces!
Quién iba a decir que los socialistas asturianos -no, no mencionaré la voladura de la Cámara Santa- iban a acabar de neocarlistas, el trono y el altar, la apología del Antiguo Régimen y tal y tal y tal.
Como las cosas han llegado tan lejos, no puedo callar por más tiempo: ahí va el scoop.
Una comisión de notables ovetenses -conocida popularmente como la Pepancia, porque en ella figuraban varios Pepes: Pepe Serrano, Pepe Buelta...- se encargó de recuperar las joyas tras su destrucción en 1934. Al entregar la Cruz de la Victoria, el restaurador les dijo que había tirado al fuego y sustituido por una pieza nueva el alma de madera de roble. ¡Desgraciado! ¡Si era la cruz de Pelayo en Covadonga! Horrorizados, los de la Pepancia se juramentaron para no contarlo jamás. Pero en su lecho de muerte uno confesó. Ante la milagrosa conversión de los socialistas en carlistas, ha llegado la hora de contarlo urbi et orbi.
Esta misma noche, ay, beberé de la fuente de Lete el agua mágica que borra todos los recuerdos.