Grandas de Salime,
Eduardo GARCÍA
Las murallas del castro de San Isidro dividen dos concejos asturianos: San Martín de Oscos y Pesoz, pero en medio de la montaña las fronteras, siempre difusas, las marca el horizonte. Cuando el viajero llega hasta el castro, uno de los más desconocidos del Occidente astur, siente inevitablemente la tentación de pensar que está en medio de ninguna parte. «¡Están locos estos romanos!», exclamaban los habitantes de la irreductible aldea de la Galia, cuna de Astérix y Obélix.
A estas alturas de la película puede que sí tuvieran un punto de locura, pero es seguro que no eran tontos. Al menos, los que se asentaron temporalmente en las tierras que hoy conforman Asturias. Porque San Isidro parece perdido en medio de un paisaje abrumador, pero no está a más de seis kilómetros de Grandas de Salime en línea de aire, y a unos 35 kilómetros de la costa, una jornada de viaje. Una posición estratégica para un campamento romano con todas las de la ley.
¿Una segunda Carisa? El arqueólogo Ángel Villa, director del Plan Arqueológico del Navia-Eo lo matiza: «Esto es posterior a La Carisa. Aquí estaba emplazado un puesto de control militar que probablemente se funda en la segunda mitad del siglo I, en época Flavia».
Desde la carretera general, no muy lejos de Boal, el camino forestal que llega hasta el castro tiene una longitud de siete kilómetros ganados a la montaña. Arriba, el viento azota con fuerza. El perímetro de las murallas aconseja un cálculo más o menos aproximado, el recinto no albergaría a más de doscientos hombres. Son murallas imponentes en el ancho, que en algunos tramos llegan a los tres metros, y nos sugieren que también lo eran en altura. Todavía hoy hay lienzos que mantienen dos metros.
Una posición perfectamente defendida en una época en la que el problema militar era el de control. «A finales del siglo I» -dice Villa- «se consolida el sistema fiscal y la aristocracia local, pero es entonces cuando los esfuerzos de Roma se desplazan a Centroeuropa, entre otros lugares a la Dacia, donde había grandes posibilidades mineras de oro». Estamos, aun a riesgo de simplificar en demasía, ante el primer fenómeno de deslocalización. Así que Roma mantenía soldados en Asturias no tanto para poner orden como para mantenerlo. En medio del perímetro encontramos las huellas de grandes barracones que servirían de cobijo y morada a la tropa. Los restos de piedra permiten, con un poco de imaginación, suponer dónde estaba la entrada. Los ojos del arqueólogo ven más allá: «Aquí hay huellas de dos bastiones».
La estructura defensiva del castro de San Isidro se componía de la muralla, con paseo de guardia por su recorrido interior, un par de fosos de considerables dimensiones y varias líneas de piedras hincadas para entorpecer el acercamiento de posibles asaltantes. Sobre las pizarras hincadas de San Isidro ha habido todo tipo de elucubraciones. Se llegó a decir que eran elementos naturales pero a simple vista no parece posible. Están ahí instaladas por alguien y para algo. En el flanco sur del campamento son mucho más visibles y durante muchos metros acompañan al camino/foso por ambos lados, creando un paisaje distinto, sugerente. Es el único castro de Asturias que presenta esta modalidad defensiva, que quizá tenía un valor más disuasorio que real.