Ladines (Sobrescobio),
Miguel Á. GUTIÉRREZ
A finales de junio, «Villarina» aparecía por primera vez en las páginas de los diarios regionales. Su semblante temeroso exhibía las huellas de las lesiones causadas por un desafortunado accidente: una caída o un atropello, según las hipótesis barajadas entonces por el Principado. Tres meses después, la osa rescatada por un pareja de turistas madrileños en una cuneta de Somiedo está plenamente recuperada de sus heridas. Los aires del parque de Redes parecen haberle sentado bien. Tiene un «piso» propio de 90 metros cuadrados en el centro de cría del urogallo de Sobrescobio, acostumbra a echarse reparadoras siestas, ha ganado peso de manera visible y es habitual verla jugar con un oso de peluche. No hay rastro de secuelas físicas o indicios de que se haya acostumbrado al contacto con las personas. «Villarina» está lista para volver a casa.
La Consejería de Medio Ambiente tiene previsto celebrar una reunión de expertos la próxima semana para determinar las condiciones en las que se producirá esa reintroducción en el hábitat del pequeño esbardo, de ocho meses. Por el momento, ajena a todo, «Villarina» es feliz en Redes. Parafraseando a Yogui, otro plantígrado mediático en la región gracias a sus campañas de promoción turística, podría decirse que está mejor que en Yellowstone. Es la única inquilina del centro de cría en cautividad del urogallo (un equipamiento pendiente de inauguración) donde ocupa tres recintos de una instalación al aire libre cerrada por verjas camufladas por pantallas vegetales. Todo está pensando para recrear el hábitat de la zona cantábrica, con troncos, piedras y follaje que simulan un monte asturiano. Tampoco falta una pileta que «Villarina» suele utilizar con frecuencia para jugar o refrescarse en días calurosos.
María Suárez es veterinaria y responsable del centro de cría en cautividad del urogallo de Sobrescobio. También es la única persona, junto al operario José Luis Oves, que puede ver a «Villarina». Lo hacen cada día, pero siempre por un corto espacio de tiempo, uno o dos minutos a lo sumo. Esos escasos segundos deben servir para depositar la comida en el recinto y comprobar sobre el terreno las evoluciones de la osa. «Está perfecta, como cualquier oso de su edad. Aparentemente la recuperación ha sido total porque no se aprecian secuelas del traumatismo, tiene todos los sentidos en orden y ha ganado bastante peso; también es habitual verla trepar, jugar y ejercitarse», apunta Suárez.
Las férreas condiciones de aislamiento también parecen haber surtido efecto. «Evita todo contacto humano y siempre que entramos en el recinto se refugia en el extremo contrario. Nosotros le hemos cogido mucho cariño, pero por lo visto ella no y eso es muy positivo para la reintroducción en su hábitat», relata la veterinaria. Las exploraciones deben ser a distancia y aprovechando el momento en que la puerta se abre para llevar el alimento: «El perímetro está recubierto por una malla de brezo pero tampoco podemos acercarnos mucho porque es importante que no nos vea, pero también que no nos huela».
Para sus cuidadores, el pequeño esbardo es «osina» o «Villarina», apelativo por el que se conoce al animal desde que fue rescatado cerca de la carretera de Villarín, en Somiedo, por una pareja de turistas madrileños cuando vagaba desorientada y herida por la carretera. Los técnicos de la Consejería de Medio Ambiente intentaron reintroducirla entonces, sin éxito, en su hábitat natural. Después fue trasladada a una clínica de Oviedo, y más tarde, a Cabárceno.
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