Novedades sobre una joya del Prerrománico 

A Santa María del Naranco le salen los colores

La fachada estaba originalmente cubierta de un revoco de ocre amarillo siena, realizado con una técnica de herencia romana

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Oviedo, A. M. F.
Oviedo, A. M. F
Ocre amarillo siena. Ése fue el color original de las fachadas de Santa María del Naranco, reforzado en algunos elementos constructivos y decorativos con toques de rojo siena, según el estudio realizado por un equipo multidisciplinar aprovechando las obras de rehabilitación integral del edificio. La imagen que hoy conocemos de una de las principales muestras del Prerrománico, con la piedra desnuda y limpia de todo revestimiento, es consecuencia de sucesivas intervenciones, y «herencia del Romanticismo decimonónico», tal y como refleja la memoria de esta investigación. Pero, en origen, el palacio, posteriormente iglesia, era más visible merced a un revestimiento realizado con técnicas heredadas de los romanos.

Los escasos restos que quedan en la piedra -preservados por las propias irregularidades de los sillares o en los intersticios de la construcción de limpiezas en muchos casos agresivas- sometidos a diversas técnicas de indagación han aportado datos para confeccionar la imagen original del edificio.

El que fuera palacio de Ramiro I, joya de una reinado tan breve como glorioso (842-850), «estuvo totalmente revocado, en todo su exterior e interior, cubriendo por tanto sillería y ornamentación pétrea posiblemente, con el reiterado ocre amarillo siena, generalizado en toda la superficie y paramentos». Así lo refleja el amplio estudio de un equipo multidisciplinar integrado por los arqueólogos Elías Carrocera, Bernardino Santos y Alejandro Sánchez, junto con Beatriz González y Eduardo Menés de la Escuela de Minas, Celia Marcos, de la Facultad de Químicas, y Jesús Puras especialista en restauración de monumentos.

En el mismo estudio se apunta que «el referido acabado cromático es de origen altomedieval y con técnica de herencia romana». Consiste en «una variedad del uso de la cal entre la pintura y la estucadura, similar y complementario del fresco, permitiendo márgenes temporales de ejecución más amplios».

Para los especialistas, no cabe duda de que la aplicación del revoco de la fachada «está relacionada directamente con la construcción del edificio y en un momento inmediato a su creación o formando parte de la misma concepción arquitectónica».

El revestimiento tenía un doble cometido funcional y estético. Por una lado se trataba de preservar el interior de las humedades y las inclemencias meteorológicas y unificar la fachada, eliminando las irregularidades del muro y cubriendo aquellos elementos constructivos de inferior calidad. El segundo objetivo era conseguir que el edificio destacase «en cualquier ubicación y contexto, rural o urbano, del resto de las edificaciones populares o civiles». Se trataba, con la aplicación de ese color ocre amarillo siena a la fachada «no sólo de ennoblecer el edificio sino producir un efecto plástico determinado».

Junto al color dominante aparece otro, el rojo siena que se aprecia en las cruces de las tribunas y el zócalo del paramento de la nave central. Este segundo tono matiza y enriquece el amarillo dominante.

El cambio de uso del edificio, con su paso de palacio a iglesia como consecuencia del incendio de San Miguel de Lillo, también se refleja en los restos de los revestimientos localizados en paredes y fachadas. Santa María del Naranco «se sacraliza y repolicroma apareciendo variedad de restos de diversa índole y coloración».

Como una prolongación del estudio cromático sobre los revestimientos de Santa María del Naranco, el arqueólogo Elías Carrocera apunta la que sería, en origen, la primera bandera de Asturias. «Los dos colores dominantes el amarillo oro y y el rojo o gules son los colores eclesiásticos por excelencia y los de la oriflama carolingia. Ramiro fue un gran ideólogo, que trasladó aquí el uso del oro y el gules, junto con la cruz como símbolos del poder real, siguiendo el modelo de Constantino. Todo está relacionado con el agustinismo político: un solo reino en el Cielo y un solo jefe en la Tierra. Estos indicios nos llevan a pensar que los colores de aquella enseña eran el rojo y el oro, con una fuerza simbólica muy arraigada y bien definida».

La bandera que ahora se atribuye a Ramiro I, la que supuestamente habría ondeado en la batalla de Clavijo, constituye, a juicio de Elías Carrocera, «una mera interpretación vexilológica, sin fundamento arqueológico alguno».

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