JUAN JOSÉ MILLÁS
Un tablero de ajedrez cuelga de la pared con un nombre y un apellido enfrentados. Ricardo contra Mojardín. «Siempre gana y siempre pierde el mismo. Si llegas a ver este taller hace un mes... Todo este espacio libre estaba lleno de cosas. Era un caos provocado, algo inevitable antes de concluir un trabajo. Ojalá pudiera enlazar los proyectos sin romper el ritmo de trabajo con las exposiciones. Me siento incómodo explicando lo que hago. Cuando no tienes el don de la palabra, estás obligado a un esfuerzo extra. No lo disfrutas. Pero hay que hacerlo, e intento dar claves, pistas, porqués. El arte es sentimiento y presentimiento, intuición, una señal que te lleva por caminos desconocidos. ¿Cómo explicar algo así? Todo tiene un sentido, pero es difícil transmitirlo a los demás».
Esta casa situada en la plaza de la iglesia en Loriana «la compramos en el 90, y de casualidad. Un compañero de trabajo de mi mujer le habló de ella, vinimos a verla y fue un flechazo. La distribución era la misma, pero hubo que tirarla toda. Fueron dos años terribles de esfuerzo físico, mental y económico, pero valió la pena porque quedó a nuestro gusto...».
Es complicado vivir con un artista: «Hay fases en las que me vuelvo insoportable. Pasajeras, eso sí. Por suerte tengo una mujer muy comprensiva. Luego intento compensarla. Bea me comprende bien: ella también tiene su faceta creativa, y más que notable. Hizo mucha cerámica cuando tenía más tiempo libre». ¿Y su hijo Adrián? «No sé si me alegro o no pero me siento orgulloso de que sus inquietudes vayan por ahí. No lo hace mal. Está en el bachillerato artístico y siempre está dibujando o pintando. De crío dibujaba en servilletas cuando comía, y si íbamos de viaje llevaba su libreta en el coche. No porque se lo sugiriéramos, salía de él».
No se acuerda pero, «según mi abuelo, cuando me llevaba a caballo a alguna feria por los veranos y parábamos a descansar, yo alisaba superficies del suelo y con un palo, dibujaba. Allí no había televisión ni más niños. Era un caserío en medio de la nada, o del mucho. Un mundo inmenso para explorar. Era feliz cuando mis abuelos iban a dormir la siesta y yo subía a la rama de un árbol para ver los bichos, los detalles de las hojas... Me lo pasaba como un crío de hoy con una videoconsola. Acabé haciendo una caseta en ese árbol para estar más cómodo, me sentía como Tarzán. Fui un crío introvertido y solitario. Luego no tenía problemas de sociabilidad, no era huraño, pero en esos tres meses de verano me convertía en un pequeño salvaje. Y leía. Leía hasta recetas mientras comía. Eso es algo que conservo. Si estoy solo, me gusta comer leyendo».
Y un día, el shock: «Yo tenía 13 años cuando entré por primera vez en el museo de El Prado. Cuarenta años después, me sigue fascinando. Es un contenedor de historias, de vivencias, ahí están casi todas las inquietudes de la humanidad. Es una gran enciclopedia del ser humano Es como recorrer tu propia vida contada por otra persona y de otra manera. Hay cuadros que te aportan cosas distintas cada vez que los visitas».
Las actividades sociales, sobre todo ir a exposiciones, «ayudan a romper la rutina, aunque no siempre te apetezca salir de casa. Estoy muy a gusto aquí pero te esfuerzas y haces ese pequeño sacrificio para ver cosas que te interesan. Así rompes el círculo cerrado tan tentador de meterte en tu burbuja. Los fines de semana cambian las cosas, ahí sí que rompemos la rutina, salvo que esté muy liado con algún proyecto y no quiera despegarme. Cuando me ocurre eso ni duermo ni como apenas. Es una obsesión. El domingo vamos a casa de mi madre y los sábados, de caminata por la montaña o en bici». En todas las obras hay una fase «que te tiene abducido, no estás para nada. O bien me encuentras encerrado en el taller o bien fuera con la cabeza centrada en el trabajo. Admito que mi trato con los demás puede parecer incluso distante, o arisco. Llevándolo al extremo, me siento como un animal acosado, agredido por cualquier distracción. Cuando controlas y asimilas esa etapa y ya entras en un desarrollo del proyecto movido casi por la inercia, atando cabos y puliendo detalles, la vida a mi lado se hace más llevadera, vuelvo a parecerme un ser humano normal».
Hay dos gatos por ahí fuera: « Musi y Musgo. En casa no entran, soy alérgico. En una exposición liberé conejos salvo a uno albino que sería blanco fácil para depredadores. Vive un retiro dorado comiéndonos los geranios. Naricín, se llama». Cualquier cosa que hagas con entusiasmo y creyendo en ella, tiene futuro. «Incluso el grabado», apunta mirando el tórculo (prensa) que domina la estancia, vigilado por la mirada inquietante de un macaco por el que siente «un cariño especial, quizá me he retratado de alguna forma con él».
El suelo del taller tiene ojos de cristal que miran y dejan ver, como lienzos transparentes donde se oye el silencio. La palabra: «Si ves un sendero por el que nunca pasaste, lejos de los caminos habituales, tómalo. Tal vez te lleve a una vía cerrada, o tal vez a un lugar que te espera para descubrirte su misterio».
Un aviso para la gente que está comprando lingotes de oro: tampoco es un valor seguro. Su precio depende de un consenso tan absurdo y frágil como el de una acción de Telefónica. Si mañana nos ponemos de acuerdo en que el oro es una basura, tendrá usted que tragarse todos esos lingotes que guarda en el doble fondo del armario o en la caja fuerte de su alma. No tiene un valor intrínseco, sólo el que le atribuimos. Además, en cualquier momento podemos dar con la piedra filosofal capaz de transformar la caca en oro. No sería la primera vez que ocurriera. En sus orígenes el aluminio era más caro que el vil metal (y perdón por lo de vil metal). Los objetos de los ricos, aunque ahora parezca mentira, tenían en aquella época alguna incrustación de aluminio. Pero de la noche a la mañana un joven investigador norteamericano descubrió el modo de producirlo industrialmente y los precios se fueron al carajo. Por eso hay tantas ventanas de aluminio. Son feas por la cantidad. Si sólo hubiera una en el mundo, causaría admiración. Una fachada cubierta de diamantes provocaría vómitos. Quizá algún día resulte más barato hacer las ventanas de oro, qué espanto.
No hay valores seguros, decíamos. Es mejor invertir en alimentación que en joyas. Hay latas de sardinas que no caducan hasta el 2015. De aquí a esas fechas el oro puede estar por los suelos, pero las sardinas continuarán tan frescas como ayer. De hecho, la gente verdaderamente sabia (abuelas, madres, tíos paternos, nueras y cuñados) está llenando las despensas, por si hay una guerra (de precios). No sé si las sardinas pertenecen al apartado de la economía real o de la financiera, pero al final si tienes mucho oro o muchas acciones, pero nada que llevarte a la boca, estás listo. La verdadera piedra filosofal sería aquella capaz de transmutar en jamón de Jabugo cualquier cosa que tocara.
Aunque, para piedra filosofal, el Estado, que ha recogido las subprime y demás productos de dudosa moralidad trasformándolos en oro. Los banqueros están que no se lo creen. Los pobres no se habían dado cuenta (o quizá sí) de que el Estado eran ellos. Por eso hemos acudido en su ayuda. De nada, tíos, a mandar.