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La Asturias consagrada de Osoro

El Arzobispo ofrece el Principado a Dios ante la Santina y la Cruz de la Victoria, que viaja por primera vez a Covadonga

 
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Covadonga (Cangas de Onís),

J. MORÁN

Asturias quedó ayer consagrada, al ser dedicada y ofrecida a Dios por el arzobispo Carlos Osoro, que pidió a la Virgen de Covadonga «amparo, protección y auxilio» para que «todos los asturianos alcancen la dignidad de persona que tu hijo Jesucristo les ha dado», y para que «todos tengan un trabajo digno».

Osoro imploró, asimismo, «que ésta sea una tierra en la que todos construyamos la cultura de la vida, desde su inicio hasta el final». Tras encomendar a los católicos asturianos -sacerdotes, seminaristas, religiosos, niños, jóvenes, ancianos y enfermos-, pidió por «los que tienen alguna responsabilidad en la sociedad», y los enumeró en este orden: «Gobernantes, artistas, profesionales de la comunicación social, profesores, médicos, investigadores, empresarios, trabajadores», para que «hagan de Asturias un icono visible de Dios».

El Arzobispo rezó la oración consagratoria en la santa cueva ante la Santina y «ante la misma cruz -de la Victoria- con la que se inició hace muchos siglos, y en este mismo lugar, un camino de presencia pública de los cristianos».

La Cruz de la Victoria, emblema del Principado, había viajado esa misma mañana, por primera vez, a Covadonga. A las 8.45 horas, cuatro agentes del Cuerpo Nacional de Policía habían accedido a la Catedral de Oviedo y el canónigo Manuel Ángel Acebal había tomado sus números profesionales para confeccionar el acta que recogería todos los detalles del primer viaje de la Cruz de la Victoria fuera de su recinto de siglos.

La cruz, ya embalada, esperaba en el claustro de la Catedral. Un furgón blindado de la empresa Loomis (grupo Securitas), con conductor y dos vigilantes, introdujo su trasera a través de la puerta de la Limosna, desde la Corrada del Obispo. Hermanas de Lumen Dei, preparadas en su furgoneta, observaban la operación desde el quicio de la puerta del Palacio Episcopal. Al ser fotografiadas, salieron rápidamente hacia Covadonga. Tres personas más observaban desde la plazoleta, y alguna pareja de jóvenes volvía de retirada.

Empleados de la Catedral y los canónigos Ángel Pandavenes (deán), Juan Antonio Menéndez (vicario general), Benito Gallego (penitenciario), Agustín Hevia Ballina (archivero) y José María Hevia supervisaron cómo la Cruz, de 6,7 kilos, era atada con correas al interior del furgón blindado, de cinco toneladas.

La Policía Nacional, que había controlado el perímetro exterior del claustro, cedió su puesto a dos agentes de la Guardia Civil de Tráfico -también inscritos en el acta-, que custodiaron en su vehículo el viaje hasta Covadonga, iniciado a las 9.20 horas. Tras la cruz, viajaba el arzobispo Carlos Osoro, en su coche oficial. «Tú fuiste el primero que sacaste la cruz», comentó un policía a su compañero, al partir el furgón.

Ya en el real sitio, el cabildo de la Catedral procesionó con la Cruz de la Victoria desde la casa capitular de Covadonga, donde había sido descargada, hasta la puerta de la basílica. Allí, el deán Ángel Pandavenes se la entregó al abad de Covadonga, Juan José Tuñón. Los canónigos de ambos cabildos vestían traje de coro, o de gala: sotana, manteo, muceta y roquete.

Un gran silencio en la explanada y la basílica recibió la cruz. Tuñón recorrió la nave principal hasta el altar, donde esperaba el arzobispo Osoro, cubierto con capa pluvial roja, propia del rito de exaltación de la cruz. Tras realizar la ostensión de la joya a los cuatro puntos cardinales, la entronizó en el altar.

Los actos prosiguieron con el rezo del rosario, a cargo de Osoro, en la santa cueva, mientras los dos cabildos velaban la Cruz de la Victoria desde la sillería del coro de la basílica. A continuación, la misa fue concelebrada por unos sesenta sacerdotes. Osoro presidió con el obispo auxiliar, Raúl Berzosa, a su lado. Sin embargo, el arzobispo emérito, Gabino Díaz Merchán -que celebró una consagración similar en diciembre de 2001-, no estuvo presente. Unas mil personas, dentro y fuera de la basílica, siguieron los actos.

Tras la eucaristía, al tiempo que llegaba al santuario una copiosa excursión de catalanes, la Banda de Gaitas «Ciudad de Oviedo» encabezó la procesión hacia la santa cueva.

Iniciaba la marcha el incensario, seguido de cinco lámparas llevadas por seglares de las cinco vicarías de la diócesis. Osoro portaba la cruz. Ya en la cueva, el rezo de la citada oración consagratoria fue seguido por el Himno de Asturias -entonado por la Banda de Gaitas-y por el himno de Covadonga.

Una larga cola de fieles se formó para venerar a la Santina y la Cruz de la Victoria, que regresó a la Catedral a las 16.30 horas. Su estancia en el santuario de Covadonga había durado seis horas.

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