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Tiene al fútbol en un altar

El sacerdocio de Fernando Fueyo siempre ha estado muy unido al balón y, sobre todo, al Sporting, hasta el punto de que jura por Quini

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Fueyo señala Burundi, donde estuvo de misionero. 
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Tratándose de fútbol y, concretamente, del Sporting, Fernando Fueyo se mueve entre la herejía y la hortodoxia. Porque es capaz de jurar por Quini con la misma naturalidad con que hace apostolado de su monogamia rojiblanca: «Soy fiel al Evangelio, no se puede servir a dos señores». Fueyo se presenta como párroco de San Nicolás de El Coto y capellán del Sporting porque ambas cosas, el sacerdocio y el fútbol, han marcado su vida desde pequeño. Casi desde aquel 23 de abril de 1937, cuando nació mientras Gijón sufría un bombardeo. Con el balón por testigo

Gijón, Mario D. BRAÑA
Como la mayoría de los niños de la posguerra, Fernando Fueyo tenía el balón entre sus objetivos más preciados cada vez que se acercaba el 6 de enero, pero no el único. «Los Reyes Magos también me trajeron un altar en miniatura. Por lo visto, lo de cura lo tuve desde siempre. Lo mamé en casa, ya que tengo un hermano mayor que también es cura y una hermana monja». Recuerda los partidos que jugaba en el Colegio de La Salle y, a partir de 1949, en el Seminario.

«En los trece años que estuve en Comillas hacíamos torneos por cursos», añade Fueyo. «Jugaba de extremo con el "7", con la sotana arremangada. Teníamos un gran campo de tierra y, con el tiempo, uno de hierba guapísimo». Una anécdota relacionada con el fútbol demuestra hasta que punto lo tenía presente en sus oraciones: «Un verano fuimos de campamento a Barrios de Luna. En los partidos, como no había suficientes camisetas, un equipo jugaba sin nada. No se me ocurrió otra cosa que pintarme un «7» rojo en la espalda con Titanlux. No sé cuanto tiempo tardé en quitarlo».

En cualquier caso, la carrera futbolística de aquel extremo revoltoso que metía sus «golucos» tenía fecha de caducidad. No le quedó más remedio que reconducir su entusiasmo hacia la grada, siempre con el Sporting como santo y seña. Muchas veces en la distancia, como en su etapa en Comillas, cuando «estaba prohibido enterarse hasta de los resultados». De aquella época, en un Oviedo-Sporting casi veraniego, guarda una anécdota que refleja muy bien hasta donde puede llegar la rivalidad. «Era el primero o segundo partido de Liga y ganamos 1-2», detalla el sacerdote. «Habíamos venido un grupo de amigos en tren y, para volver, como bajamos por Toreno y éramos piadosos entramos a la iglesia de Las Esclavas a rezar al Santísimo. Después, al llegar a la estación de Renfe hubo un poco de barullo y hubo gente que se portó bastante mal con nosotros».

Durante once años, de 1970 a 1981, los designios del sacerdocio lo obligaron a desconectar de su pasión sportinguista. Fue durante su etapa misionera en Burundi, que coincidió en buena parte con la edad de oro del Sporting. Se perdió muchos triunfos, muchos goles de Quini, pero descubrió un mundo apasionante, en el que faltaba casi de todo. Pero no el fútbol: «Hicimos un campo a fesoriazos y lo llamamos El Molinín. Era increíble como lo vivía aquella gente. Organizábamos partidos entre parroquias, que empezaban a las cuatro de la tarde y a las diez de la mañana ya estaban calentando».

El entonces gerente del Sporting, José Manuel Fernández, atendió la llamada del padre Fueyo para que los entusiastas futbolistas de las misiones en Burundi dejasen de jugar descalzos, «a los diez minutos, todo el mundo se las había quitado. Era todo un espectáculo ver cómo sacaban de puerta de puntera, con los dedos desnudos», relata, aún asombrado Fernando Fueyo.

Gracias a Radio Exterior de España, Fueyo logró aliviar su exilio futbolístico africano y vibrar con aquel Sporting que plantaba cara a los grandes a finales de los setenta. Cuando volvió empezaba la cuesta abajo rojiblanca, pero como compensación en 1983 lo empezó a vivir muy de cerca, como ayudante del entonces capellán, el carmelita don Dionisio. Y, sobre todo, a partir de 2001, cuando alcanzó la titularidad como responsable del estado anímico de los futbolistas gijoneses. «Lo recuerdo como si fuese hoy. En el funeral de mi querido Pepe Ortiz, Dionisio dijo públicamente que me entregaba los trastos y pasé a ser capellán».

Desde entonces han cambiado muchas cosas en el fútbol y en la Iglesia. Ha pasado de las misas en las concentraciones en Mareo al padrenuestro en el vestuario antes de los partidos. «Yo no obligaba a nadie», aclara Fueyo, «incluso los rusos, que son ortodoxos, venían». Es más difícil cultivar almas en las gradas de un campo, aunque en El Molinón funciona el efecto disuasorio: «Como nos ponemos juntos tres o cuatro curas, la gente de alrededor nos conoce y se corta. Pero es verdad que hay un vocabulario...». Él, como mucho, reconoce haber llamado a algún árbitro «gochu negru», pero ya se ha corregido: «En vez de tacos suelto un bendito sea Dios».

Reconoce que necesitó mucha fe para aguantar la reciente mala racha del Sporting y que estando de capellán «te enteras de cosas muy feas del fútbol». Procura ser indulgente para seguir haciendo apostolado sportinguista y, sobre todo, del futbolista y una de las personas que más admira. «Yo juro por Quini», recalca Fueyo, que dice con guasa que ya se siente un capellán de Primera gracias, entre otras cosas, a aquel «medio milagro» de Castellón. No pudo cumplir su promesa de celebrar el ascenso con un chapuzón en la playa de San Lorenzo, por lo que al final cerró aquel gran día como lo hace tras cada victoria: «Tomando un cacharrín».

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