Gijón,
María José IGLESIAS
Si hay algo que detesta Lorenzo Caprile (Madrid, 1967) es la moda como objeto de consumo. El modisto madrileño, de padres italianos, con raíces en Cantabria y País Vasco -sus abuelos y su padre están enterrados en Laredo- relató ayer en el Centro de Interpretación del Cine del Casino de Asturias (CICA) su experiencia como figurinista para la película «La dama Boba», ambientada en el Siglo de Oro. Caprile, que lleva 15 años vistiendo a novias, entre ellas la Infanta Cristina de Borbón, asegura que haber realizado trajes de fiesta para la Princesa Letizia -entre ellos el vestido rojo de la boda de los príncipes de Dinamarca- ha sido un privilegio. Aprovecha la entrevista para destacar que Lola Díaz, de Gijón, es su mano derecha.
-El corpiño del traje de novia de Carla Royo-Vilanova marcó un antes y un después en los trajes de novia . Ha creado escuela.
-Llegué de Italia a finales de los ochenta y allí se utilizaban mucho los corpiños. Vivien Westwood o Lacroix también los utilizaban. El corpiño marca la cintura, no hace arrugas y crea una figura femenina preciosa. El traje de Carla de Bulgaria fue mi primer encargo, pero mi primer traje de novia fue el de Paloma Alonso-Martínez.
-Luego llegó el traje de la Infanta Cristina con los hombros descubiertos. Le copiaron hasta la saciedad... ¿Le molesta?
-En absoluto. Me encanta que me copien. Coco Chanel siempre decía que el día que no la copiasen es que ya no interesaba. No quiero que me pase eso. Aunque le confieso que estoy un poco cansado de hacer trajes de novia. Ya son quince años.
-Su forma de trabajar, cortando y cosiendo el vestido sobre el cuerpo, hace que las mujeres se sienten auténticas princesas.
-Ya no se celebran fiestas para lucir grandes trajes. El vestido de novia es la gran oportunidad de sentirse fantásticas. Por eso es tan complicado acertar. La novia lo quiere todo para ese día. A veces es mejor no complicarse tanto. Eso no ocurría en la época de nuestras madres, cuando el traje no era tan especial. La boda es un momento cinematográfico para la mujer actual.
-Le encanta la historia, el arte. Con «La Dama Boba» ha podido recrear el Siglo de Oro.
-Siempre he querido hacer vestuario para teatro y cine. En «La dama Boba» hice por primera vez ropa de hombre, fue un reto. El teatro es mucho más fácil de compaginar con mi trabajo en el taller.
-Ha colaborado con casas españolas con líneas pret a porter, pero no se ha sentido demasiado cómodo haciendo esas cosas.
-La experiencia ha sido estupenda tanto con Pronovias como con Rosa Clará, pero no es lo que me apetece.
-Odia la palabra diseñador.
-No la entiendo. Todo el mundo diseña algo. Yo soy un modista.
-Estudió en el Fashion Institute of Technology de Nueva York, se licenció en Lengua y Literatura en Florencia. Si tuviera que poner nacionalidad a la moda, ¿cuál elegiría?
-La capital de la moda mundial es Nueva York. París es el escaparate. Las tendencias se cuecen en Estados Unidos. «El Vogue» americano es la biblia de la moda.
-¿La alta costura ha dejado de tener sentido?
-Es demasiado costosa. Hay pocas mujeres en el mundo que puedan pagarla. Yo tengo una concepción artesanal de la costura, me gusta hacer ropa de alta calidad, pero no exactamente alta costura.
-Muchos opinan que la Princesa de Asturias nunca ha estado tan guapa como con sus trajes.
-Hacer trajes para doña Letizia ha sido un privilegio, una de esas cosas que siempre quieres hacer una vez en la vida, una gran ilusión.
-¿Alguna novia se le ha escapado?
-Siempre digo que me encantaría haber vestido a Inés Sastre. Me parece el ideal de belleza.
-¿Asturias también le parece bella?
-Tengo clientas asturianas. Asturias me encanta. No conocía Gijón. Me parece una ciudad preciosa. Además se come fenomenal. La gente es muy simpática. No se puede pedir más. Me siento muy identificado con el Norte. Yo no nací en Laredo de pura casualidad.
-¿Una mujer puede no ser elegante aunque lleve un Caprile?
-La elegancia entendida como vestir bien se aprende. Una mujer puede ir correctamente vestida, pero ese algo especial se tiene o no se tiene. No es cuestión de ropa. Yo a las listas oficiales de elegantes no les doy ningún valor.
-¿El mundo de la moda es tan frívolo como parece?
-No. Yo aconsejo a la gente ver la película «Gomorra». Describe a la perfección este sector, que es bastante duro.
-¿Considera normal esperar turno para pagar 3.000 euros por un bolso que en unos meses parecerá viejo?
-Una locura. No tiene sentido. Si al menos fuese un traje con meses de trabajo, realizado a mano, con tejidos maravillosos... pero ese bolso seguro que se hizo en Tailandia.
-Siempre nos queda Zara.
-Me fascinan esas grandes cadenas de moda. Lo hacen muy bien.
-¿Se ve firmando una línea de perfumes o joyas como otros colegas?
-Definitivamente, no
-Ha cumplido los 40 y ha conseguido hacer lo que le gusta. ¿Algún fleco pendiente?
-Es buen momento para cambiar de rumbo. Estoy pensando irme a Estados Unidos una temporada, tal vez Nueva York o Los Ángeles.
-A lo mejor Michelle Obama le encarga un traje. ¿Le parece justo que la comparen con Jackie Kennedy?
-Jackie Kennedy es un icono del siglo XX. A los iconos mejor dejarlos quietos. Me parece un poco exagerada la comparación.
-¿Dónde se compra la ropa?
-Soy muy mal comprador. Con vaqueros y unas cuentas camisas ya tengo suficiente.
-No es caprichoso...
-Con los libros sí. Me encantan. Leo mucha historia. Tengo empezada una biografía de Catalina de Aragón. Acabo de releer «Retorno a Brideshead».
-¿Se siente cómodo en el siglo XXI?
-Sí, aunque me da miedo el poder de internet. El otro día me encontré fotos de mi sobrina en Facebook. Eso me da un poco de repelús.
-Tener un Caprile en el armario es un orgullo. ¿Usted es consciente de eso?
-Lo dice usted. Yo me limito a hacer los trajes.