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La sutil dominación de los juguetes

n Los mensajes de la aplastante maquinaria publicitaria se filtran por las más indefensas rendijas

 
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PACO ABRIL En las películas de terror, nada resulta más espantoso que la transformación de los objetos cotidianos, sobre todo si están relacionados con la infancia, en criaturas malignas. Sólo imaginar una muñeca persiguiendo a una niña con la clara intención de hacerle daño nos produce escalofríos.

Hay otra manera más apacible, sin embargo, de acabar dominados por los objetos que no pasa por la brutalidad de la imposición: es la que se consigue a través de una perspicaz seducción.

Esta sutil dominación es la que ejercen una gran mayoría de los juguetes que se les ofrecen a los niños, aunque más que ofrecérselos se les incita, a través de refinadas argucias propagandísticas, a que sean ellos quienes los deseen y los soliciten. Los mensajes de la aplastante maquinaria publicitaria son como el agua, carecen de hueso, y se filtran por las más indefensas rendijas de nuestros cerebros.

Podemos comprobarlo observando con detenimiento los catálogos de juguetes que las grandes superficies comerciales depositan en nuestros buzones. Lo primero que destaca en esas páginas engatusadoras es la diferencia radical entre los juguetes para las niñas y los destinados a los niños.

El paisaje de papel para las niñas está señalado, marcado, fijado, pintado con destacado color rosa. En esta «inocente» elección comienza la dominación.

Resulta que en ese matiz, como ha demostrado Eva Heller en su libro «Psicología del color», ya hay una importante carga de profundidad ideológica, dado que se ha impuesto que lo rosa corresponde a lo femenino y, por tanto, «es secundario y carece de importancia». El «pequeño rojo», como se llamó al rosa, empezó a imponerse, como símbolo de lo femenino, a partir de 1920, antes, asómbrese, era un color masculino. Afirma Heller que «cuando el rosa se convirtió en un color femenino, se convirtió también en color de discriminación».

Los reclamos rosas de los catálogos incitan a las niñas a que amueblen su mente con las ideas que esos objetos abductores les quieren prefigurar.

Los juguetes serán sus benignos guías, sus amenos instructores, sus complacientes maestros, sus modelos a seguir, en suma, para adentrarse en un mundo femenino reducido a estereotipos machistas. Por eso les ofrecen, sobre todo, cajas registradoras, joyeros, lavadoras, máquinas de coser, cocinitas, y sofisticados kits de belleza, entre los que destacan la peluquería y el maquillaje, para que adquieran y completen su iniciación, y acepten como bueno un mutilado porvenir.

Ni un solo juguete aparece en estos catálogos para las niñas que quieren pensar, crear o ser arquitectas, fontaneras, abogadas, jueces, médicas o cualquier otra profesión de dominio predominantemente masculino. El único arquetipo de alta aspiración que se les propone es el de ser princesas. La profusión de juguetes y libros sobre estos personajes de la realeza es abrumadora.

La abducción de las niñas es rosa. Patines, patinetes, bicicletas, cascos y hasta una bola del mundo se ofrecen mediatizadas por este color.

En la cúspide del mundo rosa está la extensa tribu de las Barbies. No hay niña que no posea una por lo menos, aunque quizá habría que decir que es muy probable que sean las Barbies las que se han adueñado de las niñas, dada la «barbizacion» a la que se las ha sometido desde que aparecieron estas muñecas en 1959.

En cuanto a los juguetes de los niños, si bien se les oferta algo más de variedad, la creatividad que proponen es escasa o nula. Son juguetes reproductores del mundo adulto. La variedad se concentra en tratar de deslumbrarlos con vehículos de todo tipo. Manejar coches, tractores, máquinas excavadoras, motos, aviones y todo cuanto lleve motor es cosa masculina. También van en aumento juguetes relacionados con la lucha libre, esa salvajada a la que se pretende atraer cada vez más a los niños varones. Por otra parte, si apenas se ven juguetes de guerra (pistolas, fusiles, espadas), no es porque las campañas contra los juguetes bélicos acabaran con ellos. La agresividad y la violencia se concentran ahora, y en grado sumo, en los videojuegos. En ellos adquiere su mayor impacto. Es curioso lo que pasa con estos juegos. Quienes los diseñan y producen tienen el único objetivo de enganchar al jugador de manera permanente, esto es, convertirlo en un adicto. Para ello vale todo, cualquier artimaña está justificada. El fin de triunfar en el dios mercado avala cualquier medio.

Sus creadores no son personas relacionadas con la infancia o con la educación, son expertos en videojuegos y nada más, con sus conocimientos puestos al servicio de atraer para vender. Y cuando surgen tímidas voces que cuestionan sus contenidos violentos, simplistas y machistas dirigidos a los ciudadanos más vulnerables e influenciables, aparecen los expertos de turno para explicarnos por qué son positivos, «necesarios» y «pedagógicos». Leyendo sus justificaciones se diría que no hay múltiples maneras de realizar un videojuego, sino que sólo hay una, la suya.

La antropóloga y diputada mexicana Marcela Lagarde nos ha prevenido para que no nos dejemos engañar por «el velo de la igualdad», porque esa igualdad tan predicada sólo es teórica y aparente. Por eso denuncia: «Millones de niños en el mundo se educan en una oleada machista universal fortísima. En Corea, en México, en España juegan con los mismos videojuegos que les incita a ejercer violencia contra las mujeres».

El predominio de los juguetes dominadores es mucho más inquietante que un muñeco que cobrara vida de repente y pretendiera aniquilarnos. Pero apenas se oyen voces en su contra. ¿Estaremos ya dominados sin remedio?

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