ESTEBAN GRECIET
Vuelvo a tomarme la licencia de utilizar un título ajeno (en este caso, de una novela sobre la Guerra Civil original del inolvidable Ricardo Vázquez Prada, notable periodista y regular escritor) que viene al caso por lo que se leerá a continuación.
Un diario nacional asegura que ese ministro con cara de ninot que atiende por Bernat Soria está celoso porque las competencias sobre la investigación científica, su bandera de combate, clones y embriones incluidos, han sido atribuidas a la joven ministra Garmendia, mientras la eutanasia de sus entusiasmos está congelada en espera de mejores tiempos y, por si fuera poco, la acelerada marcha hacia el aborto libre se la ha apropiado la más atolondrada «miembra» del gabinete zapateril, es decir, la inefable Bibiana. Al pobre Soria, pues, le queda poco más que el consumo doméstico, y, por ello, muy mermadas ocasiones de salir en los telediarios.
Dudoso honor sería, sin embargo, el de capitanear empeños tan fúnebres como el aborto provocado, que algún día contemplarán nuestros descendientes -si aún quedara entonces una pizca de cordura en este mundo- con el mismo escándalo que hoy consideramos la esclavitud de tiempos no tan lejanos.
Un legítimo horror por las cien mil vidas humanas eliminadas en un año y el millón en veintitrés, según estimaciones oficiales, que en realidad pueden llegar al doble, sólo en España. Y sin contar los producidos en el mundo occidental que se dice civilizado. Un verdadero genocidio.
Porque estamos ante el inicuo exterminio en masa de los seres humanos más indefensos, que tenían derecho al pleno desarrollo de su futuro vital. Gran parte de la sociedad no reacciona ante estos hechos alarmantes que afectan a su propia continuidad. Es patente el desprecio a las vidas más incipientes e indefensas, con casos que nos llenan de perplejidad y desconcierto, como el del cadáver de un recién nacido que apareció enterrado con heridas en su cuerpo sin que hubiera ninguna consecuencia posterior.
Al día de hoy, con la ley en la mano, el aborto provocado no es un derecho, sino un delito que el indulgente legislador se propuso eximir de pena cuando hubiere perjuicio para la salud de la madre (un auténtico coladero), violación o supuesta malformación de la criatura, pretexto exterminador también utilizado por los nazis para las llamadas «vidas sin valor».
Con vistas a la ampliación de la ya laxa normativa sobre el aborto provocado y su práctica, aún más laxa todavía, y al margen del vigente Código Penal, el Gobierno, parece que persuadido de que con ello hará un obsequio a la libertad, ha creado una subcomisión con aplastante mayoría de abortistas confesos y, lo que es insólito, con la presencia de representantes de los abortorios, jueces y parte en el negocio.
Puesto que los políticos de los que cabía esperar mayor interés miran para otro lado, quienes pensamos de distinta manera hemos de apoyar las esperanzadoras iniciativas en marcha surgidas de la propia sociedad civil y no siempre confesional. Algo hay que hacer, se trata de salvar vidas humanas. No hay tiempo que perder.
PS.- En orden a lo apuntado más arriba, cito la incisiva campaña nacional promovida por la organización Hazte Oír (hazteoir.org), que está concitando adhesiones crecientes. En lo cultural, ha echado a andar un curso de formación para la defensa de la vida con contenidos colgados en la red (telecable.es/personales/secretariado_vida). Paralelamente, el Cediset de la diócesis de Oviedo ha diseñado un curso, con clases presenciales y parte online, del que es autor el profesor Pedro Bengoechea.