Vodevil noir

n Guy Ritchie se reconcilia en «Rocknrolla» con la marca de la casa de sus primeras películas

 
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Mark Strong y Gerard Butler, en una escena de «Rocknrolla». 

En una escena de «Recuerdos» (1980), el director de cine Sandy Bates (Woody Allen) se enfrenta a una turba de fans fellinianos que le reciben a las puertas de un festival. Además de los autógrafos, los flashes y los abrazos, la multitud «freak» repite: «Sandy, nos encantan tus películas. Especialmente las primeras, las graciosas». Como le ocurre a Woody Allen (recuerden que evolucionó del «slapstick» de «Toma el dinero y corre» al Bergman de «Interiores»), a Guy Ritchie el público le pide que regrese a sus largometrajes de debut, «Lock & stock» y «Snatch». Tras la horrible «Barridos por la marea» y pendiente de estreno en España «Revolver», el ex marido de Madonna se reconcilia con su marca de la casa en «Rocknrolla».

Arranca el filme, escrito por el propio Ritchie, y uno ya sabe que se encuentra en el cosmos del realizador británico: los personajes se presentan en un mosaico «punk» de apuntes biográficos que sirven, a la vez, para apuntalarlos y para ofrecernos pequeños «sketches» del habitual vodevil noir al que nos tiene acostumbrados el cineasta. Ensamblada su obra sobre caracteres periféricos, desde el gitano Mickey O'Neil (Brad Pitt) al magnate Uri (Karel Roden), en «Rocknrolla» Ritchie sigue apostando por ese emponzoñamiento del cine negro (la clase alta, la especulación urbanística, la «femme fatale») con la roña de los barrios bajos (mención especial a los yonquis circenses). En dicha mezcla -casi se trata de enmarronar un Cardhu con Meca-Cola- halla Richie su fuerza; ahí consigue arremolinar los clásicos norteamericanos (Chandler, Hammet) con el neo-negro inglés (de «Asesino implacable» a «Mona Lisa»). Esta capacidad de manipular tradiciones y mover dameros corruptos, gran Tom Wilkinson mediante, conserva el interés de «Rocknrolla» durante sus dos horas de metraje.

Diez años después de su debut, únicamente notan desgaste algunos dejes del cine de Ritchie. Unos poco evidentes, su afición a esbozar personajes y abandonarlos (ejemplo, los productores musicales de «Rocknrolla»); otros más sobresalientes, su reiteración de estilo (se insiste en la voz en off, los flashbacks, la BSO, los planos superimpuestos). Terminada «Rocknrolla», uno tiene la impresión de que sólo Guy Ritchie podría estancar la filmografía de Guy Ritchie. Arriesgar en nuevas formas como hizo Woody Allen (aún siendo éstas muy fallidas, sufran «Barridos por la marea»), parece el solitario camino para asentar una obra memorable. En cambio, optar por convertirla en una repetición de sí misma conlleva dos maldiciones: el aplauso efímero y el olvido perenne.

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