CARMEN
RUIZ-TILVE
En Oviedo, como en cualquier lugar del mundo, los niños jugaron siempre, repitiendo modos y modas, unas veces, las más, con juguetes populares e incluso fabricados por ellos mismos, con la calle y los prados como escenario. De esos primeros juegos solían salir las amistades, las afinidades y las alianzas para toda la vida. Los juguetes populares -barro, cartón, madera- son tan viejos como el mundo y sorprende ver cómo se parecen a los que se exponen en los museos arqueológicos, compañeros de los niños antiguos en su último y prematuro viaje.
El centro de venta de juguetes populares en Oviedo fue, naturalmente, el Fontán, donde compraban los que acudían al mercado para llevar a sus niños, como parte importante del ajuar infantil, y donde los padres y madres ovetenses, en la noche mágica de Reyes, acudían a última hora para completar el cargamento de Sus Majestades con algún carrín de tiro o una pepona de ojos quietos, alumbrados por la luz incierta del candil de carburo. Como el Fontán era centro de un barrio comercial pujante, alrededor había también otras tiendas en las que se vendían los que se llamaban «juguetes ordinarios». En el mismo Fontán, con entradas por Fierro y Magdalena, estuvo el bazar de don Saturnino Calvo Batuecas, tienda en la que se exponían hace cincuenta años muchos objetos del deseo infantil que hoy serían museables. En Santa Susana 10 estaba otro establecimiento «todo terreno» que ningún niño de entonces habrá olvidado, La Boalesa, que tanto valía para comprar castañas mayucas como para hacerse con un juguete resultón o una careta en Carnaval.
En contraste, había otros bazares que exponían a la mirada arrebolada de los niños juguetes lujosos basados en principios estéticos bien distintos de los anteriores, todavía con la leyenda de Casa Masaveu como término de comparación, porque en Oviedo todo lo bonito y elegante tenía que compararse, con desventaja, con lo que habían vendido en Casa Masaveu, en Cimadevilla, donde había, entre otras maravillas para niños ricos, muñecos de biscuit con lazos de organdí. El bazar Masaveu cerró en 1925, cuando ya se había confirmado la desbandada general hacia el Oviedo nuevo que tenía la calle de Uría como espina dorsal, hecha de vidrio curvado y latón refulgente, y allí aparecieron otros bazares, menores, pero bien capaces de animar los paseos de las tardes de domingo y de emocionar a los niños desde sus luces de neón. En Uría estuvo Navarro, con muchos juguetes, y en la zona del ensanche, el Bazar San Mateo, donde, entre otras muchas cosas, había juguetes. También en el ensanche, en Melquíades Álvarez, abría sus escaparates Miriam, con Mariquita Pérez y su hermano Juanín, muñecos por excelencia de las niñas ovetenses de posguerra, donde, además de la muñeca y su interminable vestuario, había «sanatorio» donde se arreglaban las pelucas y los dedos, que, de cartón piedra, eran delicados. A Mariquita le salió una competidora, Gisela, que se vendía en Radio Norte, en Uría, e incluso otra tercera en discordia, Cayetana. Cerca andaban el Bazar Elías y el Bazar Oviedo y tiempo hubo en el que todo Oviedo se llenó de jugueterías o de tiendas que en las fechas de Navidad facilitaban la tarea a los Reyes, en oferta que incluso llegó hasta La Más Barata, sin olvidar, en Fruela, La Panoya, bazar a la antigua en el que también había juguetes, y La Nueva del Pasaje, con especialidad en figuras de nacimiento pero que también cedía espacio para exponer algunos ingenuos juguetes.
También hubo en Oviedo alguna fábrica de juguetes, como es el caso de Lujnaf, que juega con el apellido Fanjul, que estuvo en la Colonia Astur, calle B, luego Montes del Sueve, fabricando juguetes de madera, que creció desde 1941 a base de fabricar juguetes de la moda de posguerra, hechos de pino gallego y pintados con esmalte a pistola, muchos de ellos con bocetos de Alfonso Iglesias. Camiones, trenes, carros de bueyes con los bueyes perfilados también en madera, patinetes, aviones, cocinas y hasta dormitorios completos, en los tiempos en los que jugar era en gran parte imitar la vida cotidiana. Los juguetes de Lunjaf se vendían, entre otros sitios, en La Boalesa y el Bazar San Mateo, desde donde saltaron a los exigentes comercios barceloneses, que apreciaban tan buena obra artesana. En 1967 un incendio acabó con tan buena empresa y con los juguetes de su marca, que tan felices hicieron a los niños ovetenses que fuimos.
Poco a poco, de la misma forma que fueron cerrando los establecimientos clásicos de Oviedo, sin distinción, fueron cayendo las jugueterías, por una serie de razones, algunas muy evidentes, que no tienen su espacio de análisis aquí: las jugueterías fueron cerrando o cambiando su orientación. Cambiaron los gustos, cambiaron los criterios, cambiaron las prioridades y la carta a los Reyes Magos, y conste que los juguetes son para todo el año, porque todo el año se vive y se crece, en amor y sabiduría, se llenó de «comecocos» y otros aparatos que merman la socialización, el desarrollo corporal y la relación con el mundo real.
Ahora, salvo excepciones que se cuentan con los dedos de una mano, las jugueterías, en Oviedo, son cosa rara, y casi no cabe el placer de acercar las narices a un escaparate de aquéllos.