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Un rodeo

A tiro hecho

n Las andanzas cinegéticas de un ministro han puesto de moda hablar del tema de la caza

 
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EUGENIO SUÁREZ Hablar de caza, sea mayor, menor o a la mano, es un entretenimiento literario, describe una actividad deportiva que disfruta de muchos seguidores y, por fortuna, se mantiene en el filo del entusiasmo y la reprobación. Como se da con frecuencia, los detractores de la caza en España suelen desconocer los pormenores, las reglas y su carácter ritual, que debería inspirar más respeto o, al menos, condescendencia. Nuestra especialidad es discurrir acerca de lo que no conocemos y hacerlo con el mayor énfasis posible.

Se ha convertido en un tema de moda por la irresistible tendencia a distraer la realidad y a perdernos por los Cerros de Úbeda. No es otra cosa que aplicar la técnica de los ladrones carteristas: aproximarse a la víctima, ejercer presión sobre una parte de su cuerpo para polarizar la atención instintiva y birlar la bolsa con destreza. Dentro de la reprobación que merece tal acción cabe la admiración y el aplauso por la faena bien hecha, aunque nunca, en unas aglomeraciones, los espectadores han ovacionado al ratero gritándole: «Torero, torero», esa semicretina exclamación totalmente extemporánea aplicada fuera de los ruedos. Es como sacar a hombros a un cirujano después de un exitoso transplante de bazo.

Creo que se ha envilecido la cuestión de las cacerías de un preboste. Cualquiera puede entregarse a esta afición y lo único discutible -si se trata de personajes públicos- es que tenga cabida en sus posibilidades temporales y financieras tal entretenimiento. Veríamos con sospecha que un miembro -o «miembra»- del Gabinete pasara a la alta política desde el mostrador de una caja de ahorros y nos deslumbrase a bordo de un yate de 30 metros, con amarre en Montecarlo, asegurando que es de su propiedad y que el ejercicio de la motonáutica viene confinado a la vida privada, al abrigo de la curiosidad ajena. Alguien preguntaría el origen de aquella ostensible riqueza.

La caza es relativamente más modesta y el tema estrella de estos días se banaliza descubriendo que el cazador no poseía licencia específica para disparar en determinadas zonas. Lo escandaloso y mostrenco es que existan diecisiete, o las que sean, autoridades distintas como suministradoras de permisos, que son apropiación de funciones con fines recaudatorios bastante vergonzosas. Lo noticiable e incluso criticable no es que alguien del Gobierno emplee los fines de semana en consumir cartuchería al acecho o campo través, acompañado de colegas o conmilitones, sino las disponibilidades pecuniarias pera ejercitar ciertos actos que están sólo a la posibilidad de unas minorías.

Se pervierte también la realidad, confundiéndola, al decir que ese ejercicio se practica todo el año, pues los más ignorantes conocen que la caza está regulada por el ciclo de las especies y se mantiene una estricta vigilancia sobre las vedas y autorizaciones que se vigilan estrictamente. El furtivo no es sino la excrecencia indeseable, como lo son el zorro o el lobo fuera de sus estrechos límites ecológicos.

A un ministro sólo se le puede destituir por motivos ligados a su función, impericia manifiesta, corrupción o desidia. El actual ha encabezado una estampida de jueces inédita y no parece haberle conmovido, ni a sus coleguis del banco azul. Por actos de ostentación social inadecuada puede sugerirse la dimisión, que si es pedida desde la franja opositora no hará -como queda visto- sino reforzar la posición del criticado. Por lo que llevamos experimentado desde hace bastantes años, no hay permanencia en el poder sectorial más consistente que la que proviene del deseo opositor y parece teorema de común aplicación. Lo demás es cominería inútil, cortina de humo -voluntariosa o no- para enmascarar otro tipo de problemas. Falta, y no es tarde, que se presenten facturas proforma de los taxidermistas, aunque la proliferación de esas preferencias nos llevaría a que los políticos cazadores necesiten viviendas muy espaciosas donde clavar sus trofeos: ocupan más de lo que uno se imagina y conciertan poco con pisos modernos, funcionales y de aceptables dimensiones.

Ni en sus más plácidos sueños absolutistas habría imaginado Fernando VII que le pondrían tan «a huevo» las carambolas sus contertulios en la recámara real. Parece que la oposición se desvela en ofrecer argumentos válidos rechazables con desdén. Para los españolitos de a pie, el espectáculo -si fuera posible contemplarlo sin apasionamiento- es aburrido y deplorable. La esencia de la democracia -si es que tiene alguna-, consiste en la rotación del poder, porque las gentes y lo que representan se desgastan y envilecen fatalmente con el uso y la renovación siempre trae algo fresco o, al menos, novedoso. Causa estupor que se emplee como argumento que unos partidos ganen sistemáticamente las elecciones y otros las pierdan, como es deducible. Eso no es democracia, sino dictadura, partido único y clase dominante. Cuando unos echan en cara a los de enfrente que no ganan unos comicios desde hace veinte o treinta años, están glorificando los fenecidos nazismo y fascismo: todo para el pueblo y nosotros y los de siempre soldados a la poltrona.

Los norteamericanos -a quienes se pueden criticar muchas cosas- llevan este tejemaneje desde el siglo XVIII y, entre manos a veces incompetentes, siguen a la cabeza del mundo. Ser republicano o demócrata es una mera enunciación transitoria para votar, no una manera de entender la vida. Aún con Jefferson había esclavitud y los negros, hasta hace muy poco, no podían pisar lugares reservados. Hoy, un negro -algo desteñido, la verdad- ocupa la Casa Blanca, lo que era totalmente inimaginable. Aquí sólo nos falta comentar que una mujer haya tenido un niño socialista o conservador que pesó tres kilos y medio al nacer.

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