ALEJANDRO M. GALLO
La joven editorial Salto de Página, con apenas un año de vida, ha logrado dos premios importantes, el «Dashiel Hammett» y el «Silverio Cañada», con sus escritores Carlos Salem y Leonardo Oyola. Y no creemos que se hayan detenido ahí. Tal vez su secreto se halla en apostar por la calidad, aunque sus escritores no naveguen en los círculos del renombre literario.
A timba abierta es su última publicación. En la que su autor, Óscar Urra (Madrid, 1970), con una prosa libre de oropeles morosos, a lo que se une la elegancia y un humor sutil, ha debutado de una forma potente en la literatura negra.
Urra crea a su antihéroe, Julio Cabria, un detective privado aspirante a suicida que patea los tugurios nocturnos de Madrid en busca de una buena timba, cuando se cansa de apostar contra sí mismo. Ya que le gusta el azar, pero con orden, de ahí que se le antoja la timba como el azar organizado. A su lado le colocará al policía de la vieja escuela, Meléndez, que se desliza de bar en bar como los orangutanes bailan en las lianas. Ambos pululan personajes por un Madrid que patrullan por igual policías y delincuentes, todos ellos conocidos entre sí.
La misión: encontrar a una tal Pandora, que nadie sabe quién es, pero todos aseguran que la han secuestrado. Aparentemente, el argumento no se aleja mucho de lo ya conocido y manido. No se equivoquen, aún queda mucho por cortar. El autor nos introduce una voz en off que cada ciertos capítulos nos envía un mensaje. En el que identifica la aldea gala, de Asterix y Obelix, resistente a la ocupación romana con la lucha del hombre común contra un sistema socioeconómico manejado por manos e hilos invisibles fuera de nuestro control, lo dijese o no Adam Smit. Hasta la pócima mágica del Druida tiene su equivalente hoy en día en una especie de combate por las ideas.
Otro dato a tener en cuenta es esa posición de los nuevos valores del género en provocar una ruptura con los «detectives gastronómicos» de los que se ha copiado hasta el hastío. Si para Simenon la gastronomía no dejaba de ser una forma de ir mostrado las variables culturales de Francia; si para Truman Capote era el arma a través de la cual nos muestra las diferencias de clase en una América de tarta de manzana recién horneada y crema de cacahuete, frente a la otra América, la de la fritanga; si Vázquez Montalbán la usó para mostrarnos el sibaritismo de su detective; si... A partir de los ya citados, muchos creyeron que ahí radicaba el secreto del éxito. Y nos apabullaron hasta el hartazgo copiando y copiando. Hay novelas en las que se adivina, nada más comenzar, que el escritor nos va a soltar una receta de cocina de un momento a otro. Bien, contra esto se rebelan los nuevos creadores, entre los que podemos incluir a Óscar Urra (Pág. 68). Estaremos atentos a sus nuevas novelas.