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La vida sin correcciones

Lobo Antunes se enfrenta a la culpabilidad de no escribir

 
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POR LUIS M. ALONSO En alguna ocasión leí algo suyo donde el autor se refería al esfuerzo de escribir. No hay mayor recompensa para un lector que un escritor esforzado. Aunque no siempre, claro, porque a veces el esfuerzo se traduce en una siembra improductiva de palabras. No es el caso del psiquiatra Antonio Lobo Antunes (1942), un hombre que ha repetido en más de una ocasión que escribir es el único sentido de su vida y que, ahora, inesperadamente ha confesado que no volverá a publicar cuando pasen dos años y haya concluido su novela definitiva. La obra está completa. «No tiene sentido continuar».

Los editores, a los que acaba de entregar su última novela Que cavalos são aqueles que fazen sombra no mar, están preocupados. Le han preguntado cuáles son los motivos de publicar una novela de la que se siente satisfecho y anunciar, al mismo tiempo, que sólo escribirá una más. Y él les ha respondido poniendo como ejemplo el caso de Ronnie Peterson, el piloto sueco de Fórmula 1, que en una ocasión le dijo al jefe de Ferrari que tenía poca visión de los negocios ya que le había comprado un billete de ida y vuelta. Lo siguiente que hay que contar es que en aquellos años, la velocidad se cobraba muchas vidas en la primera prueba automovilística.

Lobo Antunes necesita de esta letra minúscula con la que anota en los borradores y las libretas para explicar el lío inextricable en que se ha convertido su vida. Por un lado, ha trascendido que su existencia es penosa el tiempo en que está sin escribir mientras el resto de los humanos trabajan. Por otro, mantiene la teoría de que por escribir se ha quedado enganchado en un engranaje que le resulta insoportable, pero que la vida no tiene sentido para él sin la esforzada escritura. «No fue por publicar, sino por escribir por lo que me quedé atrapado», ha dicho en una entrevista concedida a João Céu e Silva, del «Diário de Noticias» de Lisboa. Sin escritura no hay vida y sin vida lo que queda es la culpabilidad de vivir en pecado. Lobo Antunes dice que ahora vuelve a ser cómo en la infancia cuando escribía, corregía y destruía. Así estuvo años. Luego vino la guerra colonial. Después, la separación de su primera mujer, el juego y las mujeres. Y, más tarde, la pasión intensa de la literatura y el cultivo cuidadoso de la amistad. «Escribir es una droga dura. El problema es cuando no escribes, cuando no trabajas todo lo que quisieras. Yo me pongo plazos, por ejemplo: en tal fecha tengo que acabar con la primera versión para empezar a corregir, en esa otra, la segunda versión, etcétera. Y si no estoy satisfecho del resultado sé que tengo que trabajar más. Y ésa creo que es mi obligación como escritor, ésa es la tarea del artista», dijo en una de las entrevistas que le hizo María Luisa Blanco entre 2000 y 2001 para el libro Conversaciones con Antonio Lobo Antunes, uno de los retratos más ricos que existen del mejor escritor vivo en lengua portuguesa, tan poco dado a exteriorizaciones. Todo escritor abriga el deseo de ser leído y amado, pero el autor de Exhortación a los cocodrilos comparte con otro de los grandes, Nabokov, quizás el más grande, la idea de responder a las preguntas que sólo uno se hace. «Nabokov decía: cuando pienso soy un genio, cuando escribo tengo mucho talento y cuando hablo soy un tonto». Entendido.

El caso es que Lobo Antunes ha recalcado que su voz dejará de oírse dentro de dos años. El silencio, sin embargo, le es familiar: entró a formar parte sigilosamente de su vida desde el día en que su primera mujer, María José, se apagó, en la misma casa donde vivieron al regreso de la guerra y a la que él volvió para estar junto a ella en los momentos finales.

Antonio conoció a Zé en la playa. Tenía diecisiete años y era muy bonita; una mujer comprometida, «adelantada para la época», según el escritor, que en 1970, cuando se casaron, era suboficial del Ejército y, apenas cuatro meses después, ponía rumbo a Angola para combatir en una de las últimas guerras coloniales de nuestro tiempo. El suboficial Lobo Antunes recuerda haber llorado toda la noche del fin de año, seis días antes de la partida.

África era un silencio oscuro pero interrumpido por el ruido de la metralla. Los soldados, como cuenta el propio escritor, llegaban siendo unos chicos y enseguida se convertían en unos hombres. «Después de unos meses te volvías un poco loco; al final hubo que quitarles las armas porque si no se mataban entre ellos», escribió.

La muerte y el arrepentimiento han estado presentes en su obra literaria y en su vida. Una y otra. De hecho, siempre dijo que vivir es lo mismo que escribir sin corregir. Jamás encontró explicaciones a su separación con la primera mujer, la única para él, que no fuesen las propias de una incoherencia autodestructiva. Del atolondramiento general que llevó a Portugal a ser el país con más divorcios, a raíz de la Revolución de los Claveles.

Al final, volvió con Zé, cuando su esposa se moría, para recuperar la vida que habían perdido juntos. Ella pesaba 30 kilos cuando suspiró por última vez. Y él se quedo observándola. Su mirada sólo se desvió para fijarse en los objetos de la habitación que le hacían recordarla.

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