Palabra de Bernard L. Madoff
Oviedo, José Luis SALINAS
«Sabía que lo que hacía estaba mal, incluso penalmente. Cuando empecé con el fraude tenía la esperanza de acabar pronto con él. Sin embargo, resultó muy difícil y en los últimos años me fue imposible». Así comenzaba el financiero estadounidense Bernard L. Madoff, acusado de urdir durante años una estafa de 50.000 millones de dólares (unos 37.470 millones de euros), su declaración ante el juez Danny Chen. Madoff se declaró, durante su intervención en el Juzgado neoyorquino, culpable de los once de los cargos de los que se le acusa, entre ellos fraude con acciones, asesoría de inversión y en transferencias bancarias, fraude postal, declaraciones falsas y perjurar. «Mientras pasaban los años me di cuenta de que mi arresto y mi juicio serían inevitables. Hoy estoy aquí para aceptar la responsabilidad de mis delitos», señaló. Entre su cartera de clientes figuran instituciones caritativas, personalidades adineradas, universidades y bancos.
«Señor Madoff díganos lo que ha hecho», le pidió el juez Danny Chen en cuanto el neoyorquino se sentó en el banquillo de acusados de una de las salas del Juzgado. Su explicación comenzó así: «Mi fraude empezó a principios de la década de los 90. Por esas fechas el país estaba en recesión y tenían un problema de seguridad en sus mercados de inversiones. Sin embargo comencé a recibir clientes que esperaban sacar rentabilidad invirtiendo su dinero». En su declaración, el americano explicó detalladamente cómo había diseñado su estafa y aseguró sentirse «profundamente arrepentido y avergonzado». «Soy terriblemente consciente de que he herido a mucha gente, incluidos a los miembros de mi familia, mis amigos más cercanos, mis socios de negocio y a miles de clientes que me dieron su dinero», declaró el inversor americano, de 70 años.
El mecanismo de la estafa era sencillo. Madoff, según explicó, prometía a sus clientes cuidar de sus ahorros invirtiéndolos en un falsa bolsa de acciones del índice Standar & Poor's, en el que están incluidas las cien empresas comerciales más grandes en función de su capitalización. En cambio, el dinero que le confiaban sus clientes iba directamente dirigido a una cuenta que el financiero tenía en el banco Chase de Manhattan, ubicado frente a la sede de la Reserva Federal. Allí amasó su fortuna y cuando alguno de sus clientes le pedía retirar su dinero, echaba mano de esta cuenta para devolvérselo. «Mis clientes recibían de forma periódica documentos sobre el estado de sus inversiones que se emitían desde mi oficina de Manhattan. Con esos papeles en la mano no tenían forma de saber que nunca había realizado las transferencias. Yo era el único que sabía que estos papeles eran falsos», apuntó ante el juez.
Para ocultar su fraude, Madoff falsificó nombres de clientes y empleados y compró valores en mercados fuera de Estados Unidos. Gracias a estas maniobras consiguió sortear durante años los controles de la Comisión del Mercado de Valores americana, cuyas siglas en inglés son SEC. Pero un día, a mediados de los 90, la autoridad reguladora se presentó en la oficina del inversor; querían revisar toda sus documentación. La visita no pilló a Madoff de sorpresa, lo tenía todo preparado. «Falsifique certificados e informe de auditorías financieras. Cuando la SEC me mandó testificar, a sabiendas de que estaba bajo juramento e incurría en falso testimonio, expuse operaciones comerciales y declaraciones de cuentas de clientes falsas», confesó el inversor.
El neoyorquino aseguró haber sido el único responsable del fraude. Aseguró que el resto de los negocios englobados bajo la firma Bernard L. Madoff, que estaban dirigidos por su hermano y sus dos hijos, «eran legítimos, rentables y exitosos en todos los sentidos».
Durante los últimos años el inversor uso también otra vía para ocultar su fraude ante las autoridades. Explicó: «Transfería parte del dinero de banco Chase de Manhattan a una cuenta de una de las filiales de mi negocio legítimo en Londres. Así logré apoyar en mi declaración que había comprado y vendido acciones para mis clientes en los mercados europeos». Y garantizó que «los salarios de los trabajadores de mi negocio nunca fueron financiados mediante las operaciones del lado ilegítimo de la firma».
En cuanto Madoff terminó de explicar cómo montó su estafa y de qué forma eludió todos los controles de las autoridades, Danny Chen ordenó el ingreso inmediato en prisión para el inversor, donde permanece desde el jueves. Todos los cargos que se le imputan implican una condena de un máximo de 150 años de cárcel. El juez dará a conocer el próximo 16 de junio la sentencia.
«Sabía que lo que hacía estaba mal; sin embargo, me resultó muy difícil pararlo, y en los últimos años, imposible»
«Soy terriblemente consciente de que he herido a mucha gente, incluida a mi familia, amigos, socios y miles de personas»
«Mis clientes recibían información sobre sus inversiones, pero con esos papeles no podían saber que nunca hacía las operaciones»
«Ante la autoridad de control falsifiqué auditorías y cuentas de clientes, pese a saber que estaba bajo juramento»