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Galácticas de la gimnasia

«Éramos como el Real Madrid», dice Verónica Castro sobre Atlanta-96
La gijonesa fue olímpica dos años después de sufrir una grave lesión

 
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Verónica Castro, durante el ejercicio de suelo en Atlanta-96. reproducción de jorge peteiro
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En 1996, Verónica Castro se convirtió en la deportista asturiana más joven en participar en unos Juegos Olímpicos. Compitió en Atlanta con 17 años y 25 días, la más pequeña de un equipo de gimnasia que hizo historia al conseguir diploma, gracias a su séptimo puesto. Lo hizo, además, en Estados Unidos, un país que vibra con la gimnasia. «En Atlanta éramos como el Real Madrid», explica recordando el calor de la gente. En la foto, Castro, en la actualidad, en el centro de talasoterapia de Gijón, donde trabaja como monitora.

Gijón, Mario D. BRAÑA

En dos años, Verónica Castro pasó de plantearse una prematura retirada de la gimnasia a competir ante 60.000 personas, en Atlanta. Entre la ciencia, que le ayudó a recomponer la rodilla, y su entusiasmo infantil, la gijonesa fue capaz de codearse, a sus 17 años recién cumplidos, con figuras del deporte. Así se sintió ella durante aquellos días, como una estrella de la galaxia deportiva, admirada por todo el mundo.

A mediados de 1993, Verónica Castro sufrió una de las lesiones más temidas por los deportistas, la famosa tríada de rodilla (rotura del ligamento cruzado, del lateral y del menisco). «Entré en el quirófano mentalizada de que ahí se acababa mi carrera deportiva», explica la gijonesa, que tuvo la suerte de caer en las mejores manos. La operación, en la clínica Ruber, salió bien y José Luis Rubio, durante muchos años ATS del Sporting, dejó como nueva la rodilla de la gimnasta tras nueve meses de rehabilitación.

La atención del seleccionador, Jesús Carballo, que viajó a Gijón expresamente para hablar con ella, acabó de convencer a Castro de que merecía la pena intentarlo. En febrero de 1994 ya estaba compitiendo y un mes después se incorporaba a la concentración de la selección absoluta en Madrid. Quedaban más de dos años para los Juegos de Atlanta, no había tiempo que perder. «Llevé mal lo de marcharme de Gijón, pero el cambio de aires me dio confianza», explica.

Al principio, el mayor problema fue superar el «pánico» a que se volviese a romper la rodilla, «sobre todo cuando hacía el elemento en el que me había lesionado, una diagonal en suelo». Verónica Castro se consolidó en la selección y ayudó a la clasificación para los Juegos Olímpicos, con un séptimo puesto en el Mundial de Japón. Un gran éxito de la gimnasia femenina, sobre todo porque la fragmentación del bloque soviético había multiplicado los rivales en la élite.

A mediados de los 90, el deporte español seguía beneficiándose de la inercia de Barcelona-92. Por eso Verónica Castro y sus compañeras pudieron prepararse a conciencia para la cita de Atlanta. En plena adolescencia y con 43 kilos de peso, la gijonesa soportó sesiones diarias de ocho horas de entrenamiento. Pudieron permitirse hasta el lujo de viajar a Estados Unidos un mes antes, para pasar los primeros quince días en Houston, en el gimnasio de Bela Karoly, el prestigioso entrenador húngaro: «Nos entrenamos en su gimnasio y nos sirvió para ir ajustando los biorritmos».

Otros quince días en la villa olímpica completaron la cuenta atrás de las gimnastas españolas, ansiosas por entrar en competición. En aquel momento, a Verónica Castro le parecía normal, pero reconoce que «el último año, sobre todo, fue psíquicamente muy duro. Sabías que te ibas a jugar el trabajo de muchos años en un ejercicio que podía durar treinta segundos».

En ese sentido resalta la importancia del psicólogo que puso a su disposición la federación, Amador Cernuda. «Creí que era inútil, pero a la hora de la verdad me ayudó mucho lo que trabajé con él. Cuando me vi en el pabellón, con 60.000 personas gritando, conseguí concentrarme sólo en mi ejercicio». Además, el papel de Verónica Castro en la selección, pese a su inexperiencia, iba a cobrar un peso inesperado a pocos días de la competición por la lesión de una compañera: «Tuve que hacer todos los aparatos».

Jesús Carballo decidió, además, que la pequeña Verónica abriese la competición. Otro hándicap en un deporte como la gimnasia, que depende de un jurado que suele ir de menos a más. Aún así, Verónica Castro se portó y puso los cimientos del séptimo puesto, lo máximo a lo que podía aspirar España en aquel momento: «No podía pedir más». La guinda fue el abrazo interminable con su mejor amiga en el equipo, Elisabeth Valle: «Nos pillaron las cámaras de televisión y ahora, cada vez que lo veo repetido, se me caen unos lagrimones tremendos».

Ese momento y la ceremonia inaugural son los mejores recuerdos de su primera y única experiencia olímpica. Sobre todo, el de la entrada al estadio, con la multitud aplaudiendo y sintiéndose parte de un equipo en el que estaban deportistas que ella tenía como ídolos: Fermín Cacho, López Zubero, Arancha Sánchez Vicario, Conchita Martínez y Sergi Bruguera. O contemplando la llegada de Michael Jordan con la antorcha, para cederla a Cassius Clay, encargado de encender el pebetero.

Ella misma se sintió como una estrella porque «en Estados Unidos la gimnasia mueve masas. La gente pagaba un dineral por ver hasta los entrenamientos. Éramos como el Real Madrid. En el pabellón se veían a actores y gente famosa». En Atlanta, Verónica Castro se dio cuenta de la suerte de sus colegas estadounidenses: «Los gimnastas allí son héroes. Una vez que participan en unos Juegos Olímpicos tienen la vida resuelta». Ella, sin embargo, de vuelta a España aterrizó «en el mundo real», con unas perspectivas de futuro difíciles. Por eso retomó los estudios y se acostumbró a vivir lejos de los focos.

Verónica Castro Gómez

Nació el 26 de junio de 1979 en Gijón. Empezó a practicar gimnasia con cuatro años en el Grupo Covadonga. Se inició en la competición con once años. En 1992 se proclamó campeona de España infantil y fue convocada para la selección. En 1994 quedó subcampeona nacional en categoría junior e ingresó en la Residencia Blume en 1994. Formó parte del equipo español que logró el séptimo puesto en los Mundiales de Japón-95. Diploma olímpico (séptimo puesto) por equipos en Atlanta-96.

En la actualidad trabaja como monitora de aerobic y fitness en el centro de talasoterapia de Gijón.

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