JOSÉ A. SAMANIEGO
El Ochote Villa de Gijón y el Museo Evaristo Valle se juntan para celebrar, mañana domingo, el Día Mundial del Museo. A la una de la tarde, el Ochote recibirá a los visitantes en el jardín, con canciones asturianas relacionadas con la estación que vivimos, esta gloriosa primavera. Los asistentes podrán ver por sí mismos y en su derredor las flores, los ramos y arbolinos del jardín del Museo, o sea, interpretar en clave asturiana un jardín inglés. Ya en el interior del pabellón donde vivió Evaristo Valle, un diaporama con imágenes del gran pintor acompañará las canciones.
La idea de mezclar las artes, de combinar música y pintura, es muy antigua, tanto como la estrecha relación entre el ojo que ve y el oído que escucha. Ambos sentidos se refuerzan y complementan, empujando a las personas hacia una vivencia más intensa y plena.
Evaristo Valle vivió en su juventud la época del llamado regionalismo de los años 20 del pasado siglo. Pintaba a la burguesía, con mucha ironía, es cierto. Pero sobre todo pintaba a la gente del pueblo. No es muy antigua la tendencia a recoger y valorar la llamada cultura popular. Nace en la Ilustración, con la idea de la democracia y continúa a lo largo del romanticismo del siglo XIX.
Las canciones populares asturianas escritas o recuperadas por Martínez Torner, Sergio Domingo, Antolín de la Fuente, etc. responden al mismo sentir. Y hablo de un sentir que está muy vivo entre nosotros, pues en cada lugar de España se recuperan hoy en día como señas de identidad y fuente de riqueza, la Historia y las tradiciones.
Son canciones para el Museo. El jardín y la obra de Evaristo Valle acompañan como contenido visual las letras asturianas que cantará el Ochote Villa de Gijón. El diálogo entre música y pintura se hace sugerente. Los personajes populares de Evaristo Valle se convierten en protagonistas de la canción asturiana. Han sido seleccionadas obras clásicas de Evaristo Valle y otras poco conocidas. De modo que esta iniciativa promoverá también el conocimiento del pintor.
El ritmo de la música, la duración misma de las canciones, impone una comparación sosegada entre imagen y sonido. La imagen fija con los cuadros de Evaristo Valle y el sonido fluyente de las canciones se contraponen y multiplican significados. Se entabla un diálogo rico y sugerente. En el paralelismo o en el contraste nacen ironías, diálogos y a veces disparates. El contenido de las canciones obliga a no seleccionar imágenes de burgueses en el teatro o en los jardines o en actos públicos, como tantas veces pintó Evaristo Valle. Esta vez el protagonista es el pueblo. La idea no es nueva. Nada hay nuevo bajo el sol. De antiguo los cantores se acompañan de instrumentos musicales, sea por la calle, en la iglesia o en la ópera. Durante muchos años, esforzados pianistas acompañaron las imágenes del cine mudo. Hay un Óscar para la música de las películas sonoras. Una obra magna del cine moderno, «El padrino» (Mario Puzo y F. Ford Coppola) no sería lo que es sin su música, que consigue momentos estelares reforzando las imágenes.
La exposición sobre Antonio Suárez, como artista que contribuye a embellecer y crear un ambiente en espacios concebidos por arquitectos, viene del Museo de Bellas Artes de Asturias, donde se exhibió en los primeros meses del 2008. Es fruto del trabajo de Ana Gago, publicado mediante la colaboración de ambos museos, el Bellas Artes y la Casa Natal.
La idea de ornamentar los edificios mediante intervenciones de artistas en la propia materia con que están construidos, pertenece a las raíces de nuestra cultura y al instinto de los seres humanos. Desde el templo egipcio, con sus relieves escultóricos, hasta la vieja Babilonia o los palacios persas, con sus representaciones de azulejos vidriados, o el templo griego con talla de columnas y frisos, la tradición occidental del adorno llega a los rascacielos de Nueva York.
La arquitectura moderna utiliza materiales nuevos y acordes con el desarrollo tecnológico, pero no han cambiando mucho las técnicas de ornamentación de ventanas y paredes, sólo por utilizar hormigón en vez de piedra. El público quedará sorprendido al ver cómo se siguen utilizando teselas cerámicas o armando vidrieras sobre tracerías de cemento. Y en vez de pintar paredes al fresco, sobre una capa de yeso, se pintan al óleo, como hicieron los muralistas. Murales, vidrieras y mosaicos.
Tras la Segunda Guerra Mundial, Le Corbusier seguía atado a la utopía formulada como «arquitectura o revolución». Con la enorme cantidad de productos que consume la construcción, los arquitectos podrían controlar la industria mundial, evitar guerras económicas, distribuir la riqueza y constituirse en alternativa a la revolución socialista. Podrían construir barrios de clases medias y también espacios dignos para los más humildes en la India. Así ideó su «unidad de habitación», bloques de edificios con cientos de apartamentos que hoy llamamos «pisos», para unas ciudades que se estaban poblando con rapidez. Con ciertas variantes, nos hemos acostumbrado a estas construcciones y ya nos parecen lo más natural del mundo. Pero no era así a mediados del siglo XX, cuando se construyeron las «unidades de habitación» de Marsella, Nantes (1955), Meaux y Berlín (l957).
Toda una generación de artistas participaron con los arquitectos en la ambientación de unos espacios públicos o privados, religiosos o profanos, sociales o íntimos. No nos hemos de extrañar si en esta exposición vemos palacios de deportes, pavimentos de paseos, iglesias y capillas, vidrieras para grandes centrales eléctricas o murales para un banco o la sala de reuniones de un gran hotel. Al igual que Antonio Suárez, otros pintores y escultores colaboraban por entonces con los arquitectos, como Vaquero Palacios, Rubio Camín, Amador, y ahora sigue haciéndolo Vaquero Turcios y otros muchos artistas en relación con espacios públicos o la decoración interior.
Antonio Suárez colaboró en los años 50 y 60 del pasado siglo con arquitectos como Ignacio Álvarez Castelao (1910-1984, titulado en 1936) y José Luis Fernández del Amo (1914-1995, titulado en 1942). Hojeando la colección de LA NUEVA ESPAÑA, me encontré una entrevista con Antonio Suárez (LNE N.º 7.786 Domingo 20-09-1959. Pág. 16). Se titulaba: «El pintor Antonio Suárez, premiado en Japón». Se ilustraba con una fotografía de las vidrieras para el Colegio Mayor Santa Catalina. El pintor hablaba de sus últimas obras: la vidriera de 14x18 m. para la central de Doiras, el mosaico para la fachada de las Dominicas de Oviedo, o el Vía Crucis, altar y baptisterio para la iglesia de Puebla de Vegaviana (Cáceres). Estas últimas obras, con el arquitecto José Luis Fernández del Amo, fueron encargadas por el Instituto Nacional de Colonización.
En esta muestra podrá el visitante observar el trabajo creativo, minucioso y detallado de Antonio Suárez en sus proyectos, dibujados a rotulador, bolígrafo ó lápiz, coloreados al óleo diluido en aguarrás. Aquí encontrará de todo. Retablos de iglesias y murales para un balneario, murales para un banco, vidrieras para un palacio de deportes o una capilla de hospital. Varias e interesantes se encuentran en Oviedo.