RUBÉN SUÁREZ
En un muy interesante texto que Wendey Navarro, comisaría de esta exposición de Jorge Perugorría (La Habana, 1965), escribe en el catálogo de la muestra nos dice de la obra de este artista que «comparte esa sensibilidad especial ante lo cotidiano, ante el entorno sociocultural y político en el tratamiento de temas que definen su contemporaneidad, activando importantes paradigmas simbólicos de la cubanía misma». Y entre esos paradigmas simbólicos, el muro como referencia fundamental: «... los muros que custodian la isla, que se extienden y repiten por la ciudad (de La Habana), que se reproducen, multiplican o encierran los márgenes del cuadro, implican un comentario sobre Cuba, la situación de la isla, al tiempo que una denuncia sobre la proliferación de espacios cerrados, de límites impuestos y barreras, tanto físicas, políticas como psicológicas, mentales y espirituales en la sociedad contemporánea». Una cuestión local proyectada a lo universal.
Nada mejor que esta cita, y el texto en toda su extensión, para situarnos, conceptual y plásticamente, por quien la conoce bien, ante la obra de un artista muy digno de atención. Jorge Perugorría, a quien el público conoce más por su importante trayectoria cinematográfica, como realizador o, sobre todo, como actor en películas que muchos recordarán, «Fresa y chocolate», «Volavérunt»..., pero que también ha mantenido una destacada actividad como pintor con la firma de «Gorría».
Los «Muros», titula esta exposición. Y muros (o malecones) como característica arquitectónica de su ciudad, resultan también, como es obvio, muy expresivos en cuanto a concepto simbólico de limitación y alineación, pero al mismo tiempo es también el muro superficie de gran tradición como espacio pictórico en la pintura contemporánea en su planitud y bidimensionalidad. De ambas circunstancias se sirve el pintor para conjugarlas sugestivamente en una singular obra. Es decir, el tema como expresión de referencias culturales, sociales, de situaciones específicas de una realidad social. Pero luego el motivo se hace forma, se concreta en forma multiplicada, para desarrollar una propuesta plástica identitaria en su territorialidad, el «genius loci» recuperado en un estilo singular y ecléctico, con rasgos de tradiciones pictóricas nacionales pero también con la lectura de movimientos de vanguardia como el futurismo, expresionismo abstracto o constructivismo.
En el proceso creativo Gorría define el lugar con citación de motivos iconográficos simbólicos, colores, vitrales o arquitecturas, y luego sitúa idealmente al hombre enfrentado al lugar, con lo que este supone de limitación pero también como reflejo de la melancolía y de la nostalgia de un mundo al que pertenece. La concepción pictórica es aditiva: en el espacio actúan diversas capas de pintura muy constructiva que interactúan, haciendo compleja la identidad de la obra, entre la abstracción y la figuración, ofreciéndonos imágenes de mucha intensidad cromática y protagonizadas por el trazo que es de notable capacidad estructuradora, sea por la vigorosa tensión de su impulso gráfico gestual o por la más delicada orfebrería del dibujo en otros casos. Obra singular y autónoma que en algunas piezas como «Extraña naturaleza» o «Dulces sueños» parece tomar un sesgo manierista-transvanguardista en sus influencias en América y pintores como Schnabel.