-¿Ha entrado usted en alguna cocina rusa?
-Sí, es el lugar de honor. Cuando la has pisado, ya formas parte de la familia. Estudié mucho la cultura eslava y durante tres años formé parte de una ONG de ayuda a los orfanatos rusos, tan precarios. Tuve que viajar con frecuencia a Rusia para colaborar en la organización de su infraestructura, en su administración, pero todo acabó complicándose; el problema surge cuando quieres hacer más de lo que se puede. Aparte, mi actividad profesional me impidió seguir.
-Y se había retirado tan feliz a su Santander...
-No, en este lapso de tres años siempre estuve a medio camino entre Santander y Asturias. Mis dos hijos, chico y chica, se han casado con asturianos; mi yerno, también militar, está en el Líbano y mi nuera trabaja en la empresa Vesuvius. De pronto me ofrecieron venir a Gijón como director de la residencia militar Coronel Gallegos y acepté encantado. Es un centro en el que viven oficiales y suboficiales del Regimiento «Príncipe», y algunos familiares. Está en El Coto, frente al antiguo cuartel del Simancas, y su finalidad es prestar alojamiento, y también apoyo logístico, a las familias de los oficiales.
-¿Le gusta ese trabajo?
-Es otra forma de servir, de ser útil; eso es gratificante. Y me encanta Gijón. Mi contrato es de dos años, prorrogables, y llevo seis meses, pero la edad avanza...
-¿Le queda tiempo para el ocio?
-Sí, lo empleo en mi familia. En escribir y leer. En cuanto al deporte, en Gijón me había iniciado en el balonmano, alineado de portero, luego jugué al tenis; el golf no logró engancharme, y ahora hago senderismo, que con un buen bocadillo de chorizo es el acabose. Mi destino mejor y más feliz ha sido Asturias. Siempre he pensado que Cantabria y Asturias deberían haber ido de la mano, tienen muchas analogías, comparten un mismo estilo de vida, hay un espacio geográfico con idénticos problemas... Habrían conseguido más fuerza social y política.