Filosofía y e-mails

 

VICENTE A. MONTES ÁLVAREZ Los grandes maestros de la sospecha, Marx, Freud y Nietzsche, han colaborado en construir la filosofía como una actividad crítica. Para Nietzsche la razón era una simple justificación de la voluntad de poder. Así observamos cómo se elaboran cortinas de humo para ocultar problemas mayores, se manipulan acontecimientos para crear estados de opinión o se construyen códigos éticos basados en la moral de situación.


Tal vez los últimos acontecimientos de los correos electrónicos anónimos exijan una reflexión seria. La prudencia aconsejaría algo muy distinto de lo que hemos visto, porque los iniciados dicen que las direcciones IP son dinámicas para sacarles rendimiento y son utilizadas por usuarios distintos en función del flujo, lo que significa que mi dirección IP no es exclusivamente mía. Un router inalámbrico, sin contraseña, puede ser utilizado por vecinos, viandantes y hasta enemigos. A más nivel se puede «piratear» el router de otro usuario y utilizarlo como vía de conexión. Así pues, si no hay soportes más sólidos, es probable que las imputaciones a persona o personas concretas, sin más pruebas, no sean sostenibles.


Como hoy me dio por la filosofía, Wittgenstein indica que ésta, la filosofía, es una actividad para clarificar, dilucidar y comprender. Su uso correcto la convierte en una técnica de defensa personal, pero para tener una buena técnica, previamente, han de desenmascarase las tentaciones ideológicas, saber resistir intelectualmente y medir las consecuencias.


En el caso de sacar a la luz lo de los correos anónimos no se desenmascaró la tentación que es hacer que la ciudadanía esté más pendiente de estas chorradas que de otra cosa más seria que todos sabemos. Es fácil que no se pueda resistir intelectualmente porque las bases en que se apoya son fluidas. Pero, sobre todo, no se han medido las consecuencias, porque a quien se ha imputado esta acción, si consigue demostrar judicialmente que ha sido una veleidad la acusación, dado que es persona pública y además, por su profesión, ha de tener un prestigio ético que se ha puesto en entredicho, exigirá una justa compensación, que para estos casos se convierte en dinero. Y estaremos en el círculo vicioso del vil metal: por ocultar lo del dinero, ahora más dinero. A ver si, al final, si salen mal las cuentas, hay suerte y no se paga a «escote pericote». Si, por el contrario, la acusación no es veleidosa, se habrá conseguido el doble objetivo: desviar la atención y destruir a un posible rival político que hasta ahora parecía el contrapunto de lo que se tiene, pues disponía de fama de buena persona, sólida preparación intelectual y futuro.


De todas formas, la prudencia, virtud condenada al ostracismo en Siero, aconseja que no conviene echar la lengua a pacer. Pero como, repito, hoy me dio por la filosofía, finalizo con un conocido pensamiento atribuido a Sócrates: No hables hasta saber que lo que vas a decir vale más que tu silencio.

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