Seiscientos años de rebeldía en Llanera

El concejo celebra cada año, en la primera semana de julio, la fiesta de los «perxuraos» o «exconxuraos», que rememora una rebelión de hace seis siglos

03.05.2008 | 00:00
Castillo de luces durante las fiestas de los Exconxuraos.
Castillo de luces durante las fiestas de los Exconxuraos.

Este año se cumplen seis siglos desde que los vecinos de Llanera, cansados de la represión continuada de los comendadores del obispo de Oviedo, señor de esas tierras en aquella época, se rebelaron contra la autoridad de sus señores y por ello sufrieron penas de excomunión y entredicho. Seiscientos años después de la rebelión de los «perxuraos», los vecinos de Llanera aún recuerdan, año tras año, que sus antepasados se alzaron, todos unidos como si fueran un solo hombre, contra la actitud represiva de los poderosos. Y que, pese a las amenazas y a la dureza con que fueron tratados, mantuvieron intacta su firmeza durante cuatro largos años, contra viento y marea, hasta que la parca les dio una postrera victoria, llevándose, finalmente, a su viejo enemigo.

Posada de Llanera,

Franco TORRE


Los vecinos de Llanera celebran cada año, el primer fin de semana de julio, la fiesta de los «perxuraos» o «exconxuraos». Durante las dos jornadas de festejos, que se localizan en el recinto ferial de la Viesca, los participantes se adentran en el mundo medieval con diversas actividades que incluyen desde un festival folclórico y exhibiciones de cetrería, hasta el tradicional mercado e, incluso, un torneo. Pero esta fiesta, que se celebra desde el año 2000 y que ha sustituido en el calendario de festejos del concejo al Antroxu, tiene su origen en un suceso especialmente relevante para la historia de Llanera.


A principios del siglo XV, Llanera era un señorío episcopal, por lo que sus vecinos debían pagar impuestos a la curia ovetense. En 1408, siendo obispo de Oviedo Guillén de Verdemonte, los vecinos de Llanera se rebelaron contra su autoridad. El alzamiento se debió, según parece, a los desmanes cometidos por algunos de los comendadores nombrados por el Obispado para impartir justicia y cobrar los impuestos.


En una fecha indeterminada de ese año, el malestar vecinal por el modo de actuar de los comendadores derivó en una revuelta popular. Según algunas fuentes, el origen de esta revuelta se sitúa en la negativa de un vecino a pagar un buey como tributo al comendador. Este vecino recibió el apoyo del resto de habitantes, que se alzaron en rebeldía, haciendo prisionero al comendador y atándolo en un pesebre, donde fue maltratado y sometido a diversas vejaciones por los vecinos.


Ante la persistencia de los vecinos en su actitud de rebeldía, Guillén de Verdemonte tomó una decisión drástica y condenó a las penas de excomunión y entredicho a la totalidad de vecinos del concejo, pese a lo cual los de Llanera se negaron a plegarse a las exigencias del obispo y continuaron con su actitud de rebeldía frente al señorío episcopal.


La pena de excomunión era una de las más duras a las que se podía someter a un individuo en aquella época. Un excomulgado no podía recibir ninguno de los sacramentos de la Iglesia. Las iglesias fueron cerradas, se dejó de dar cristiana sepultura a los muertos ni se bautizaba a los recién nacidos. Pero no fueron estas las únicas consecuencias, puesto que la iglesia impedía a sus miembros tener relación con los «exconxuraos» o «perxuraos», lo que incluía la imposibilidad de mantener relaciones comerciales de cualquier tipo.


Pese a todo, los de Llanera aguantaron el envite. Alrededor de cuatro años después de la rebelión, el 17 de febrero de 1412, fallecía Guillén de Verdemonte y, apenas cuatro meses después, el leonés Diego Ramírez de Guzmán pasaba a ocupar el obispado ovetense. Una de las primeras decisiones de Ramírez al frente de la curia ovetense fue la de tomar las medidas necesarias para encontrar una salida a la rebelión de los de Llanera.


El 27 de julio se reunieron en Posada de Llanera la asamblea vecinal, representantes de la nobleza de la comarca y representantes eclesiásticos para acordar el retorno a la obediencia de la Iglesia. Tras comprobar los últimos la buena predisposición de los vecinos de Llanera, se acordó el levantamiento de las penas que habían sido impuestas por Guillén de Verdemonte, aunque antes una treintena de vecinos tuvieron que escenificar el compromiso alcanzado y su vuelta a la obediencia de la santa Iglesia, yendo en penitencia a la catedral de San Salvador de la ciudad de Oviedo.

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