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El hombre más fiable prefería los periódicos

Walter Cronkite se arrepintió de haber contribuido con su carisma televisivo a suplantar la prensa escrita y animaba a los telespectadores a seguir los detalles de la noticia en los diarios

 
El hombre más fiable prefería los periódicos
El hombre más fiable prefería los periódicos  
 MULTIMEDIA

2 Luis M. Alonso



Dos años después de haber dejado el telediario de la noche de la CBS, Walter Cronkite se hallaba en enero de 1983 de visita en España para rodar un documental sobre las profecías de «1984», el libro en el que George Orwell auguraba una sociedad donde el pensamiento y las emociones estarían secuestradas por el Estado. Si había alguien en el mundo consciente de la influencia de la televisión en la vida de los ciudadanos ese era «el tío Walter». El periodista que más confianza ha inspirado a sus compatriotas y que durante veinte años se mantuvo líder de audiencias, tenía más elementos de causa que nadie para juzgar el interés de los políticos por controlar un medio tan influyente en la opinión pública. A los 66 años, era un especialista en luchar contra las presiones de las altas esferas del poder y su honorabilidad no ha sido jamás cuestionada por los norteamericanos que le despidieron por última vez el pasado jueves y siempre le recordarán. El director de cine Sidney Lumet, autor de un documental para PBS sobre su carrera, dijo de él: «Siempre me pareció un hombre incorruptible en una profesión donde es fácil corromperse».



En Madrid y a la temperatura de Orwell, Walter Cronkite no tuvo empacho en hablar de lo que estaba ocurriendo. «Desde luego, la televisión ha llegado a ser una influencia muy poderosa en la vida política. Es un arma que el presidente sabe usar», comentó. Al veterano periodista no dejaron nunca de inquietarle las intromisiones externas en los medios. Los comunicados oficiales le quemaban en las manos y algo que jamás pudo soportar eran los «spots» publicitarios de los partidos políticos. La información veraz y rigurosa estaba para él reñida con las consignas. Aquella mañana en Barajas fue, como acostumbraba, lo suficiente claro sobre los anuncios partidistas. «Se debe pensar seriamente en abolirlos o en cambiar su uso. Sería difícil, porque se podría interpretar como una amenaza contra la libertad de expresión, pero lo que no se puede hacer es vender a un candidato como si fuese una marca de jabón». Ni a un candidato ni a un informador, porque no mucho tiempo después diría de su sucesor Dan Rather que lo que le gustaba era representar el papel de periodista en vez de serlo.



Trece años más tarde, la visión de Cronkite sobre las cosas había lógicamente empeorado. En su libro de memorias («A reporter's life»), denunció el deplorable estado de la televisión y el bajo nivel de lectura de la prensa escrita. Pese a ser un pionero del primero de estos medios, los periódicos siempre fueron para el hombre más creíble de Estados Unidos lo más importante. Incluso, llegó a arrepentirse de haber contribuido con su carisma a la suplantación de la prensa por la televisión en las preferencias de los norteamericanos.



Nacido en 1916 en Saint Joseph, Misuri, desde que tuvo uso de razón vivió pendiente de las publicaciones de los diarios. Al retirarse de los informativos de la CBS, reconoció que echaría de menos los teletipos y redactar las noticias. Con motivo de cumplir noventa años, confesó a «The Daily News» que le gustaría pensar que aún podía ser capaz de «cubrir una historia». Esa pasión por el viejo periodismo de las grandes redacciones llevó a su primer productor, Sanford Socolow, a la desesperación, cuando en los inicios en la CBS utilizó un «sign-off», a su juicio, poco favorable al medio donde trabajaba. Cronkite, que más tarde popularizó en sus despedidas de telediario la frase «that's the way it is» («así son las cosas») optó entonces por decir lo siguiente: «Estas son las noticias. Asegúrese de consultar los periódicos de la mañana para obtener todos los detalles de lo que les hemos contado...». Para Sandy Socolow aquello era una locura. «Tanto como enviar a la gente a leer las noticias en los periódicos en lugar de verlas en la televisión», suspiró.



Los primeros pasos de Cronkite, después de abandonar la Universidad de Texas, fueron precisamente en un periódico, «The Houston Press», donde aprendió los rudimentos del oficio. Siempre se sintió un reportero. «No soy un gurú, ni un columnista», llegó a decir. En la emisora de radio de Kansas City, KCMO, conoció a la que luego sería su esposa, Mary Elizabeth Maxwell. Estuvieron juntos hasta que ella murió en 1995. De la radio fue despedido por negarse a aceptar ciertas prácticas corruptas y, a partir de entonces, empezó a trabajar en la agencia United Press, para la que cubrió como corresponsal de guerra el desembarco en Normandía y el frente norteafricano. Estos días atrás, con motivo de su muerte, se habló de cómo había rechazado la propuesta de Edward R. Murrow, que se propuso contratarle para la delegación de la CBS en Moscú. Lo que Cronkite quería era poder seguir enviando noticias desde la primera línea de fuego.



Murrow tuvo más suerte en 1950 cuando logró pescarle para la cadena y luego que le sustituyera al frente del telediario. El «buenas noches, buena suerte» dejó paso en 1962 al «y así son las cosas», en la habitual despedida de las emisiones. Cuando llegó a «anchorman» de una de las tres principales cadenas televisivas de Estados Unidos, Cronkite tenía 46 años, una vida curtida de reportero a sus espaldas, y al gran David Brinkley como rival en la NBC. Al año de empezar, interrumpía un programa que en esos momentos estaba en el aire para dar la noticia del atentado de John F. Kennedy y confirmarla, más tarde, con lágrimas, justo cuando el país empezaba a llorar por el presidente asesinado. Aquella fue una perfecta sincronización: los norteamericanos nunca dejaron de creer en él, ni de venerarle.



La opinión del hombre al que no le gustaba opinar fue la más tenida en cuenta en Estados Unidos. La independencia, el rigor, la honorabilidad, de la que hizo gala en sus valientes informaciones sobre la guerra de Vietnam, hicieron de «tío Walter» el periodista más respetado. Del «good old Cronkite» se decía que era capaz de hacer editoriales con los movimientos de las cejas, pero siempre fue consciente de que en 23 minutos o media hora de emisión resulta imposible cubrir la actualidad del mundo y del país. Por eso remitía a «los detalles» de los periódicos del día siguiente. «Yo fui como un periódico que lees todos los días: la misma tipografía, la misma compaginación», declaró una vez.



En un momento en que se juega al pimpampum con los periodistas, el ejemplo de Walter Cronkite cotiza diez veces más.

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