2 RAQUEL L. MURIAS
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De izquierda a derecha, María Saiz, Beatriz de Luxán, Estela García, Margarita Salas, María Fernández, Sara Atienza y Clea Bárcena. / jesús farpón
«Cheminova» y «Quimicefa». Estos dos vocablos, de complicada pronunciación, fueron las primeras pistas que desvelaron a sus padres su inquietud científica. Fueron dos de los regalos que los Reyes Magos trajeron a María Saiz, Beatriz de Luxán, Estela García, María Fernández, Sara Atienza y Clea Bárcena. Quince años después de aquellos experimentos de juguete, todas han vuelto a coincidir en algo: ninguna ha querido perderse la charla que la científica más reconocida de Asturias, Margarita Salas, ofreció el jueves en el Aula Magna de la Universidad de Oviedo, dentro del XXXll Congreso de la Sociedad Española de Bioquímica y Biología Molecular, que se celebró en Oviedo.
Como si de un experimento se tratase, las jóvenes promesas asturianas en el campo de la investigación tomaron buena nota de la fórmula del éxito de una mujer que tuvo casi todo en contra para despuntar entre las probetas y las lentes del laboratorio pero que a base de cabezonería, horas y vocación, consiguió no sólo hacerse un hueco en un mundo tradicionalmente de hombres, sino despuntar hasta convertirse en lo que es hoy, una de las más prestigiosas científicas e investigadoras del mundo.
Desde que el 30 de noviembre de 1938 naciese Margarita Salas en Canero (Valdés) hasta hoy las cosas, en lo que a reconocimiento de la mujer en el mundo de la ciencia se refiere, han cambiado, pero aún queda mucho para que «la gente no deje de mirarte raro cuando les explicas que quieres ser investigadora», explica Clea Bárcena, que confiesa con cierta ironía que «desayunamos cosas normales, salimos, bailamos... lo que hace la gente».
Margarita Salas siempre supo que lo suyo eran las ciencias. Por eso, cuando en el Bachillerato tuvo que decidir entre Letras y Ciencias optó por la segunda. Después se matriculó en Madrid en la licenciatura de Químicas, y un día, de vacaciones en Gijón, donde vivían sus padres, tuvo la suerte de que su padre invitase a comer a su primo político y amigo, a Severo Ochoa. «Me dijo que iba a dar una conferencia en Oviedo sobre el metabolismo de los ácidos grasos y acudí. Ese día me di cuenta de que Severo Ochoa era un conferenciante fantástico», explica Salas.
En aquella charla Margarita Salas sintió lo mismo que el jueves notaron las que hoy quieren ser como ella. «Me apasionó lo que escuché y me decidí a estudiar Bioquímica. Él me envió un libro desde Nueva York y cuando terminé la carrera me fui a Estados Unidos con él, siempre de la mano de Severo Ochoa», rememora Margarita Salas. La investigadora asturiana reconoce que hasta que no se fue a trabajar con el premio Nobel asturiano «en el laboratorio eras una mujer, después, ya en Nueva York, me convertí en una persona, una científica».
La experiencia de Margarita Salas es para las jóvenes universitarias un referente. Y es que ahora, con 23 años, el Cheminova ha dejado de ser un juego para convertirse en una profesión, una forma de vida. Muchas de estas jóvenes se decidieron a estudiar Bioquímica cuando escucharon el discurso de la científica valdesana por primera vez. «Habla de su trabajo con tanto cariño y pasión que aunque sepas que es una carrera difícil si lo consigues serás feliz», explica Beatriz de Luxán que si logra adentrarse entre los microscopios, los matraces, las placas de petri y las probetas de algún laboratorio «seré la primera investigadora de Porrúa», relata con gracia. Margarita Salas también fue la primera investigadora de Canero.
La mentalidad de las investigadoras es clara: «Si quieres dedicarte a esto, tienes que hacerlo al cien por cien, si no, déjalo». Y aunque parezca que esta proporción es desmesurada y que implica estar siempre pensando en clave científica, Salas asegura que ella encontró así la felicidad. «No he tenido que renunciar a nada y si lo he hecho alguna vez me ha compensado por completo».
Ahora las nuevas generaciones están alertadas de que la vida del laboratorio, la búsqueda del tratamiento del cáncer, el estudio del genoma, las soluciones para paliar el avance de las enfermedades degenerativas y los avances en reproducción asistida requieren su tiempo, todo el tiempo. «Cuando algo te apasiona luchas por ello. Yo quiero verme dentro de quince años trabajando en un laboratorio. Escuchar la lucha de Margarita Salas te da fuerza para intentar vivir de lo que te gusta, sabes que no es sencillo, pero hay que reconocer que nosotras lo tenemos más fácil de lo que lo tuvo ella», explica Sara Atienza.
Las seis jóvenes universitarias asturianas que posan con Margarita Salas en la foto saben que la constancia es, en este caso, la clave del éxito. «La gente siempre te dice que esto no tiene mucho futuro, pero Margarita Salas es un referente que siempre hay que tener en cuenta, no es fácil, pero tampoco imposible. Si ella pudo, ¿por qué nosotras no?», declara Estela García.
No aspiran a hacerse ricas, «sólo quiero ser científica», remata María Saiz, que desde que escuchó a la investigadora de Canero en una charla que impartió en su instituto cuando cursaba segundo de Bachillerato, lo tuvo claro. «Su discurso me sorprendió y desde ese día quise ser como ella», y en eso está. El próximo año comenzará quinto de Bioquímica en la Universidad de Oviedo, «después haré un doctorado y la tesis». María Fernández también se ha empeñado en conseguir su sueño. «Una vez escuché a Carlos Otín decir que nunca se iría de Asturias, aunque le hiciesen opas». Esta joven estudiante de Bioquímica, que acaba de empezar el quinto curso, cree que «no es justo que nos formemos en Asturias, en la mejor Universidad, y luego tengamos que ir a trabajar fuera, todavía queda mucho por avanzar».
Margarita Salas tuvo que irse a Nueva York para lograr que además de ser una cintífica se lo reconociesen. Veinte años después de ese viaje las investigadoras vocacionales quieren ser como ella, pero intentarán encontrar una oportunidad no sólo en el laboratorio, sino en su región.
Puede que las previsiones de la científica asturiana se cumplan. Margarita Salas cree que «en quince años la mujer científica logrará ocupar el puesto que le corresponde en el campo de la investigación. Aún son pocas las que logran ocupar los puestos más altos en este campo». Si eso ocurre, las jóvenes promesas de la investigación asturianas estarían encantadas de compartir microscopio con su modelo profesional. Al igual que la valdesana siempre le estará agradecida a Severo Ochoa por la oportunidad que le brindó llevándosela con él a Nueva York; María Saiz, Beatriz de Luxán, Estela García, María Fernández, Sara Atienza y Clea Bárcena también se muestran agradecidas por el entusiasmo que en ellas supo impregnar el discurso de Margarita Salas. «Queremos ser como ella», aseguran. Sólo les queda aplicar la fórmula. En ello están.