Tribus urbanas, algo más que un disfraz

Colectivos asturianos unidos por la música, las aficiones, la vestimenta y los ideales defienden su derecho a «ser normales» en una sociedad llena de estereotipos

04.10.2009 | 05:11
Tribus urbanas, algo más que un disfraz
Tribus urbanas, algo más que un disfraz

Las hijas de Zapatero, Laura y Alba, no eran hasta hace unos días más que eso, las hijas de Zapatero. Pero una foto indiscreta con la familia Obama en la Casa Blanca las envió directamente a la fama. La instantánea se paseó por las webs con un pie de foto que animaba a pinchar encima. «las hijas góticas de Zapatero». ¡Miedo!, pensaron muchos cuando vieron a las hijas del presidente vestidas de negro, con las uñas del mismo color, botas tipo militar y abalorios enormes colgados del cuello.

Pero otros, como Miriam Martínez, una gótica gijonesa de 20 años, ni se fijaron en el atuendo de las adolescentes. «Iban muy discretas», asegura. Los góticos son una de las muchas tribus urbanas que conviven en el entorno urbano pero, ¿qué hay de verdad en los clichés impuestos a esta gente diferente?

Ellos, los que forman parte de estas tribus, se defienden y aseguran que su estética responde a algo más que un atuendo elegido a capricho. Todos comparten mucho más que el gusto por un estilo de rasgos bien marcados: música, literatura, aficiones, ideales, mitos, rituales y cultura. Una forma de vida. Nacieron así y no pueden evitar que les pierdan ciertas aficiones. «Somos diferentes. ¿Y qué? Somos así», explica una joven mod de Gijón.

Se calcula que en España conviven más de veinte tribus urbanas, pero el cálculo nunca podrá ser preciso porque ni siquiera las características que definen a una tribu urbana como tal lo son. Este término que los identifica fue acuñado por los promotores de la movida madrileña de los 80 para referirse a lo que amaban la noche y la música, pero con el tiempo ha ido absorbiendo a todo tipo de colectivos. En Asturias, buscando en las calles de Oviedo, Gijón y Avilés, LA NUEVA ESPAÑA ha contactado con alguno de los que son parte de estos grupos diferentes, llámense tribus urbanas «o lo que quiera», como explica David García, un mierense aficionado a la cultura japonesa. Cansados de explicar el porqué de cada movimiento y cada indumentaria fuera del protocolo establecido, las principales tribus urbanas asturianas explican su forma de vivir. «Es sencillo de entender pero de todas formas ya no nos molestamos mucho en intentar que nos comprendan, el que quiera que se acerque y el que no que siga de largo», asegura una otaku gijonesa, Yaiza Ferreiro. ¿Raros?, ¿oscuros?, ¿frikis?, ¿snobs?, ¿pijos?, ¿inconformistas?, ¿extraños? ¿idealistas?... Aquí los tienen. Al menos, diferentes.

Hartos están los góticos de que la gente piense que el negro de su ropa es también el color con el que ven la vida. «Nada de eso». Así de rotunda se muestra Miriam Martínez que no es gótica, «nací gótica», explica. Esta tribu urbana, fácil de identificar visualmente, comparte mucho más que el rojo, el negro y el morado, pero ni son vampiros, ni están deprimidos, ni andan todo el día dándole vueltas al existencialismo. Les une la literatura de Allan Poe, la sensibilidad, las emociones, las pulseras de pinchos, los agujeros en las medias, las caras blancas y los ojos negros. «Nos gusta ir así, como el que se viste de Zara», afirma Miriam Martínez, que tiene su propia tienda de moda gótica. «Que vengan las hijas de Zapatero a comprarse algo, que iban muy lights», invita.

Miriam Martínez, en el interior de su tienda de moda gótica en Gijón. / ángel gonzález

Son los raros del instituto, eso dicen ellos. Empezaron viendo «Pokemon» en la televisión, después pidieron un Tamagochi por su cumpleaños y así hasta rodear su vida de todo, pero a lo japonés. Les encantan los cómics manga, el cine nipón y en su Mp3 suena lo que ellos denominan los míticos, «X Japan, Gackt, Gazette», explica Claudia Da Fonseca, ríase usted de lo último en los 40 Principales. Estudian, salen por las noches, van al cine pero reconocen que lo suyo «no es lo normal». En la cartelera nunca hay las «pelis» que les molan y acaban descargándose algo por internet. «Antes de que todo el mundo se moviese por la red todo era más difícil, en Oviedo sólo había dos tiendas que tuviesen discos, ropa o libros de los que nos gustan», explica el mierense David García. Dicen que tardaron en salir de «nuestro armario» pero cada vez son más los que se acercan a su grupito. «A veces demasiados», apostilla Claudia. En los últimos años han organizado dos salones del Manga en Asturias y aseguran que su sueño sería ir a Japón, «donde han conseguido que la cultura antigua se una con las mejores tecnologías, el rollo japonés es diferente», insisten los Otaku. Caracterizados como sus ídolos del videojuego japonés «Kings of hearts» se pasean por Oviedo. La gente les mira, ellos se divierten. David García y Claudia Fonseca tienen las mismas aspiraciones que cualquier joven de su edad. «Trabajar de lo que nos gusta y ser felices, eso sí, yo en lugar de un hijo prefiero un Tamagochi», asegura David.

Claudia Da Fonseca y su amigo David García, caracterizados como sus ídolos japoneses de ficción. / juan plaza

Rubén Bada y Dolfu Rodríguez, ayer, en uno de sus encuentros musicales en El Cafetón de Avilés. / ricardo solís

En cuanto encuentran un hueco, sacan los instrumentos para ponerse a tocar. A los folkis, la versión urbana de los amantes de las tradiciones astures más arraigadas les une básicamente esto. No se consideran una tribu urbana, pero eso no quiere decir que no lo sean. «Todo lo tradicional nos emociona y aunque no hay normas estrictas para ser un folki, es verdad que resulta raro que no te guste ir a tomar sidra por Gascona», explica Rubén Bada, un folki avilesino de 31 años. En cuestiones indumentarias tampoco tienen muy definido el atuendo, como ocurre por ejemplo con los mods, pero «es verdad que no solemos ir de traje», explica Bada, aunque remarca que «no tenemos código de estilo», eso sí, suelen ir cómodos y la «kuffiyah» (el pañuelo palestino), las gorras y las botas de montaña son parte de su indumentaria más común. Los folkis también tiene sus rituales y todos los viernes se juntan a tocar en algún bareto de Oviedo o Avilés, de esos que suelen tener velas en las mesas, olor a incienso y poca prisa por echar el cierre. Si dentro del chigre suena una gaita, una flauta travesera o las panderetas, seguro que ellos andan por ahí dentro.

Lucía Fernández, primera por la izquierda, y Borja Sánchez, primero por la derecha, con más mods, en Gijón. / marcos león

Cuando a Borja Sánchez le preguntan a qué se dedica, se le olvida de forma instantánea su profesión de administrativo. «Yo soy mod», explica. Este gijonés de 33 años vive en el 2009 (no le queda más remedio), pero si pudiera se trasladaría a los sesenta. Su vida la recorre encima de una Lambretta de las que ya no se fabrican. Casi todo lo que envuelve la vida de Borja Sánchez es de colección, empezando por su moto, siguiendo por los vinilos que se amontonan en su casa y continuando por su indumentaria. «Toda la ropa me la hago a medida», asegura. Lucía Fernández también es mod y, además, novia de mod. Nació en Avilés hace veintidós años, pero encontró a más que piensan, escuchan y sienten como ella en Gijón. Lucía, al contrario de lo que le ocurrió a Borja, su novio, nunca percibió el rechazo de la sociedad por su atuendo «diferente». «A mis padres les gusta cómo visto, les hace gracia», explica la avilesina. ¿La receta para ser un mod? Camisas Ben Sherman, Brutus o Britac; polos Roberto Carlo, pantalones «hipsters» y trajes hechos a medida con botones grandes y bolsos de tapa. Soul, rhytm and blues o reggae sonando en un tocadiscos. Sólo versiones originales. «No somos elitistas, somos lo que nos gusta», explica la pareja. Los mods asturianos tienen un club, «Mods Xixón», donde se organiza una fiesta el primer sábado de cada mes. Los vinilos todavía siguen sonando gracias a ellos.

Jonathan Fadrique vive en Trubia, es mecánico y rocker, y todavía lleva un poco de tupé, aunque a él no le gusta mucho que se lo digan, pero lo cierto es que se levanta el pelo justo donde empieza el flequillo. Le encanta el rock and roll, no se acuerda desde cuándo pero le falla la memoria cuando intenta recordarlo, así que desde bien pronto. Se coloca los cuellos para la foto, la chupa la compró por internet y «es original de los años cincuenta, me encanta...», dice. A Johny, como le llaman los demás rockers del mundillo, no le hace nada de gracia eso de que les consideren una tribu urbana. «No por nada, es que creo que no lo somos aunque es cierto que tenemos y compartimos muchas cosas». De la indumentaria de los rockers, Johny explica que «aunque cada uno decide lo suyo, es cierto que solemos llevar vaqueros, botas y cazadoras negras».

Johny aprovecha para liberarse de muchos de los mitos que pesan sobre ellos. «El tópico del sexo, droga y rock and roll está muy desfasado, como las camperas o Travolta», asegura. Jhony sabe que en Asturias hay mucho aficionado al rock and roll, de los que, como a él, se les mueve la rodilla si suena una de Jerry Lee Lewis, Johny Burnette and The RNR Trio, Charlie Feathers o «Stray Cats». Muchos de estos aficionados asturianos trabajan cada año pro sacar adelante el festival internacional rock and roll Big Rumbe, que se celebra en Pravia desde hace dos años. «Los verdaderos rockers siempre estamos ahí, pero nosotros somos muy respetuosos con todo el mundo», sentencia el mecánico. Y lo dice él, que tiene una hermana gótica. «Si es que ya dice mi madre que somos los hijos más elegantes», comenta Fadrique.

Johny Fadrique, un rocker asturiano.

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