2 NACHO REGGIANI
Cuando hace unos días Jacques Rogge, presidente del Comité Olímpico Internacional (COI), anunció la elección de Río de Janeiro como sede de los Juegos Olímpicos de 2016, muchos se sorprendieron y, mezclando dolor por la derrota de Madrid en la última votación con algo de indignación, se preguntaban cómo podía ser que Brasil se quedara con el evento más importante del planeta.
No se trata ahora de desmenuzar las razones por las cuales Madrid se quedó a las puertas de su cita olímpica por segunda vez, más relacionadas con criterios propios del COI como las rotaciones continentales o los intereses particulares de posibles votantes a favor de la capital española, que medían sus opciones para los Juegos de 2020.
Pero es justo aclarar que Río de Janeiro no se convirtió en ciudad olímpica por defecto de Madrid, sino por méritos propios, que van mucho más allá de mensajes publicitarios utilizados en la presentación final, un argumento con tono algo despectivo que algunos remarcaron para justificar la derrota madrileña. Es cierto que el presidente brasileño, Luiz Inácio Lula da Silva, acertó con su argumento a favor de la equidad, pidiendo al COI que reparara la evidente desigualdad entre continentes, que nunca había llevado a América del Sur unos Juegos Olímpicos. Argumento efectivo e indiscutiblemente real. También jugó Lula la carta de su carisma personal, estrategia perfectamente lícita que no cualquiera puede utilizar y que no basta por sí misma. Los miembros del COI se lo dejaron claro a Barack Obama, que creyó que alcanzaría con su visita relámpago para llevar los juegos a Chicago. Lula mostró una implicación en su candidatura que el presidente de los Estados Unidos nunca exhibió.
De todas maneras, ni el carisma ni los mensajes publicitarios de la presentación final son fundamentos suficientes para hacerse con semejante evento global. Detrás de la exitosa candidatura carioca, hay un país que en los últimos años ha crecido, ha cambiado y ha tenido la coherencia y la lógica estratégica necesarias para alcanzar no uno, sino dos eventos de nivel mundial que son la rúbrica a sus esfuerzos: la Copa del Mundo de fútbol 2014 y los JJOO 2016.
Los números de Brasil hablan por sí solos: según el Banco Mundial es la octava economía del planeta (los diversos índices lo ubican siempre en los primeros lugares), está entre los principales productores de aviones, café, soja, textiles, hierro, acero o equipos eléctricos, entre otras cosas. Cuenta con recursos naturales en cantidades extraordinarias, especialmente agua, (lo que le coloca entre los grandes productores de energía hidroeléctrica), gas y petróleo (especialmente tras el hallazgo de inmensas reservas marítimas) y está desarrollando un avanzado plan de energía nuclear con fines pacíficos. La Agencia Espacial Brasileña es la única institución iberoamericana que se integra en la Estación Espacial Internacional. La investigación y el desarrollo científico han crecido notablemente en los últimos años, situando al país sudamericano en el puesto 12 del ranking de producción científica, por delante de históricos como Rusia o Países Bajos.
Integrante del BRICs (Brasil, Rusia, India y China), el gigante sudamericano se presenta como la potencia emergente más confiable para la comunidad internacional, sumándole a su espectacular ritmo de crecimiento una adecuada estabilidad institucional y jurídica.
El verdadero milagro brasileño no se puede expresarse cabalmente con los números macroeconómicos. El gran cambio pasa por la política distributiva y por el desarrollo social que experimenta el pueblo brasileño. La pobreza extrema se ha reducido un 11% entre 2001 y 2008, lo que equivale a 21 millones menos de pobres. A contramano de la tendencia general en Latinoamérica, se ha producido un ascenso social en Brasil, haciendo crecer la clase media hasta superar el 52% de la población. Los planes de asistencia sanitaria y las políticas educativas han arrojado resultados positivos. Los últimos estudios demuestran que miles de jóvenes nacidos en la pobreza están accediendo a la universidad, producto del ascenso social y de la apertura de las casas de altos estudios a la población menos favorecida. El inteligente trabajo hecho en los tiempos de bonanza, le ha permitido a Brasil ser el primer país del mundo en dejar atrás la recesión actual, y ya ha regresado a las cifras positivas, por ejemplo, en la creación de puestos de trabajo.
El milagro brasileño tiene un nombre destacado: Lula da Silva. El presidente surgido de la pobreza, que empezó a trabajar a los 12 años, fue lustrabotas y sindicalista metalúrgico, ha comandado el destino de Brasil desde que ganó las elecciones en 2002, tras varias derrotas. Reelecto en 2006, Lula promedia su segundo mandato superando el 80% de popularidad, una cifra con la que pocos presidentes en el mundo arrancan su administración. A pesar de la desconfianza que producía en el «establishment» internacional por sus orígenes de izquierda radical, Da Silva tuvo la visión para consensuar políticas con el presidente saliente Fernando Henrique Cardoso, transmitir mensajes de confianza y tranquilidad hacia los grupos inversores extranjeros y entablar relaciones amistosas pero firmes en la defensa de los intereses nacionales con las superpotencias como Estados Unidos, China o la Unión Europea. La política exterior brasileña, dirigida por Celso Amorín, ha situado al gigante sudamericano en las altas esferas de decisión planetaria.
A nadie escapa que el Gobierno de Lula tiene todavía cuentas pendientes, como la modernización de las infraestructuras, el descenso de la inseguridad, la reducción de las desigualdades sociales, la gestión de los pasivos medioambientales (sobre todo en el Amazonas) y el refuerzo de la institucionalidad. Los impulsores de las candidaturas, tanto del Mundial de Fútbol como de los Juegos Olímpicos, aseguran que las grandes inversiones que se realizarán servirán para mejorar esos aspectos.
Brasil es mucho más de lo que algunos quieren ver, incluso más de lo que se mostró en las presentaciones de la candidatura olímpica. Sus bellezas turísticas, las del paisaje y las de su gente, son la cara visible y vendible del milagro brasileño. El alcalde de Río de Janeiro, Eduardo Paes, ya anunció hace un par de días que ahora presentará la candidatura de su ciudad para organizar la Exposición Universal de 2020. ¿Alguien se sorprenderá de que lo consigan?